Baruch de Espinosa (1632-1677)

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«Espinosa es el pensador al que todos hemos ofrendado con la más profun¬da admiración un piadoso reconocimiento. No solamente porque ha mostrado al mundo con el ejemplo de su vida lo que la filosofía puede hacer para despegar el alma de todo lo que le es extraño a su esencia, sino mejor y sobre todo, porque nos hace tocar con los dedos lo que puede haber de he¬roico en la especulación, y lo que hay de divino en la verdad... En este senti¬do podría decirse que todo filósofo tiene dos filosofías: la suya y la de Espi¬nosa.» (Henry Bergson, Las dos fuentes..)

Vida y obras.



Pocas vidas de filósofos han suscitado tanta admiración como la de Benito Spinoza o Baruch de Espinosa. Nacido en Amsterdam en 1632, de una familia de judíos españoles emigrados por obra y gracia de la Inquisición, sus antecesores estaban afin¬cados en Galicia y Portugal (de ahí la grafía “Spinoza”), y pertenecían a los «marranos» que, como se sabe, de-fendían la mortalidad del alma y se interesaban por las matemáticas, la me¬cánica y la medicina. En Amsterdam había una rica comunidad judía que controlaba los negocios entre España y Holanda, y en la que el padre de Espinosa cumplía importan¬tes funciones. En su biblioteca abundaban los libros españoles: Quevedo, Góngora, Cer¬vantes, Gracián... así como tex¬tos de matemáticas, astronomía y física, libros de Descartes y Bacon, Maquiavelo, Hobbes y Grotius, Séneca y Euclides.
Espinosa repele todo tipo de coacción, servidumbre y dogma. En 1656 la si¬nagoga de Amsterdam le excomulga. Es curioso que en este decisivo mo¬mento escribe en su lengua materna, el español, su Apología para justificar¬se de su abdicación de la sinagoga. Se ha sostenido que su Tratado teológico-político es una continuacion de tal apología. La excomunión se produjo en estos términos: «Excomulgamos, maldecimos y separamos a Baruch de Espinosa con el consentimiento de Dios bendito con el de toda esta comunidad, delante de estos libros de la Ley que con tienen 313 preceptos; que sea maldito de día y maldito de noche, maldito cuando se acueste y cuando se levante, maldito cuando salga y cuando entre que Dios no lo perdone, que su cólera y su furor se inflamen contra este hombre y atraigan sobre él las maldiciones escritas en el libro de la Ley.. ». Duras palabras que provocaron el aislamiento de Espinosa, pero también la respuesta de una obra, símbolo de la libertad e independencia de la razón.
Habiendo aprendido a tallar y pulir cristales para instrumentos ópticos, vive austeramente sin dependencia ni coacción. Colabora con la política de Jan de Witt y con los círculos políticos más «progresistas». Consumido por el trabajo y la tuberculosis, muere en 1677, pidiendo una pipa de tabaco, uno de sus escasos placeres.
Espinosa era un hombre fundamentalmente austero. Jamás se le vio ni muy triste ni muy alegre. «Procuro llevar mi vida sin aflicción ni llanto, y muy al contrario, con tranquilidad y gozo, endureciéndola si acaso gradualmente» De una extrema afabilidad, se cuenta sin embargo que se entretenía viendo luchar las arañas y las moscas, que le daban una visión de las leyes inexo¬rables del cosmos. Espinosa ha seducido con su vida y su obra a hombres de todas las épocas, y también ha suscitado el rencor del fanatismo. Nunca se le perdonó que sin concesión alguna rigiese su vida y su obra por los dictados déla razón. Sin embargo, el mensaje de Espinosa no es pesimista: «un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte sino de la vida».
La única obra publicada por Espinosa en vida fue una exposición de Descartes: Renati Cartesi Principia Philosophiae en 1663, que iba seguida de unos originales «pensamientos metafísicos». De forma anónima apareció también su Tratado Teológico Político (1670). Pero su principal obra, que resume su sistema es la Ethica more geométrico demonstrata, que junto a su Tratado político fue publicada póstumamente por sus amigos. Después de un periodo de olvido, en el siglo XIX fueron rescatados dos importantes tratados de contenido gnoseológico. Korte Verhandeling, un Breve tratado redactado en flamenco y el Tractatus de Intellectus Emendatione en latín.

