10.1. Las contradicciones de la sociedad industrial

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Capitalismo y burguesía :(1848-1873)


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        No parece inoportuno, encabezar el periodo acotado entre 1848 y 1875 con el rótulo de «era del capitalismo» –aunque algunos historiadores han sugerido también el título de «época de la burguesía»-, máxime si traemos a colación que fue en la década de 1860 cuando la palabra capitalismo comenzó a aparecer en el vocabulario económico y político. Antes de 1849, apenas tenía uso, al menos en el sentido que Marx le había dado en «El Capital». Pero, además, es que la característica fundamental de dicho periodo fue el triunfo mundial del capitalismo como sistema económico y de la burguesía como clase hegemónica.
        El triunfo de una sociedad que creía que el desarrollo radicaba en la empresa privada competitiva, que compraba lo más barato posible para vender lo más caro posible en una suerte de preestablecido mercado armónico como se encargarían de pregonar los inventores de la Economía clásica, Smith, Ricardo, Say o Sismondi. Así argumentaba la burguesía, aupada en un mundo sustentado en la abundancia, la ilustración, la oportunidad humana y el progreso científico y artístico. Los márgenes del mundo capitalista, por tanto, no tenían más que mirar al espejo de la Estado-nación territorialmente definido, con una constitución que salvaguardaba la propiedad y los derechos civiles, donde la participación del pueblo no ponía en peligro el orden social burgués.
        Sin embargo, a mediados de siglo las condiciones materiales ya no son las mismas que habían dado lugar en los tiempos de la Gran Revolución a la conformación de una izquierda jacobina, primero, y una izquierda liberal, ulteriormente, relacionada con la constitución de la nación política española (Constitución de 1812). En 1848, los gobiernos se hundían en prácticamente todo el continente europeo. Los revolucionarios ocupaban las calles, los monarcas huían, se declaraban repúblicas y en Francia arribó al poder el sobrino de Napoleón Bonaparte como Napoleón III. Se llegó a atribuir la difusión de este movimiento revolucionario a las conspiraciones de las sociedades secretas. Pero la realidad marchaba por unos derroteros cuyo programa político exigía gobiernos constitucionales, la independencia y la unificación de los grupos nacionales, el fin de la servidumbre y las obligaciones señoriales donde todavía existían. Aún así, la Revolución de 1848 carecía de una fuerza impulsora y por tanto, fracasó tan rápidamente como triunfó. Sólo fueron admitidas algunas reivindicaciones como la unificación de algunos territorios y el gobierno constitucional de tipo censitario.
        Lo que vino después fue un periodo de represión, por una parte, y de conflictos sociales, por otra. Estaba preparado el caldo de cultivo para el surgimiento de dos generaciones de izquierdas opuestas entre sí pero necesarias: anarquistas y socialdemócratas. A la vez, como ya se entrevía en el periodo anterior, desde 1859 hasta 1871, tuvo lugar la formación del nuevo Imperio alemán, producto de la sagacidad diplomática de Bismarck, y del Reino Unificado de Italia, donde Cavour desempeñaría el papel de arquitecto de la nación italiana. Y ello, aun a costa de la Iglesia Católica, que en Italia perderá sus territorios históricos, volcándose con Pío IX en preservar y reafirmar los dogmas de la Inmaculada Concepción y la Infalibilidad del Papa, y que en Alemania habría de resistir la lucha de Kulturkampf bismarckiana. Pero también se forma la doble monarquía de Austria-Hungría, el triunfo de la autoridad federal de los Estados Unidos de Norteamérica que quedaría definitivamente establecida tras la abolición del esclavismo y la Guerra de Secesión entre 1861 y 1865, y la modernización del imperio del Japón. Estos estados estaban canalizando sin duda los profundos cambios introducidos por la Revolución Industrial: ferrocarril, barco de vapor, telégrafo; de manera que hacían inseparable el avance del principio del Estado-nación de la propia industrialización. Por su parte, Inglaterra canaliza sus energías hacia la consolidación del dominio de los mares y de un imperio mundial donde no se ponía el sol. Francia aprovechaba los intentos de recomposición del mapa europeo por el nacionalismo para recuperar la hegemonía continental pero sin abandonar tampoco la cuestión colonial mediante expediciones en África, Asia y América (México). Llegaría el momento en el que la cuestión colonial habría de enfrentar a las potencias europeas en una seria conflagración.
