Averroes (1126-1198)

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        Abū’l-Walīd Muhammad Ibn Ahmad Ibn Rušd al-hafid («el Nieto»), (Córdoba, 520/1126- Marrākuš, 9 de safar de 595/ 10 de diciembre de 1198). Hijo y nieto de reconocidos juristas de gran influencia política, que alcanzaron la dignidad de juez supremo (qââī al qodât), Abū’l-Walīd Muhammad Ibn Ahmad Ibn Rušd al-hafid, al que los latinos llamarían Averroes, recibió la más amplia formación en derecho y teología, poesía, medicina, matemáticas, astronomía y filosofía.
        En filosofía fue Ibn Tufayl su maestro, quien le presentó al sultán almohade Yusuf a finales del 1168. Fue nombrado qadi de Sevilla al año siguiente y; en 1182, tras la renuncia de Ibn Tufayl, pasó a ser médico de cámara de Yusuf., que le confiere la dignidad de qadi de Córdoba como su abuelo y su padre. Pero Refirado de los asuntos públicos para dedicarse íntegramente a la filosofía, Averroes acabaría por perder el favor real tras la reacción político-religiosa (sus opiniones filosóficas le hacían sospechoso ante los Doctores de la Ley) que condujo al sucesor de Yusuf, Ya´qub al-Mansur, a la cruzada contra los cristianos, a los que venció en Alarcos (1195). Confinado durante veintisiete meses en Lucena, sufrió afrentas y escarnios por parte de los teólogos ortodoxos y sus seguidores, hasta que recobra, en apariencia, el favor del sultán que lo llama a Marruecos de nuevo. Pero allí parece seguir en reclusión y, sin poder volver a su amada Al-Andalus, muere pocos meses después.
Principales obras de Averroes
        De la amplísima producción del filósofo cordobés, aún pendiente aún de un completo estudio y clasificación, se conservan 54 obras completas, textos parciales de 8 más y han desaparecido unos 21 escritos referenciados por biógrafos e historiadores… En ocasiones no se dispone del texto árabe, sino sólo de traducciones hebreas y/o latinas.
        En total, podemos hablar de 36 obras filosóficas, 3 teológicas, 13 médicas, 1 astronómica y 1 jurídica.

La filosofía de Averroes

        Puede decirse, sin exageración, que la filosofía árabe encuentra su culminación dialéctica en Averroes… Y es que, aunque el. título de Comentator ha desfigurado con frecuencia la imagen del filósofo cordobés; éste no ha sido sólo un preclaro comentador de Aristóteles, sino también un fecundo pensador original. Leer a Aristóteles quiere decir, en suma, hacer verdadera filosofía, sin otra guía que la razón. Por ello, la filosofía de Averroes es marca la espléndida clausura del pensamiento filosófico del Islam y, paralelamente, anticipa las más osadas ideas del pensamiento occidental independiente de todo postulado teológico.
        El pensamiento árabe se había venido desarrollando desde el conocimiento y depuración del legado de Aristóteles, en convergencia inicial con el neoplatonismo (síntesis culminada por Avicena)… Pero Averroes. prescindirá magisterio de Ibn Sina, pese a su general y permanente reconocimiento en el Islam, atreviéndose a preguntarse, aún valorando el genio de Avicena, por el motivo de tan incoherente amalgama teórica, forzada, sin duda, por la prevalencia los principios exigidos por cierta «Teología de la creación».
        Y, así, Averroes insistirá, frente a Al-Gazzali, en que la filosofía conduce al saber y que sólo con esto queda legitimada. No precisa, pues, la filosofía de concesiones teológicas, porque opera desde otra estructura. Puede ser así ser el más filosófico de los árabes y el más creyente de los pensadores musulmanes.
        Catorce años después de la muerte de Averroes (1198), el Islam ibérico es aplastado en laas Navas de Tolosa, pero la decadencia de la filosofía musulmana no derivará de una supuesta fanatización religiosa, sino del propio agotamiento de la creatividad cultural árabe… Sin el desarrollo social concreto de ésta (tan patente en el Califato de Córdoba hasta este tiempo) la apuesta decididaa por una filosofía estricta, resulta inviable.
        En efecto, frente a la preocupación por la «Sabiduría oriental», la Hikmat al-Masriqiyya, presente desde Ibn Sins a Ibn Tufayl, pasando por Ibn ´Arabi e Ibn Sap´in, Averroes, muladí al fin en la Al-Andalus del s. XII, puede dicidir atenerse a la filosofía y prescindir del ordenado cosmos aviceniano. Y es que, para él todo saber ha de estar basaado en principios reales, los principios constitutivos del saber han de partir de verdades elementales, el mundo natural en cuanto tal es necesario, y es el resultado de la evolución final de la materia.