Interpretaciones



Hallett ve en el sistema de Espinosa la quintaesencia de un sistema filosófico metafísico con validez definitiva, y sin posibilidad de continuación.
Para Brunschvicg, en cambio, la gran aportación de Espinosa es haber llevado a sus últimas consecuencias el espíritu matemático. La matemática no sólo se aplica al orden físico, sino también al orden moral: «Al afirmar la aplicación universal de la verdad matemática, no sólo ha re¬alizado el paso de la matemática a la moral, sino que ha negado simplemente la moral», es decir, la moral deja de ser un problema subjetivo para integrar¬se en un orden superior de racionalidad. La filosofía de Espinosa es «la úni¬ca filosofía que no se subordina a una psicología de las facultades, en donde la inteligencia permanezca como una representación estática... disociada de una voluntad en tensión dinámica. Es una filosofía en la que el universo, en teramente resoluble en relaciones racionales, se abre como campo ilimitado a la actividad humana, inseparable de la ciencia, para lograr la expansión y la unidad del espíritu.»
Para Martial Guéroult, la clave de Espinosa reside en su absoluto geometrismo, el riguroso proceso deductivo de sus razonamientos; la coherencia interna de lasdemostraciones es el nervio de la filosofía de Espinosa. Wolfson ha insistido en sus componentes medievales. La filosofía espiinosiana sería la culminación gloriosa de la tradición escolástica y judía. La Etica «ordine geométrico demonstrata» sería una ética «more scholastico rabbinicoque demonstrata»
Vidal Peña ha interpretado a Espinosa como el precedente más ilustre del materialismo filosófico. Su sistema filosófico significa un planteamiento crítico y mate¬rialista enmarcado en una tradición estoica, en el que toda la realidad, repartida en tres géneros de materialidad, depende de «Deus sive Substantia sive Natura», que son meros nombres para designar a la Materia ontológico-general.
Los marxistas han valorado al espinosismo como un sistema afín. Un espinosismo vital es un rasgo común en el marxismo. Después de Althusser, todos sus discípulos han retornado a Espinosa: Badoiu, Negri, Albiac, etc. Sin embargo, un racionalismo geométrico tan extremado de Espinosa no ha producido una filosofía de fácil interpretación. Resucitado por los románticos, sus ideas siguen siendo objeto de reinterpretaciones.

La teoría del conocimiento como «reforma del entendimiento»



La primera tarea del hombre es pro¬ceder a una reforma de su entendimiento. Tratado para la reforma del entendimiento (TIE) es el título de su primer libro y constituye la introducción gnoseológica más adecuada al espinosismo. Su tarea es «reformar el entendimiento y hacerlo apto para comprender las cosas de manera que alcance nuestro fin», la felicidad. El conocimiento consiste, como en Descartes, en hacer que nuestras ideas sean claras y distintas, es decir, «adecuadas». Y esto puede hacerse porque «las ideas no son como pinturas mudas sobre un cuadro», reproducciones pasivas, sino conceptos, actos del entendimiento. La verdad depende del proceder mismo del pensamiento y, por tanto, el hombre se liberará conociendo: «Cuantos más objetos conozca el hombre, mejor se comprenderá a sí mismo y mejor comprenderá el orden de la naturaleza. Cuanto más exactamente co¬nozca sus propias fuerzas, mejor se podrá dirigir y proponerse sus propias reglas. Cuanto mejor conozca el orden de la naturaleza, más fácilmente evi¬tará esfuerzos inútiles.»
Para reformar el entendimiento el TIE distingue tres géne¬ros de conocimiento, que van de lo imperfecto a lo perfecto.