        La revolución de 1848 marcaría el comienzo, según Hobsbawm, de un periodo «asimétrico» entre lo político y lo económico. Esta asimetría habría supuesto el retroceso de la revolución política y el avance de la revolución económica. Para Hobsbawm la revolución industrial inglesa se había tragado a la revolución política francesa. Constituiría, pues, este periodo un lapso de tiempo «desproporcionado» en el que el capitalismo industrial avanzó, como un alud, en todos los ámbitos (social, científico, político e ideológico). Sin embargo, la interpretación de este periodo no tendría por que postular la existencia de una asimetría como algo negativo («desproporcionado») porque los componentes que cristalizaron con la revolución industrial podrían ser interpretados por sí mismos como semillas revolucionarias que harían de plataforma para nuevos programas políticos.

La época del imperialismo (1873-1914)


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        Hacia 1885 una red forjada de raíles se extendía por todo el planeta, los cables submarinos unían los continentes, mientras el mundo entero se postraba a los pies de las potencias europeas. Ello constituía el drama del progreso característico de la segunda mitad del siglo XIX que fue sepultado por el colapso económico de 1873, abriendo el paso a una nueva era.
        El periodo comprendido entre aproximadamente 1875 y 1914 es la época en la que nacieron los hombres que han dado forma al siglo XX. En efecto, tanto Lenin, Stalin, Mao, Hô-Chi-Minh, Gandhi y Nerhu como Hitler, Roosevelt, Adenauer, Franco o Keynes, nacieron en este periodo. Esto casi nos permite decir que la era del imperio puede ser considerada como la más significativa en la construcción del mundo contemporáneo. Por ello hay que tener presente que si bien el actual histórico no forma parte de la era del imperio, ésta si está presente, según distintas modulaciones, entre nosotros. Tan presente, que la actual vanguardia posmoderna se define precisamente en tanto que oposición a aquella que protagonizó la producción cultural de fines del siglo XIX y principios del XX: el modernismo.
        Es en esta etapa cuando comienza a fraguar la Segunda Revolución Industrial caracterizada por un gran desarrollo tecnológico unido a una fuerte industrialización y a la concentración de capitales. Europa se encuentra en pleno régimen de transición demográfica lo que supondrá un espectacular crecimiento de la población. Socialmente es el periodo de la hegemonía de la burguesía y las clases medias que veían a las amplias masas proletarias como una amenaza para «paz y progreso» poniendo de manifiesto las contradicciones internas de un periodo que se anunciaba como una época de crecimiento sin precedentes.
        En la industria, a partir de 1870 aparecen nuevas fuentes de energía (petróleo y electricidad), los sectores industriales ya mecanizados se ampliaban, y aparecerán nuevas industrias a la vez que se produce una difusión de innovaciones por todo el planeta. El motor de explosión trajo las industrias del automóvil y de la aviación y con ellas el petróleo se convirtió en uno de los recursos naturales más codiciados y disputados. Las nuevas industrias químicas tendrían un desarrollo espectacular y en ellas los laboratorios de investigación industrial cobrarán todo el protagonismo en la producción. Los químicos descubrirán nuevos fertilizantes. A partir de la hulla se obtendrá un amplio espectro de nuevos productos como sabores de alimentos o explosivos (Nobel); se hizo posible la producción de tejidos sintéticos lo que revolucionó, de paso, la industria textil. La electricidad tuvo también un desarrollo importante influyendo sobre las comunicaciones (transporte, teléfono, radio, cine). Las aplicaciones de sus efectos químicos permitieron la fabricación de sosa que se aprovechaba en las técnicas de blanqueado. Asimismo las industrias ligadas al metal conocerán una serie de novedades con la aplicación de la electricidad: la utilización del aluminio cuyas propiedades no podían ser eficazmente utilizadas con anterioridad, o el cobre