8.1. El siglo XVIII como siglo de las luces

De Biblioteca de filosofía
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1. La Guerra de sucesión española y la política del equilibrio

        De 1700 a 1763 se conocerá una época en la que lo que primaba era el mantenimiento del equilibrio, pero teniendo siempre como fondo el factor colonial, como se puso de manifiesto en el conflicto franco-inglés dentro de la Guerra de los Siete Años.
        A finales del siglo XVII, parecía que se mantenía la política de equilibrio a la vez que se acercaba el ocaso de la hegemonía francesa, cuando, tras la muerte de Carlos II de España, se plantea la cuestión sucesoria española que dejaba como heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV. Pero a la sucesión española aspiraba también el Archiduque Carlos de Austria y se veían involucradas Inglaterra y Holanda que ponían sus ojos en el rico imperio colonial español. Así pues, estallaría la guerra entre, por un lado, Francia y España y, por otro, la Gran Alianza: Inglaterra, Holanda, el Imperio austriaco y Prusia. Sin embargo, la muerte del emperador José I, se desbloquean los intereses de los contendientes al quitar a la Guerra de Sucesión su razón de ser, dado que el candidato a la corona española el Archiduque Carlos se convierte también en heredero al trono imperial. La guerra acabaría en 1713 con el Tratado de Utrech por el que Felipe V sería reconocido como rey de España a la vez que renunciaba a los derechos sobre la corona francesa y cedía Gibraltar y Menorca a Inglaterra. Así las cosas, Francia saldría debilitada de este contencioso hecho que aprovecharía Inglaterra para lograr el dominio de los mares y extender su imperio colonial.
        La nueva realidad política del siglo XVIII girará en torno al equilibrio, que llegará a concentrarse también en el sector oriental de Europa donde la segunda guerra del Norte (1700-1721) puso fin a la hegemonía sueca con el tratado de Travendal de 1720 por el que tuvo que ceder a Prusia la Pomerania y el tratado de Nystad de 1721 por el que Rusia se queda con las provincias bálticas y comienza a reafirmarse como una potencia. Por tanto, de Utrech y Nystad surge la conformación política que dominará durante todo el siglo hasta la Gran Revolución de 1789. Francia aparecerá como una gran potencia en el sector occidental y sur, Prusia y Rusia en el central y oriental respectivamente. Prusia asciende, cada vez más, bajo la dirección del rey sargento, Federico Guillermo I (1713-1740), y Rusia se convierte en una potencia nueva con la dinastía Romanov occidentalizándose con Pedro el Grande (1682-1725) y desarrollando una expansión de triple dirección hacia el Norte, Polonia y el Mediterráneo a través de Turquía. Inglaterra se mantendrá alejada de la política europea entre 1730 y 1740 pero vuelve al continente con la Guerra de Sucesión Austriaca.
        El factor colonial es esencial en la historia política del siglo XVIII, pues al tiempo que facilitaba la instauración del equilibrio, determinaba desplazamientos dentro de este mismo sistema. Un sistema efectivo que ponía la dirección política en el concierto de las grandes potencias y que desplazaba a España, Holanda y Turquía manifestándose a través de una política de conquista que, sin embargo, era llevada a cabo mediante alianzas orientadas al propio equilibrio. Sería la política de guerras de sucesión primero y de desmembramientos después. Por un lado, pues, la Guerra de Sucesión Polaca de 1733-1738, la Guerra de Sucesión Austriaca 1740-1748, que concluían con la paz de Viena de 1738 y la paz de Aquisgrán de 1748, respectivamente. Al mismo tiempo, madurarían las condiciones de manera que sería posible una transformación interna del sistema de equilibrio al presentarse Prusia como una gran potencia con Federico II el grande (1740-1786), (llamado el rey Filósofo, protector de Kant), debilitándose los Habsburgo, resurgiendo el imperio turco en torno a 1738 y, sobre todo, con la nueva política inglesa de intervención activa en Europa, en el mar y en los territorios coloniales. Por otro lado, la política de los desmembramientos, con el triunfo de la revolución americana por la que Prusia, Rusia y Austria iniciaron un proceso de repartos con Turquía y Polonia como trofeos. En cualquier caso, la decadencia política de Austria, España y Holanda favorecía a Francia e Inglaterra, pero, sobre todo, a esta última. Y será esta transformación la que invierta las alianzas por la cual Francia se aliaba con Rusia y Austria, obligando a buscar apoyo en Prusia.