a) El primer género es el conocimiento empírico, o mero registro pasivo de imágenes y experiencias vagas. Es un conocimiento mutilado, parcial, impreciso, de segunda mano. Por eso es falso y debe superarse.
b) El segundo género es un conocimiento racional por causas o por «nociones comunes». Es la de-ducción o encadenamiento de conceptos. Aunque superior al vago, es todavía tradicional, escolástico.
c) El tercer género es la intuición racional. En efecto la deducción nunca es completa, y con apariencias de rigor no me ofrece la estructura de la verda¬dera realidad. La deducción se refiere a «mi» razón más bien que a «la» razón de las cosas. Es la percepción evidente de un nexo lógico de implicación.
Como los modelos que tiene en la mente Espinosa son siempre matemá¬ticos, diremos que la intuición se refiere más al aspecto «constructivo» de los teoremas que al «deductivo». De ahí que Espinosa privilegie las definiciones genéticas. En efecto, algo existe cuando se produce de un modo necesario. En consecuencia, el conocimiento verdadero (claro y distinto) es el que versa sobre la «construcción, la génesis o la producción de las cosas». Por eso para Espinosa el prototipo de conocimiento es el geométrico, cuyas definiciones enseñan cómo se hacen las figuras.
La intuición no es nada místico. Un teorema se puede demostrar: «sea por costumbre (primer género), sea por cálculo (segundo género), sea por in¬tuición (tercer género)». Toda demostración se hace por medios de causas. Por eso, cuando la mente demuestra «concibe los objetos», no se limita a «percibirlos». Esta «constitución» o construcción de los objetos anticipa el idealismo romántico en la medida en que es la mente la que pone las causas. El racionalismo de Espinosa se opone al empirismo, porque lo único que nos puede dar la experiencia es el hecho de que «al fenómeno A le sigue el B», sin que haya en ello ninguna «conexión necesaria». En cambio, lo que la mente construye cuando entiende algo es precisamente «la necesidad misma del ser de la cosa». Por eso el orden causal es necesario. Ahora bie, todavía no hay idealismo en Espinosa, porque Espinosa no admite la distinción escolástica entre el ordo essendi y el ordo cognoscendi. Más bien, ocurre que «el orden y conexión de las ideas es el mismo que el orden y conexión de las cosas», como nos dirá en la Ética.
En realidad, no es que en lo «empírico» no haya necesidad, el orden empírico es igualmente necesario, sólo que permanece en el plano fenoménico, sin ir a la esencia genética de las cosas. Son la necesidad y la génesis lo que permite a Espinosa ir más allá y afirmar que el conocimiento matemático es verdadero porque nos proporciona una visión intuitiva sub specie aeternitatis. De esta forma el hombre a través del conocimiento verdadero se hace Dios. Para entender esta identidad, debemos ir ahora a la Etica.

