Contextos determinantes y perspectivas del nuevo milenio

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La crisis de los sesenta como contexto determinante: ciencia e ideología.

        La impresión de que vivimos en una época de transición, de cambios vertiginosos, ha ido creciendo progresivamente desde la década de los sesenta. En el paisaje social las propuestas estabilizadoras emergen y se desvanecen efímeramente con la celeridad de las partículas subatómicas. El drama actual ha quedado planteado en toda su intensidad en la década de los sesenta con la política de "distensión" o "deshielo" entre los dos bloques, lo que ha provocado la disolución del socialismo real en el proceloso mar capitalista en los 90, con la rebelión contracultural que mantiene su pulso y su deseo a la búsqueda de una globalización no capitalista para el siglo XXI, con el reconocimiento de la interdependencia del sistema mundial (la globalización misma), con el redescubrimiento parcialmente mitificado de la naturaleza, con el postmodernismo, en fin, que derruye toda síntesis paradigmática, instalando a quienes han dejado tras de sí todos los paradigmas (Jürgen Habermas), con el rechazo de las esencias y de los dogmas y la afirmación democrática de todas las apariencias y pareceres. Nada está decidido, mientras el nudo del drama se hace más complejo y el desenlace se retrasa.
        ¿Qué condiciones posibilitan histórico-culturalmente esta fragmentación distorsionada? El neopositivismo lógico disolvió los problemas metacientíficos en el modo formal de hablar, pero no los resolvió. Cercenó además los contextos de descubrimiento de los asépticos «contextos de justificación», en los que la ciencia empírica encajaba en el lecho de Procusto de rigurosos sistemas proposicionales axiomáticos. Pero, al ignorar la historia y la sociología de la ciencia, cavó su propia tumba. Los miembros seccionados resultaron estar vivos y gozar de una prodigiosa capacidad reproductora y envolvente con ayuda de las nuevas ingenierías socio-genéticas. Sus propios productos gnoseológicos, ni siquiera tras ser embalsamados y momificados con las técnicas estandarizadas de la formalización, no duraban siempre; estaban sometidos también a la crítica de la historia, que no es menos rigurosa que la crítica lógica, que ellos practicaban. No hay nada sorprendente en que su reconstruccionismo lógico-formal se haya desmoronado como un castillo de naipes, en el momento en que los científicos comenzaron a comprender que plantear a fondo los problemas científicos no era una mera cuestión de lenguaje: implicaba ideologemas, compromisos ontológicos y sociales, supuestos gnoseológicos y, sobre todo, referentes materiales menos estilizados que las trivialidades recogidas en las «proposiciones protocolares».
        La ciencia cada vez más burocratizada, industrializada y militarizada, cada vez más dependiente de procesos socioeconómicos y políticos, tal como la emergencia de la Big Sciencie pone de manifiesto, difícilmente podía sentirse protegida por una aséptica cúpula de cristal que proclamaba, contra toda evidencia, su autonomía, su neutralidad y el carácter objetivo y progresivo de sus constructos teóricos. Por muy alta e inaccesible que se colocara la cúpula de cristal sobre la torre de marfil de la academia, la dinámica de los intereses materiales, los procesos sociopolíticos y los problemas geoestratégicos aireados por los mass-media, socavaban los propios cimientos de la torre y desgarraban el artificial consenso de sus ocupantes. Antes de que la «nueva filosofía de la ciencia» pusiera sobre el candelero el carácter ideológico de la imagen neopositivista de las ciencias, la contaminación teórica e interpretativa de los «hechos» y la dinámica sociocultural de los contextos de descubrimiento, ya había surgido en Estados Unidos un nuevo pluralismo científico que fragmentaba su disciplinado consenso en torno a las síntesis paradigmáticas cristalizadas. H. L. Nieburg, interesado en el análisis del control económico y político del conocimiento, efectuaba tres calas significativas en la rápida evolución de los acontecimientos que afectan profundamente al status de la ciencia en la década de los sesenta:
        «Pero la década de 1960 pareció nivelar la carrera armamentista estratégica; el pluralismo internacional anuló los supuestos de una guerra fría bipolar; en el gobierno creció un saludable escepticismo respecto de afirmaciones hechas (por generales, contratistas y científicos) en nombre de una carrera científico-tecnológica con los rusos; y se reconoció la responsabilidad pública en los campos de las investigaciones básicas y la educación (por lo menos en principio). Esta modificación debilitó el impacto de la tesis de las "dos culturas", y comenzaron a predominar en la agenda disociaciones más sutiles y complejas en materia de cultura interna e internacional... Los hombres de ciencia no tuvieron una figuración importante en la decisión adoptada en 1961 por el presidente Kennedy, de ir a la luna en esta década, y en rigor se opusieron a ella...