del que se consiguieron obtener formas más puras mediante procedimientos electrolíticos. Aún así, ninguno de los metales consigue desplazar al hierro que continuará siendo el «pan de la industria». Una novedad en el plano económico fue la aparición de las grandes sociedades mercantiles que, al contrario que en las etapas anteriores, caracterizadas por el impulso de las pequeñas sociedades, pasarán a dominar los mercados. En 1882, Rockefeller funda la Standar Oil que monopolizará el petróleo; en 1883, las compañías del acero en Inglaterra, Alemania y Bélgica llegarán a un convenio sobre el lanzamiento de acciones al mercado; y en 1886 Nobel establece el primer trust internacional, el Dynamite Trust Ltd. El hombre de empresa aparecía como arquetipo del triunfo económico al frente de gigantescas industrias: Rockefeller en el petróleo, Carnegie en el acero, Morgan en la Banca, Ritz en la hostelería, Hearst en el periodismo, Poulenc en la industria farmacéutica, etc. Las exposiciones universales (Londres, 1851; París, 1866) serán las encargadas de promocionar las industrias a la vez que servían de plataforma de relanzamiento de las ciudades que las acogían. El optimismo económico y la creencia en el progreso indefinido presuponía un desarrollo imparable pero la realidad vino en 1873 de mano de una crisis que afectaba, más que a ningún otro, a los países más desarrollados y que hasta 1879 no tocaría fondo. Una crisis que impulsaría la carrera colonial trayendo al primer plano el guión de la Realpolitik de cada Estado.
        Entre 1870 y 1914, aparecen las organizaciones obreras propias del capitalismo industrial cuyos programas políticos ponían su punto de mira en la destrucción del capitalismo. El nacimiento de la fábrica y el desarrollo urbano entregaron al proletariado a unas condiciones de existencia extremadamente duras, con prolongadas jornada laborales, insalubridad de los lugares de trabajo, falta de seguridad, alojamientos lúgubres (el problema de la vivienda descrito por Engels), alimentación deficiente y explotación de mujeres y niños. Artistas, escritores e ideólogos de mediados de siglo se entregaron a describir esta situación en un proceso que dio lugar a los movimientos realista y naturalista de estirpe positivista. De manera que, traídos por Revolución Industrial, fábrica y desarrollo urbano, serán la base de la organización de amplias masas de obreros que reivindicarán la mejora de sus condiciones de existencia (jornadas laborales, salarios, etc.). Los comienzos del movimiento obrero (primitivos rebeldes) fueron de carácter violento, destruyendo las máquinas y factorías fabriles (luddismo) para pasar a organizarse ulteriormente en sindicatos y partidos de carácter distinto y aun opuesto.
        La Revolución Francesa había dado lugar al nacimiento de la izquierda jacobina como reacción contra el Antiguo Régimen. Sin embargo su programa político no aportará grandes cambios a la situación del proletariado, aunque algunas corrientes de la izquierda, como el obrerismo inglés a mediados del siglo XIX exigiendo el sufragio universal masculino (Cartismo , 1838), aprovechasen los postulados de asociación, democracia política, y solidaridad internacional.
        Desde 1848, año de la revolución conocida con el nombre de Primavera de los Pueblos, se irán conformando las corrientes de dos generaciones de izquierda que modularán las ideologías políticas del siglo XIX y parte del XX: el anarquismo y la socialdemocracia de extirpe marxista.
        El anarquismo, cuyos principales teóricos fueron los rusos Bakunin (1814-1876) y Kropotkin (1842-1921), se desarrollará en lucha contra el Estado, contra la Iglesia y contra las instituciones, es decir, contra cualquier forma de autoridad, constituyéndose así como una generación de izquierdas definida en torno a la negación del mismo Estado. La abstención en lo político, la deserción en lo militar, la huelga en el plano económico y social serían los medios para su destrucción, amén de otros presupuestos ideológicos más genéricos como el ateísmo o la creencia en la bondad natural del hombre.