La sustancia como idea crítica



Espinosa comienza su Etica definiendo así a la sustancia: «Por sustancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí, esto es, aquello cuyo concepto para formarse, no precisa del concepto de otra cosa.» (Eth, I, def. I)
Y a continuación define los atributs y los modos: «Por atributo entiendo aquello que el entendimiento percibe de una sustan¬cia como constitutivo de la esencia de la misma» Los modos son «las cosas particulares, consideradas como afecciones de los atributos de la sustancia» (Eth. I, def. V)
Dios es una sustancia que consta de infinitos atributos, y las cosas son los modos incorporados en Dios, de modo que fuera de Dios no cabe concebir que exista ninguna realidad (Eth. I, prop. XIV)
De los infinitos atributos divinos, Espinosa confiesa conocer sólo dos: la extensión y el pensamiento. Mientras que para Descartes el cosmos está cerra¬do porque sólo hay tres sustancias: la divina, la extensa y la pensante, para Es¬pinosa el cosmos está abierto porque no hay más que una sustancia, Dios, la naturaleza, pero esta sustancia tiene infinitos atributos, de los que el hombre sólo conoce por ahora dos: la extensión y el pensamiento, que dan lugar a dos tipos de ciencias, las ciencias físicas y las psicológicas: «El pensamiento es un atributo de Dios, o dicho de otro modo: Dios es cosa pensante» (Eth. II, prop. I) y «La extensión es un atributo de Dios, o dicho de otro modo: Dios es cosa extensa» (Eth. II, prop. II)
La idea de infinitud de lo real supone que el conocimiento humano nunca podrá ser cerrado, siempre quedará un margen de indeterminación, una limi¬tación para nuestro conocimiento. Si se habla de panteísmo en Espinosa este panteísmo no será el de un monismo ordenado, sino el de una pluralidad ina¬gotable de lo real.
Siempre será posible que aparezcan nuevas ciencias, nuevos sistemas de co¬sas o modos, y por tanto nunca nuestro conocimiento será definitivo. La idea de sustancia infinita es, pues, una idea crítica, capaz de someter la realidad a esa trituración en que consiste la filosofía. Sin embargo esa crítica radical no acaba en un escepticismo. Hay posibilidad de conocimientos positivos: por ejemplo el razonamiento matemático deductivo.
Dice Espinosa: «Y de ahí que afirmasen como cosa cierta que los juicios de los dioses supe¬raban con mucho la capacidad humana. Afirmación que había sido, sin du¬da, la única causa de que la verdad permaneciese eternamente oculta para el género humano, si la matemática, que versa no sobre los fines, sino sólo sobre las esencias y propiedades de las figuras, no hubiese mostrado a los hombres otra norma de verdad... responsable de que los hombres se diesen cuenta de estos vulgares prejuicios y se orientasen hacia el verdadero conocimiento de las cosas»
Por un lado la infinita riqueza de la realidad nos impide que nuestro conocimiento sea nunca definitivo. (Dios no es el nombre de la unidad y el orden, que no existen, sino de la profundidad y la infinitud). Pero por otro lado exis¬ten conocimientos verdaderos: «cuanto más conocemos las cosas singulares, tanto más conocemos a Dios». El mundo es inagotable, aunque cognoscible. No hay un orden dado, pero la tarea del hombre consiste en instaurar paulatinamente en el mundo un or¬den racional.
Nunca llegaremos a saber «con certeza cómo se unen las partes de la natu¬raleza entre sí y con su todo, porque para saber esto habría que conocer toda la naturaleza y todas sus partes». Sólo los fanáticos creen tener el monopolio de esa sabiduría que ellos administran mediante excomuniones. Pero el entendímiento del hombre racional «se forja por sí mismo sus instrumentos espiri¬tuales, mediante los cuales adquiere la capacidad de realizar nuevas obras intelectuales, y de estas obras otros instrumentos o capacidades de ulteriores indagaciones». Lejos de significar la idea de Dios una limitación o paralización del saber y hacer humanos, constituye un estímulo crítico que le incita a una tarea positi¬va e infinita de creación.

