Jean Jaques Rousseau (1712-1778)

De Biblioteca de filosofía
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        Una figura que en principio parece romper con las ideas del iluminismo es la de Rousseau, pero esta apreciación primera resulta engañosa, porque aunque Rousseau nos diga que la naturaleza humana no es razón, sino sentimiento, instinto y espontaneidad, estas cualidades tienen todas ellas un sentido racional, hecho éste que hace afirmar a Kant que Roussseau es el Newton del mundo moral.
Rousseau es la antítesis personal de Voltaire, con el que mantuvo una lucha desigual y encarnizada durante su vida. Su temperamento tímido y huraño le volvía poco propicio para las relaciones sociales, lo cual le acarreó no pocos problemas durante su amargada existencia.
        El pensamiento de Rousseau gira en torno a dos conceptos: naturaleza/cultura. Es el enfrentamiento entre el hombre natural y el hombre artificial, al que la cultura ha degradado, lo que constituye el núcleo de su pensamiento. Para Rousseau es necesario volver a este estado primitivo y natural del hombre, pero teniendo en cuenta que esta vuelta a la naturaleza no es un simple proyecto utópico.
Rousseau se da perfectamente cuenta de que la idea de un regreso a la naturaleza no es más que una idea regulativa para guía de nuestra conducta, porque: «… esta condición natural es un estado que ya no existe, que quizá nunca ha existido, que probablemente no existirá jamás, pero sobre el cual es preciso tener ideas justas para juzgar bien acerca de nuestro estado actual».
        Este estado natural al que el hombre debe tender constantemente será el deber ser kantiano, una norma moral que nunca se podrá alcanzar, pero que el hombre moral deberá tener siempre como timón orientador de todos sus actos.
        En el Emilio (1762), Rousseau nos narra la educación de un niño, influido por los preceptos educativos que se derivan directamente de esta idea original. El educador no debe, en modo alguno, sofocar las tendencias naturales del niño con faltos andamiajes pedagógicos; su labor consistirá en procurar que el desarrollo del niño sea integral y que se realice de forma espontánea; hay que «proteger al niño contra la nefasta influencia de la civilización. La enseñanza tiene que adaptarse a las facultades del niño, y no éstas a aquélla; la unión de la enseñanza sensible y el trabajo manual, deben desarrollar las facultades del niño según la fase de edad en que se encuentre, y los métodos pedagógicos deben incidir directamente sobre su formación moral». Debe al principio ejercitar «su cuerpo, sus órganos, sus sentidos, sus fuerzas…» porque esto es algo imprescindible para una buena educación del niño.
        Rousseau no queda en simples y vacíos planteamientos teóricos sobre cómo debe enseñarse, sino que da “recetas” prácticas a cada instante: «Poned delante de él las cuestiones y dejad que las resuelva… que no sepa nunca nada porque se lo hayáis dicho sino porque lo haya comprendido él mismo; que no aprenda la ciencia, que la invente»
Si hay que enseñarle geografía, por ejemplo «nada de mostrarle globos, esferas… hay que comenzar por mostrarle el objeto mismo, para que al manos sepa de qué le estáis hablando… y llevarlo un bello atardecer a pasear», para que de esta forma pueda “ver” sin esfuerzo la geografía viva y no la muerta de los libros.
        Es necesario también que aprenda un oficio, preferentemente artesanal, en el que intervengan las manos. El más idóneo es quizá el de cocinero; y este oficio debe aprenderlo aunque no lo necesite para nada, porque de esta forma «podemos someter la fortuna y las cosas, comenzando por volverse independiente».
        El sentimiento y la personalidad de Rousseau le inclinan hacia una concepción naturalista de la religión, en la que por supuesto tiene poca cabida la religión revelada, pero esto no le lleva, como en el caso de Voltaire, a un ataque irónico de la religión. Más bien la acepta, lleno de admiración ante la figura de Jesucristo.
        En Rousseau hay siempre una primacía del sentimiento sobre la razón: las reglas morales no: «… las saco de una elevada filosofía. No tengo más que consultar sobre lo que voy a hacer: todo lo que siento como bueno, es bueno; todo lo que siento como malo, es malo…; nuestra conciencia jamás nos engaña; ella es la verdadera guía del hombre: es respecto al alma lo que el instinto es al cuerpo».
Sus ideas sociales, que Rousseau expone en el Contrato Social, habrían de tener una gran repercusión sobre las próximas generaciones. Este “contrato” es un pacto social, libremente aceptado, mediante el cual se expresa y asegura la “voluntad general”, cuyo único objetivo debe ser el interés público, y sólo la voluntad general tiene el poder de hacer y deshacer las leyes, esta soberanía debe “expresarse directamente”. Rousseau proclama el derecho a la insurrección cuando el contrato ha sido violado. Más tarde Danton y Robespierre justificarán buena parte de su política apelando a los principios de Rousseau.
        A pesar de que Rousseau alaba el estado natural, piensa que el “estado civil” es el más apropiado para el hombre, pues, «el paso del estado natural al estado civil produce en el hombre un cambio muy considerable, al sustituir en su conducta la justicia por el instinto, y dar a sus acciones la moralidad de la que carecían antes…; lo que el hombre pierde con el contrato social es su libertad natural y el derecho ilimitado a todo lo que le tienta…, lo que gana es la libertad civil y la propiedad de todo lo que posee».
        En sus Confesiones, Rousseau traza el perfil de su personalidad: nacido bueno, extraviado a causa de la sociedad, ha sabido luego volver a sí mismo, encontrar las vías de la naturaleza y no seguir más dictado que el de su corazón. Su vida es una adaptación de sus teorías. Y la influencia de las Confesiones ha sido enorme, marcando el primer hito del lirismo romántico y el primer clamor de una tendencia de vuelta hacia la naturaleza, hacia todo aquello que represente lo primitivo y lo no contaminado por la civilización. No es de extrañar que la semejanza entre Rousseau y L. Strauss se haya subrayado tantas veces.
        La última época de su vida la dedica a “estudiarse a sí mismo y a prepararse para rendir cuentas”. Sus Rêveries son la última gran confesión de este gran “solitario”, que se veía amenazado por un comploto tejido en torno a él.
        A pesar de que en Rousseau predomine el sentimiento, el instinto…, y que este predominio nos puede hacer creer que estas facultades están por encima de nuestra razón, no es el caso de Rousseau. Si existe una polémica apasionada contra la razón es contra un tipo de razón que intenta ahogar, mediante estructuras sociales rígidas, artificiales y caducas, las pasiones más nobles y naturales que posee el hombre. El ideal de la razón debemos desarrollarlo y buscarlo en un orden y en un moldeamiento equilibrado de las más diversas facetas del hombre.