Los principios de la ontología averroista

        Tal concepción del saber vislumbra el cosmos como un mundo físico actual, aquí y ahora, ante una mirada estrictamente humana. Desde la eternidad, en el punto de vista de Dios, el mundo es contingente y posible; pero para el ser humano históricamente dado es eterno e inherente a su causa. Por ello, el saber metafísico posee una certeza mayor que el saber físico; pero también resulta útil el conocimiento aproximado, capaz de llegar a interpretar los fenómenos del mundo sensible, el cambio, que exige la existencia de un principio motor, causa eficiente a la que deben remontarse todos los movimientos materiales. El movimiento no es, pues, materia ni forma, sino el proceso mediante el cual la materia informada se convierte en otra forma, y, en tal sentido, es el primero de los principios de los seres concretos.
        Pero tal fidelidad aristotélica debía ser “reconocible” para la «Teología de la creación», y Averroes afirmará que la forma es intrínseca a la materia de un modo potencial: la materia posee la múltiple posibilidad de formas diversas, que van siendo actualizadas por el movimiento. Así, el sentido del Motor inmóvil no es la absoluta inacción; Dios no es pura impasibilidad, inercia absoluta. Cuando se afirma que Dios no se mueve, sólo se quiere decir que no es movido por ningún objeto extrínseco.
        En definitiva, el cosmos es necesario por razón de su causa; el mundo físico se estructura desde la materia, ya que sólo ésta posee la posibilidad de poder convertirse en todas las cosas. Este cosmos, pues, no exige una posibilidad absoluta, sino relativa, para todos y cada uno de los seres existentes; sean o no provechosos y convenientes. No cabe negar la existencia de un mal real, en lo concreto; pero sin que, por ello, quede afectada por el mal la totalidad del cosmos. Es, sin más, una consecuencia inevitable de la pura necesidad inherente a la materia.

El problema del conocimiento y su actitud científica

        Es el principio general de causalidad el que da seguridad al saber, constituyéndose sobre reales sensaciones experimentadas en nuestra vida física y mental. La estricta necesidad lógica de la existencia de una causa suficiente para nuestros actos, físicos y psíquicos resulta evidente como realidad intelectual que rige a todo el mundo del ser, sin necesidad de buscar sus raíces en la supuesta voluntad bondadosa de Dios.
        En consecuencia, pensar es adquirir las formas, entendidas como la estructura gnosológica de la cosa en tanto que conocida, presupuesta la real existencia de un substrato material.
El realismo de Averroes está muy lejos pues de ser simplista…Por ejemplo, el punto de partida de su teoría del intelecto es, en efecto, la dualidad aristotélica de un intelecto agente y un intelecto pasivo, y., al igual que otros pensadores musulmanes, considera que el intelecto agente es uno, separado y común; pero, al poder convertirse el intelecto material en todas las cosas, ¿es razonable suponerlo algo particular y concreto?. El filósofo cordobés responderá que la propia amplitud del intelecto material y su interacción constante con el intelecto agente implican una naturaleza duradera, eterna, en el sentido en que lo es la especie humana. Es uno en sí y respecto de todos los individuos, pero no quiere decir esto que todos tengan la misma ciencia concreta, sino la misma posibilidad de tenerla; concretada en el intelecto especulativo de cada uno de los humanos. El intelecto al que el hombre puede llamar estrictamente suyo es, pues, el intelecto pasivo, ya que de su uso dependerá el diferente grado de intelecto especulativo que se alcance.
Mientras existan seres humanos, viene a decir Averroes, tendrán que pensar del mismo modo, tendrán un punto de contacto común con la verdad objetiva… Y, con ello, trata de explicar un cosmos intelectual cerrado como verdadera condición de posibilidad de la ciencia objetiva y absoluta, con independencia de la mera explicación teológica, y apertura de un camino a la filosofía y a la ciencia de la naturaleza modernas.

Ética, sociedad y derecho

        Lo antedicho es válido en el orden individual y en el social: gobernar no es otra cosa que educar, enseñar al conjunto de los seres humanos el camino libre que conduce al orden necesario. Sólo quienes realizan en sí, en acto, con voluntad libre, el orden necesario, están capacitados para dirigir la sociedad humana. El gobernante ha de ejercer, en acto, las más altas virtudes intelectuales. La sociedad es un instrumento para la coexistencia humana, que debe facilitar, del mejor de los modos posibles, el cumplimiento libre del orden universal.
        Así, pues, la conducta social y la individual están ambas dirigidas por la virtud superior de la sabiduría; identificándose el arte político con el ejercicio en acto de la sabiduría. No existe más diferencia ente ellas que las derivadas de la intencionalidad.

La idea de ser humano y el problema de la creación

        Ya hemos visto como el intelecto material no puede ser una capacidad concreta, sino específica del ser humano. Frente al pensamiento árabe precedente, que hace culminar el saber con el éxtasis intelectual, Averroes parte de la unidad radical del ser humano, manifiesta en todas sus actividades y en conducta finalista. El hombre conoce de un modo tan natural cómo vive, crece o se reproduce; sólo hay diferencias de grado: el conocimiento humano representa la culminación natural de todas las acciones y operaciones del hombre. Sólo hay verdad, por tanto, a través de los medios humanos y naturales… Toda separación de este camino natural, en lo biológico o en lo no ético, genera monstruosidades: errores biológicos y males éticos. El ser humano ha sido creado para saber; se desarrolla; prospera; se perfecciona y sólo puede alcanzar la felicidad última por la sabiduría. Sólo el hombre sabio tiene conciencia de esta sabiduría, cuya enseñanza fundamental es el principio del orden universal necesario. La libertad es señal inequívoca de la imperfección y su sentido consiste en elegir libremente, pero dentro del orden necesario.

El averroísmo

        La obra de Averroes prepara una verdadera Revolución intelectual en el siglo XIII europeo… Exagerando la propuesta filosófica del propio autor, se va a tender a considerar que la unidad del intelecto pone en cuestión la inmortalidad individual y tiende a una suerte de panteísmo al identificar la inteligenci universal con la inteligencia divina.
En su versión más radical, Juan de Jandún acabará por defender una doctrina de la “doble verdad” (las verdades de la razón y de la fe, aunque opuestas, son igualmente justas y firmes) que, en realidad, nunca había sostenido el filósofo cordobés.