La realidad como totalidad estructural



Espinosa niega tajantemente la libertad humana y la finalidad de la na¬turaleza.
La libertad es una ilusión. El hombre se cree libre, porque se fía de su conciencia, pero no es libre porque ignora las causas que determinan nece¬sariamente todo lo que ocurre.
La finalidad es también un espejismo. Atribuimos fines a la naturaleza, porque confundimos nuestro orden, el orden de nuestra razón, con el orden divino y necesario.
Son las matemáticas con su necesidad deductiva las que rompen los pre¬juicios espontáneos del hombre y nos hacen ver que todo deriva de moda necesario. De la sustancia o naturaleza divina deriva todo, no por creación ni emanación, sino por derivación, como de los axiomas salen los teoremas.
En el caso del hombre, la mente es un elemento del entendimiento divi¬no, un modo del pensamiento que existe realmente. Pero esta existencia tiene lugar como cuerpo, que es un modo de la extensión. De ahí la extraña definición que del hombre hace Espinosa: «El objeto de la idea que constituye el alma humana es un cuerpo, o sea, cierto modo de la extensión existente en acto, y no otra cosa» (Eth. II, prop. 11). Una de las claves del denostado «materialismo» de Espinosa reside en esta afirmación de que yo soy la idea que tengo de mi cuerpo, es decir, soy cuerpo.
Espinosa concibe un individuo corpóreo como si fuese una estructura «Si las partes componentes de un individuo se vuelven mayores o menores en proporción tal, sin embargo, que conserven entre sí la misma relación de reposo y movimiento, ese individuo conservará su naturaleza como era antes, sin cambio alguno en su forma.»
Pero además los individuos no se dan aislados. Lo que existe es un individuo de individuos, un individuo compuesto, que sería una estructura de estructuras. «Si concebimos otro individuo compuesto de varios individuos de distinta naturaleza, hallaremos que puede ser afectado de muchas otras maneras, conservando no obstante, su naturaleza. En efecto, supuesto que cada una de sus partes está compuesta de varios cuerpos, cada parte podrá, sin cambio alguno de.su naturaleza, moverse más lenta o más rápidamente, y, por con¬siguiente, comunicar sus movimientos a los otros más deprisa o más despa¬cio... y si continuamos así hasta el infinito, concebiremos finalmente que to¬da la naturaleza es un solo individuo, cuyas partes, esto es, todos los cuer¬pos, varían de infinitas maneras, sin cambio alguno del individuo total.»
En cuanto al pensamiento humano, que también es un simple modo, tam¬bién se da una estructura global que funciona como una mente gigantesca. Es el Estado, constituido como una especie de espíritu objetivado, como una sub-jetividad impersonal («veluti una mens») en la que todos estamos. El Estado es una estructura impersonal que actúa por encima de las voluntades indivi¬duales a las que conforma decisivamente. En el Estado, todo roce se conver¬tirá en equilibrio y ajuste. Y también tendrá que llegar un Estado de Estados como estructura pensante global. «El fin del Estado – remachará en su Tratado teológico político – no es el de transformar los hombres de seres racionales en bestias o máquinas, sino, al contrario, el de garantizar que la mente y el cuerpo de los mismos cumplan con seguridad su misión, que ellos se sirvan de la razón libre y no se combatan con odio o engaño, ni se enfrenten injustamente»

La solución del dualismo cartesiano: el hombre como “deseo” (conatus)