2. La transformación de la sociedad estametal.

        El orden social de la Edad Moderna era la «sociedad estamental», también llamada «société d’ordres» o «corporate society». Los propios contemporáneos distinguían tres estamentos o estados (Nobleza, Clero, Tercer Estado). Sin embargo las diferencias dentro de cada estamento también eran importantes, pues no significaba lo mismo pertenecer al Tercer Estado como rico burgués que como jornalero. La variedad de status era grande. Pero, sobre todo, la diferencia más importante era la que separaba a quienes se dedicaban al trabajo manual de quienes se ocupaban en el trabajo intelectual. El depender de las manos para trabajar determinaba un status que no daba posibilidades de ascender en la escala social. La movilidad social era posible dentro del marco de los estamentos «bajos» o «comunes», pero sin salirse del límite marcado por el trabajo manual. El sistema estamental no era, en suma, partidario de la movilidad social. El rango de una persona estaba adscrito a un orden jerárquico preconcebido, cuyo régimen estático era el símbolo de los principios permanentes e inmutables del orden universal. Los estamentos sociales del mundo rural eran los que imponían su sello al sistema estamental. Y el hecho de que la nobleza adquiriera el status superior se explica por que este estamento, en el proceso de transformación social, se apropió de la mayor parte de los terrenos disponibles. Este proceso de monopolización incluía también al complejo de símbolos, signos y gestos, de suerte que el tipo de vida de los nobles mostraba así su exclusividad como estamento. Todos los derechos especiales que la nobleza había monopolizado estaban fijados por un ordenamiento jurídico y sus garantes eran los soberanos.
        Entre 1500 y el siglo XVIII la transformación de las estructuras sociales fue erosionando los principios en los que estaba basado el sistema estamental. Los cambios sociales más profundos y decisivos recayeron en el campo afectando al campesinado y a la nobleza. El Estado Moderno había despojado al sistema feudovasallático de su contenido político, haciendo que el peso político de la nobleza no estuviera vinculado a su pasado feudal. De hecho, el Estado Moderno se había apoyado en la burguesía para los puestos de responsabilidad cortesana, política y financiera. En el siglo XVIII, por tanto, ya no se puede hablar de la nobleza como un grupo homogéneo de aristócratas feudales. En parte porque individuos del estamento burgués con riqueza y medios conseguían la nobleza, pero sobre todo porque el Estado Absoluto se la concedía como un recurso para recaudar dinero.

3. Independencia de los Estados Unidos y Despotismo Ilustrado.

El cuadro de John Trumbull, La Declaración de Independencia, 4 de julio de 1776

        Sería la guerra de los Siete Años (1756-1763) la que pondría a prueba el nuevo sistema, implantando ya el caldo de cultivo donde iría a fertilizar la revolución americana y, por tanto, la independencia de los Estados Unidos de América. Pues en efecto, el fin de la guerra de los Siete Años llevó a Inglaterra a un endurecimiento con las colonias, dando lugar a un choque entre éstas y la metrópoli que, entre 1773 y 1783, desarrolló un periodo de lucha abierta. Las colonias formaron un frente único proclamando la Declaración de Independencia el 4 de julio de 1776. La independencia precipitaba la transformación de la visión iluminista-reformista y ponía las bases para el surgimiento de un proceso revolucionario que daría lugar a la «nación política» francesa. A partir de estos acontecimientos se derivarían cuatro líneas importantes: la Independencia de los Estados Unidos de América, la ampliación del número de las trece colonias iniciales, la extensión de los programas independentistas por otras colonias españolas y portuguesas y la influencia que tendrá sobre Francia, dando lugar al proceso revolucionario de «racionalización política» que marcaría una nueva fase en la historia universal.
        El siglo XVIII supuso la máxima expresión del absolutismo, pues a partir de 1750 hubo un periodo de transformación interna dentro de cada uno de los estados tendente a disolver las viejas estructuras a través de un conjunto de reformas conocido con el nombre de Despotismo Ilustrado. Un movimiento cultural y filosófico que asume el nombre de Ilustración al que pertenecen programas como el deísmo inglés y la doctrina de la tolerancia religiosa de Toland y Locke; el enciclopedismo francés, con la ideología de la búsqueda de la felicidad, la fe en la razón y la lucha contra el fanatismo y la intolerancia defendido por Voltaire, Diderot, D’Alembert; y la Aufklärung alemana, muy sensible con el problema religioso y cultural. Sus causas efectivas no sería tanto el proceso revolucionario francés de 1789, que buscaría la racionalización política en el campo de las ciencias positivas, cuanto el movimiento reformador de los monarcas ilustrados, María Teresa o Federico II. El Príncipe Ilustrado del siglo XVIII pretendía colocar su autoridad al servicio de la «felicidad» del pueblo a través de una serie de reformas que tendrían su límite en la disolución de la misma monarquía absoluta. En este contexto, se desplegaron las reformas en el campo jurídico, económico y religioso eclesiástico (expulsión de los jesuitas).