        «El pluralismo de la ciencia en la década de 1960 -agrega más adelante- tiene un aspecto negativo, tanto como positivo. Lo más importante es la tendencia a ir demasiado lejos en lo que respecta a devaluar al hombre de ciencia y tratar de usarlo como apologista y publicista en favor de uno u otro interés especial, o en hacer caso omiso por completo de su capacidad especial... La devaluación de la competencia científica ha intensificado los mitos del cientismo, a medida que los hombres de ciencia se convertían cada vez más en voceros contratados, en defensores, apologistas y promotores especiales de una multitud de intereses creados. El uso y abuso de la ciencia y los científicos no difiere mucho de la forma en que los dirigentes seculares han explotado siempre las creencias comunes en su época como instrumentos de dominio social... Otro factor negativo del pluralismo es la creciente intromisión de las actividades consultivas y promocionales en el laboratorio y el aula...
        «Pero las cosas han cambiado con rapidez -concluye esperanzadamente el progresista Nieburg- en los últimos años de la década del 60: la impaciencia de los jóvenes y los negros, el cisma producido en el alma del sistema, el derrumbe de la política de la guerra del Vietnam, el repudio del anticomunismo como objetivo nacional principal, y la pérdida de la voluntad de la estructura del poder. A la vuelta de una década, todas las cosas -hasta las más radicales- parecían posibles. La nación estaba desarticulada y temerosa, sus dirigentes eran asesinados, su futuro se hallaba al alcance de quien quisiera apoderarse de él. La insinuación misma de la catástrofe civil se convirtió en un factor de esperanza para el futuro. El sentimiento de las prioridades comenzó a girar. El peligro proveniente del mundo exterior retrocedió, y todos los antiguos conflictos reprimidos de la sociedad norteamericana estallaron con un poder, una energía y una gloria asombrosos».
        Aunque el libro de Nieburg (1969) tiene el limitado valor de un crónica precipitada de los cambios operados ante sus ojos, los textos citados reflejan con claridad un conjunto de factores socioeconómicos y políticos que ponen en cuarentena la olímpica y omnipotente imagen de las grandes síntesis paradigmáticas del periodo anterior. Al incardinarse en el contexto de los problemas humanos, de los procesos políticos y de las preferencias axiológicas, los problemas científicos puros se desvanecen como espuma ideológica. Ciertamente que la reivindicación utilitarista del cientificismo no cesa con la extinción ideológica del neopositivismo: pervive aún en las concepciones estructuralistas sobre el hombre, puestas de moda abruptamente en la década de los sesenta; en la sobrevaloración de la «ciencia económica», entendida como Econometría, en cuyo honor se funda un nuevo Premio Nobel en 1968, bajo el supuesto de que la expansión económica engendra satisfacción consumista sin límites; en el imperio de las tecnologías sociales que cuantifican, evalúan y manipulan eficazmente al hombre-organización incrustado en el sistema al objeto de planificar, extrapolar tendencias y predecir el futuro, no de forma utópica, sino realista. Pero la eficacia tecnológica del nuevo saber, la supuesta prioridad de la «técnica» sobre la política al modo tecnocrático, no puede evitar ya las críticas preguntas y las dudas que saltan a los propios científicos acerca de la verdadera naturaleza de sus tareas intelectuales. La belle époque de las síntesis paradigmáticas sucumbe en el preciso momento en que sus fundamentos histórico-culturales, apenas apuntalados por la «guerra fría», se conmueven.
        ¿Qué clase de autonomía puede tener un proyecto de investigación, o incluso el desarrollo de un programa teórico, que está condicionado desde su nacimiento por las exigencias de la industria o del gobierno? No faltan signos de que la propia comunidad científica, al percibir su crítica dependencia de medio social en el que se enmarca y el resquebrajamiento de su postulada independencia, comienza a temer seriamente por su propia existencia. En un artículo de 1971, titulado «¿Puede la ciencia sobrevivir a la edad moderna?», Harvey Brooks, concluía:
        «Las amenazas que pesan sobre la ciencia, y que se manifiestan tanto en el interior como en el exterior de ella, son probablemente más grandes que en ninguna otra época pasada, porque la ciencia está integrada antes que nada, en un proceso social y político total».