EL hombre es el único ser a cuyo propósito se puede emplear la doctrina de los atributos, pues aunque cada hombre es un modo finito mediato en él confluyen, como en las dos caras de la misma moneda, los dos atributos manifiestos de la única sustancia infinita. Es el único ser del que se puede tener un conocimien¬to sistemático y detallado del desarrollo autónomo de los dos atributos de la sustancia y de su unión. Podría incluso decirse que en la práctica es en relación a ese modo singular finito que es, alternativamente, un cuerpo humano o un espí¬ritu humano, donde el instrumental lógico-deductivo de Espinosa se emplea a fondo. Diríase que Espinosa construyó su ontología de cara a su doctrina del hombre, por cuanto es en el hombre donde esa ontología se despliega efecti¬vamente. Así por ejemplo, «el pensamiento de Dios es, en efecto, la totalidad de los pensamientos humanos, y el conocimiento de cada pensamiento singular es el conocimiento del ser verdadero de Dios». O mejor aún: «La razón no exige nada que sea contra Naturaleza; pretende, por consiguiente, que cada uno se ame a sí mismo, busque la utilidad propia, lo que es realmente útil para él, apetezca todo lo que realmente conduce al hombre a una perfección mayor, y absolutamente hablando, que cada uno se esfuerce en conservar su propio ser en cuanto de él dependa» (Eth. IV, prop. XVIII, escolio)
Espinosa admite, como hemos visto, que los dos modos finitos que constituyen esencialmente al hom¬bre son el cuerpo y el espíritu o mente, cuya conexión plantea el problema cartesiano. La ciencia sobre ellos consiste en explicar toda realidad singular refiriéndola a su campo o atributo ontológico propio e integrándola en la serie total de de¬terminaciones singulares del mismo género (extensión o pensamiento). Ambos as¬pectos se expresan recíprocamente, pero no porque remitan a un término único trascendente e indecible, sino porque son idénticos. Espinosa, cuando analiza un acto humano, jamás lo explica refiriéndolo inmediatamente a Dios o a la Na¬turaleza (no vale decir que este hombre come este pescado, porque la Naturaleza le determina a ello, sería una explicación parcial, perezosa y falsa), sino por una doble referencia singular: 1º) Por referencia a la realidad del mismo géne-ro que la precede (v.g. porque lo ha pescado), y 2º) por referencia a la realidad del otro género que le corresponde (v.g. porque tiene hambre). En efecto, toda idea (tercer género de materialidad) se corresponde con el acto de pensamiento (segundo género de materialidad) y con la cosa singular que es, en tanto que acto (primer género de materialidad). E inversamente, lo que una cosa es (primer género) en acto se corresponde con el pensamiento (segundo género) que expresa su esencia (tercer género).
Con este paralelismo psicofísico y terciogenérico resuelve Espinosa el problema cartesiano. La definición que citamos atrás (Eth. II, 11 ) cobra ahora toda su contundencia. La esencia del hombre (alma, cuerpo y espíritu) se resume en la idea o pensamiento singular de un cuerpo (idea corporis) La proposición que identifica alma, cuerpo y espíritu solo se entien¬de, porque Espinosa niega sustancialidad al hombre, que como ser contingente no puede comprenderse «por sí mismo». Niega, por tanto, que el hombre «tenga un alma espiritual» a la manera tradicional, de la que los pensamientos fuesen modificaciones. «EL hombre consiste en un espíritu y en un cuerpo; y el cuerpo humano existe como nosotros lo sentimos» (Eth. III. 13). Ahora bien, el espíritu es en primer lugar con¬ciencia del cuerpo (idea corporis) y por el cuerpo cada conciencia es un ser singular en acto. Por tanto, si el espíritu está unido al cuerpo naturalmente en el hombre, también lo están «la extensión y el pensamiento». Hay un paralelismo