        El mismo año de 1848, K. Marx publicaba junto con F. Engels el «Manifiesto Comunista», texto básico de la doctrina marxista, en el que se planteaba un análisis científico de la realidad frente a los principios ideológicos de lo que se denominaba socialismo utópico representado por Owen (1771-1858), Fourier (1772-1837) o Saint-Simon (1760-1825). Desde los supuestos del socialismo científico, la lucha de clases constituía el motor de la historia. Las fuerzas que se oponen en el proceso de desarrollo histórico eran las clases sociales. La burguesía capitalista había triunfado sobre la aristocracia feudal y se enfrentaba ahora al proletariado que se vería abocado a la conquista del Estado (dictadura del proletariado). Finalmente se llegaría a la sociedad socialista, la sociedad sin clases.
        Sin embargo, entre 1848 y 1864, el movimiento obrero sufre un retroceso y sólo hacia los sesenta comienza a despegar, cuando el socialismo empieza a ser reconocido por los gobiernos europeos. La celebración del mitin de Saint-Martins Hall en Londres el 28 de septiembre de 1864, será el punto de partida de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), Primera Internacional, bajo el postulado de la solidaridad internacional (la fraternidad de la Revolución Francesa).
        El periodo organizativo de la I Internacional durará de 1864 a 1872; en este contexto, Marx redacta sus principales documentos, y poco a poco comienzan a afiliarse los trabajadores y a fundarse sindicatos vinculados a la misma. La crisis de 1867 que provocó una oleada de huelgas reforzó el asociacionismo obrero, y la Comuna de París (1871) marcaría un hito en el movimiento obrero, incluso tras su fracaso y represión generalizada. Las posturas contrapuestas acerca de la actuación del proletariado en la Comuna de París, y en el propio seno de la Internacional, provocaron la polémica entre Marx y Bakunin (Congreso de la Haya de 1872) con el abandono de éste de la AIT y la creación de una nueva Internacional antiautoritaria A partir de 1872 quedó disuelta la I Internacional.
        Entre 1880 y 1914 surge la II Internacional (socialista). El final de la Gran Depresión y el reforzamiento alcista de las economías capitalistas mejoraría el nivel de vida de los obreros y permitiría el nacimiento de partidos socialistas que, luchando «con las mismas armas» que los partidos tradicionales, intentan conseguir el poder político.
La petición por parte de la II Internacional de no intervención del proletariado mundial en la Gran Guerra, y los hechos posteriores surgidos a raíz de la Revolución rusa, dividirán a la II Internacional, tomando el relevo la III Internacional (comunista), pero entonces una quinta generación de izquierdas ya estaba formada.
        Las instituciones políticas y culturales del liberalismo burgués se fueron ampliando a las masas trabajadoras, incluyendo también a las mujeres, que alentadas por el movimiento sufragista encontraban sin embargo obstáculos que no fueron derribados hasta mediado el siglo XX. Se puede hablar de una profunda crisis de identidad de la burguesía cuyos fundamentos morales acabaron subsumidos por la presión de su propia riqueza y de su confortabilidad. En realidad, la nueva era que se configura es la de las personas jurídicas, es decir, la de las grandes corporaciones y organizaciones de negocios, propiedad de accionistas, dirigidas por ejecutivos y administradores de empresas. En suma, un aumento de contradicciones que vaticinaría su propia muerte. No es extraño, por ello, que la vida intelectual y cultural fuese adquiriendo conciencia de esta muerte inminente en ciertas corrientes dela filosofía irracionalista.