entre los atributos, que Espinosa explica no mediante una suerte de «armonía preestablecida» como en Leibniz, ni mediante una mera dependencia «mecánica a través de la glándula pineal» co¬mo en Descartes, sino de manera reflexiva. Lo que actúa sobre una idea no es una afección corporal, sino la idea de una afección y únicamente en la medida en que el espíritu es consciente de esa idea. «EL espíritu no se conoce a sí mismo mas que en tanto percibe las ideas de las afecciones del cuerpo» (Eth. II, 22). Nosotros somos, así pues, nuestro cuerpo en la medida en que somos la conciencia de la conciencia del cuerpo, o la idea de la idea de una afección. Pero ese conocimien¬to del cuerpo y de sus afecciones es oscuro espontáneamente, no es claro y distinto. Puede haber conciencia y confusión, porque nuestra reflexión es de parte a parte, y no adecuada y total. Con todo, lo que se produce en el espíritu encuen¬tra su expresión en el cuerpo y «nada podrá suceder al cuerpo que no sea perci¬bido por el espíritu». Espinosa anticipa así teóricamente el paralelismo psico-físico más absoluto, tal corno asumirán después las corrientes psicológicas.
Naturalmente este paralelismo actualista conlleva una crítica de la teoría tra¬dicional de las facultades, en cuanto se consideran expresión de una sustancia anímica única. Para Espinosa no hay un alma individual, sino sólo una sucesión de actos singulares, que son modos finitos mediatos de la sustancia única in¬finita. La crítica de las facultades se halla en conexión con la ontología determinista del racionalismo, pero también con una ciencia causal del espíritu humano, pues éste no es otra cosa que la serie actual de los encadenamientos entre los modos finitos, sean pensamientos singulares o voliciones. Cada acto encuentra su razón y explicación natural en el acto singular que le precede. Este determinismo permite comprender la suce¬sión de actos humanos por sus causas. Lo único que permanece en esas cadenas es siempre la idea corporis, puesto que es la única que está siempre presente en todo pensamiento. Y por debajo del cuerpo hallamos aún todavía algo más fundamental: el deseo por permanecer en el ser. El conocimiento más profundo y «absoluto» que tenemos del hombre, así pues, está referido en Espinosa a la causalidad del deseo: «El deseo (conatus) es la esencia misma del hombre, en tanto que está concebida como de¬terminada por una afección cualquiera de sí misma a hacer algo» (Eth. III, def. I).
Ahora bien, el conatus no es en Espinosa un «hombre misterioso» o un «transfondo irracional» que estuviese agazapado en los abismos nocturnos del Grund o del Urgrund. Es la raíz misma de la existencia y del espíritu humano, pero no es algo diferente de lo que se puede percibir, sino realidad presente y existencia actual. «El esfuerzo por el que cada cosa se esfuerza en perseverar en su ser no es nada fuera de la esencia actual de esa cosa». Es una proposición que Espinosa establece con carácter general ya en la primera parte de la Ética. Por tanto, el conatus no es otra cosa que la «acción misma». Ser para Espi¬nosa es existir en acto, pero existir es obrar. La de Espinosa es la primera filosofía que concibe la existencia humana como acción. El conatus no es una fuerza irracional, ni una raíz inconsciente. Con Espinosa desaparece la dis¬tinción tradicional entre apetitos irracionales y deseos conscientes, pues «el espíritu puede ser consciente de su deseo o de su apetito». Esto es así, porque «el espíritu se esfuerza por perseverar en su ser por una duración indefinida, y es conciente de su esfuerzo». Esto es perfectamente racional porque «el cuanto el alma conoce todas las cosas como necesarias, tiene sobre las afecciones una potencia más grande» (Eth. IV, 6). Pero ¿cómo se controlan las pasiones?

La «libertad necesaria», la lucha contra las pasiones y la felicidad.



A partir de estos fundamentos, inicia Espinosa el despliegue de su geometría de los afectos de una manera dual. Éticamente, hay dos deseos que manifiestan la po¬tencia o impotencia del deseo. La potencia del deseo se manifiesta como «alegría» primer afecto positivo, de vida, que conduce a la solidaridad o, como dice Espi¬nosa, a la «generosidad». Todo el sistema espinosiano gravita, en efecto, hacia un objetivo: el problema moral humano: su independencia y su felicidad. Si yo aplico mi entendimiento reformado al examen de mis problemas, ve¬ré que las pasiones son ideas oscuras que hay que sustituir por razones. Y las pasiones no sustituibles por razones han de ser condenadas: por ejemplo, la compasión, la humildad, la soberbia, el arrepentimiento y el temor, porque ponen de manifiesto la « impotencia del deseo»; son una manifestación de la «tristeza», un afecto negativo, que anuncia la muerte, conduce al odio y a la envidia, en suma, al vicio. Por eso la Ética de Espinosa se halla salpicada de sentencias condenatorias: «El que se arrepiente es doblemente miserable.» «El hombre libre ya no piensa en la muerte... su sabiduría está en la meditación de la vida, no de la muerte»
Racionalizadas las pasiones, el hombre dejará de ser esclavo y podrá cola¬borar con los demás, porque la perfección ha de ser colectiva, en la estructura del individuo total: «Todo lo que pueda ser un medio que conduzca a ese fin, le llamaremos ver¬dadero bien, siendo el sumo bien la toma de posesión de la naturaleza supe¬rior, a ser posible juntamente con otros individuos.»
Las pasiones separan, la razón une: «Si, por ejemplo, dos individuos que tienen una naturaleza enteramente igual, se unen entre sí, componen un individuo doblemente potente que cada uno de ellos por separado, y así, nada es más útil al hombre que el hombre, quiero decir, que nada pueden desear los hombres que sea mejor para la con¬servación de su ser que el concordar todos en todas las cosas, de suerte que las almas de todos formen como una sola alma, y sus cuerpos como un solo cuerpo, esforzándose todos a la vez, cuanto puedan, en conservar su ser, y buscando todos a una la común utilidad, de donde se sigue que los hombres que se gobiernan por la razón, es decir, los hombres que buscan su utilidad bajo la guía de la razón, no apetecen para sí nada que no deseen para los demás hombres, y, por ello, son justos, dignos de confianza y honestos»
La utilidad individual, si ha transformado la pasión en razón, coincide con la utilidad general. Por ello el hombre debe volcarse a la acción; una acción alegre y confiada, nunca compasiva ni medrosa: «Quien ha comprendido rectamente que todas las cosas se siguen en virtud de la necesidad de la naturaleza divina, y que se producen según las leyes y reglas eternas de la naturaleza, no hallará nada que sea digno de odio, risa o desprecio, ni tendrá conmiseración de nadie, sino que se esforzará en hacer el bien y en estar alegre.»
La acción eficaz debe producirse en el seno de ese individuo de individuos espirituales que es el Estado: «El hombre que se guía por la razón es más libre en el Estado, donde vive se¬gún leyes que obligan a todos, que en la soledad, donde sólo se obedece a si mismo.»
Espinosa es tajante. Los que ven en el Estado, coacción y tiranía y abomi¬nan de la norma y el sistema, son en el fondo pequeños prisioneros de sus pa¬siones y no han descubierto la razón. Se comportan como niños que patalear contra un todo que evidentemente no pueden comprender. El deber de los ciudadanos está en comportarse en función de la razón, y si tal sometimiento «no es posible de manera espontánea, será a la fuerza y por necesidad».
La razón producirá una colaboración armoniosa, de manera que «no sean las armas las que venzan los ánimos, sino el amor y la generosidad».
En realidad el ascetismo racional de Espinosa guiado por la idea de coordi¬nación de los individuos en la estructura racional del Estado llega hasta muy lejos, hasta la eliminación del dinero como cosa de las cosas, como instrumen¬to de dominación y supuesta felicidad, siendo así que no es más que la encar¬nación de todas las pasiones para solaz del vulgo: «El dinero ha llegado a ser un compendio de todas las cosas, de donde resulta que su imagen suele ocupar el alma del vulgo con la mayor intensidad, pues difícilmente pueden imaginar forma alguna que no vaya acompañada co¬mo causa por la idea de moneda.»
La razón descubre la identidad entre libertad y necesidad: «En la medida en que el alma entiende todas las cosa como necesarias, tiene un mayor poder sobre los afectos, o sea, padece menos por causa de ellos.»
Este estado ideal del hombre es el amor intelectual de Dios. «En virtud de esto, comprendemos claramente en qué consiste nuestra salva¬ción o felicidad, o sea, nuestra libertad, en un constante y eterno amor a Dios, o sea, en el amor de Dios hacia los hombres.» (Eth. IV, proa. 26) Amor «de» Dios, amor racional al todo, libertad conseguida por la supera¬ción de la pasión y la comprensión de la necesidad.
«El amor intelectual del alma hacia Dios es el mismo amor con que Dios se ama a sí mismo, no en cuanto que Dios es infinito, sino en la medida en que puede explicarse a través de la esencia del alma humana, considerada desde la perspectiva de la eternidad.»