        La creciente estabilidad social en el ámbito de las economías industriales posibilitó la aparición de pequeños núcleos de individuos que acabaron conquistando y gobernando vastos imperios. El despliegue imperialista por parte de las potencias industriales, sobre todo en los territorios de África y Asia tiene ahora lugar, después de que ya habían sido barridos los grandes imperios modernos de España y Portugal. Las potencias coloniales europeas, Inglaterra, Francia, Alemania e Italia impulsarán su expansión en ultramar y a ellas se sumarán otras como España y Portugal o Bélgica, Holanda y Rusia, Estados Unidos o Japón, comenzando así una carrera por la conquista y apropiación de nuevos territorios, cuyos hitos más importantes han sido la Conferencia de Berlín de 1885 y la de Algeciras de 1906. Los motores de este proceso hay que entenderlos ligados a la estructura política del estado metropolitano. Las razones de tipo económico vienen dadas por el hecho según el cual son las potencias más industrializadas, que están sufriendo un proceso de recesión a finales del XIX, las que a la vez tienen los mayores intereses coloniales; se buscan tanto nuevos mercados, para dar salida al excedente productivo en un contexto internacional de políticas proteccionistas, como nuevos yacimientos de materias primas y fuentes de energías. También las tensiones internas de tipo social podían verse relajadas mediante el envío de importantes contingentes de personas que componían el conjunto de parados a las colonias de ultramar, lo que explicaría el interés colonialista de determinados sectores sociales. Desde el punto de vista de las relaciones entre los estados, los enclaves coloniales tenían un valor estratégico frente a terceras potencias, porque, como en el caso de Inglaterra, permitía poseer una serie de puertos de escala donde los barcos podían repostar a la vez que hacían las rutas comerciales más seguras. La euforia colonizadora ha contado sin duda con instituciones científicas como las sociedades geográficas y asociaciones misioneras. En concreto, las sociedades geográficas (de París, Bruselas, Amberes, Madrid o Berlín) desempeñaron una labor cartográfica y de difusión a través de publicaciones científicas o de divulgación que, por otra parte, eran inseparables de los intereses militares, políticos, comerciales o incluso de las grandes religiones.
        Francia, Inglaterra y Alemania van a destacar como potencias hegemónicas hasta después de la Gran Guerra momento a partir del cual los Estados Unidos de Norteamérica comienzan a desplazarlas de su primacía en el escenario geopolítico. Desde la unificación de Alemania e Italia las relaciones internacionales habían estado dominadas por los sistemas de alianzas y acuerdos secretos de Bismarck que consiguieron mantener a Europa, incluyendo todos los territorios coloniales que prácticamente suponían el dominio del planeta, en una situación de equilibrio; pero a partir de 1890, con la llegada al trono del II Reich de Guillermo II, los sistemas bismarckianos se reorganizarán conforme a otros criterios (Weltpolitik) en los que entran los intereses coloniales, decantando la política internacional hacia el enfrentamiento de dos bloques -la Triple Alianza (Austria-Hungría, Alemania e Italia) y la Triple Entente (Francia, Inglaterra y Rusia)- antagónicos que se enfrentarían en la gran conflagración de 1914. Los Estados Unidos se fueron constituyendo durante todo el siglo XIX a partir de continuas oleadas de inmigrantes europeos que irían desplazando a los indios de las praderas con su marcha hacia la frontera del Pacífico. Después de la Guerra Civil (1861-1865) había tenido lugar un proceso de reconstrucción política, que incluía la abolición de la esclavitud pero no la discriminación social de los negros, y económica que le procuró en los últimos años del siglo, el ascenso al puesto de primera potencia agrícola del mundo y lo situaba entre las grandes potencias industriales, aproximándolo a Inglaterra a la que rebasaría en los primeros años del siglo XX. Rusia, aún gobernada por el autocratismo zarista, era un país escasamente industrializado que se debatía entre el cierre o la apertura a Occidente (occidentalistas y eslavófilos). Y Japón había iniciado, a partir de 1868 (Revolución Meiji) el camino de la apertura y occidentalización lo que le convertiría en una gran potencia que le llevaría a la constitución de un imperio oceánico enfrentándose y derrotando a la misma Rusia zarista en 1904-1905.
        La fecha de 1914, considerada como punto de inflexión natural por los propios contemporáneos, puede mantenerse vigente todavía. 1914 señala el final de un mundo hecho a imagen y semejanza de la burguesía. Y, paradójicamente, buena parte de los aspectos más relevantes del fin del siglo XX tienen su origen en los aproximadamente treinta años anteriores a la Primera Guerra Mundial. El hundimiento del Titanic fue el símbolo del hundimiento dela civilización liberal decimonónica.