El nacimiento de una contracultura

         La ciencia oficial, comprometida con el sistema, sufrió un ataque mucho mayor por parte de los movimientos ciudadanos, especialmente juveniles La crítica contracultural responsabiliza directamente a las ciencias mismas de los «males de una civilización enferma», dominada por la tecnocracia. Estos movimientos que aceptaron, según el informe de Theodore Roszak, como sus guías espirituales a Herbert Marcuse, Norman Brown, la experiencia psicodélica poetizada por Allen Ginsberg y Alan Watts y la sociología visionaria de Paul Goodman, ponían en entredicho «la validez de la visión científica del mundo, con lo que daban comienzo a la tarea de minar los fundamentos de la tecnocracia». La era de la protesta hizo posible el espejismo revolucionario de Mayo del 68, bien patente en uno del manifiestos colgados a la entrada principal de la Sorbona: «Queremos que la revolución que comienza liquide no sólo la sociedad capitalista sino también la sociedad industrial. La sociedad de consumo morirá de muerte violenta. La sociedad de la alienación desaparecerá de la historia. Estamos inventando un mundo nuevo y original. La imaginación al poder».
        Pero el espejismo revolucionario no estaba exento de ambigüedades. Ideológicamente desracionalizaba a Marx para hacerle compatible con Freud y trataba de convertir a Nietzsche en un izquierdista. Políticamente caía en brazos de un activismo voluntarista sin perspectivas de futuro que lo hacia efímero. Histórico-culturalmente echaba por la borda todo concepto de organización, que hacía inviable su esfuerzo en un mundo cada vez más complejo e interdependiente. No le falta razón, a la vista de los acontecimientos posteriores, a Allan Bloom, cuando diagnostica duramente los estertores revolucionarios del sesenta como ambiguos:
        «Los estudiantes radicales de los años sesenta se llamaban a sí mismos "el movimiento", sin saber que éste era también el lenguaje utilizado por los jóvenes nazis en los años treinta y el nombre de un periódico nazi, Die Bewegung. Movimiento viene a ocupar el lugar de progreso, que tiene una dirección definida, una dirección buena, y es una fuerza que controla a los hombres. Progreso era lo que evidenciaban las viejas revoluciones. El movimiento carece de esta necesidad ingenua y moralista. Nuestra condición es la de movilidad, más que de inmovilidad, pero una movilidad desprovista de todo contenido u objetivo que no le haya sido impuesto por la voluntad del hombre. La revolución en nuestros tiempos es una mezcla de lo que antes se pensaba que era y lo que André Gide llamó "acto gratuito", representado en una de sus novelas por el asesinato no provocado ni motivado de un desconocido en un tren...en la actualidad se cree que es el compromiso, no la verdad, lo que cuenta. La corrección a Marx efectuada por Trotski y Mao al exigir la "revolución permanente" toma en consideración esta sed del acto de revolución, y en ello estriba su atractivo»

La sociedad post-industrial como sociedad del conocimiento

        Desde la perspectiva de los contextos determinantes el fracaso de las revueltas de los sesenta pone al descubierto su desconsideración del carácter crucial de la variable tecnológica en la configuración del mundo contemporáneo. Las revueltas callejeras contrastan en su algarabía con dos revoluciones silenciosas: la de las novedades técnicas, y la de una ciencia cuyas aplicaciones se multiplican por doquier, facilitando la vida de las masas occidentales y contribuyendo a su legitimación superestructural (ideológica). científica.
        Solo diez años más tarde del "desgarrón histórico-cultural" de 1960, el desarrollo de la prognosis social el estilo de Bell, la dinámica prospectiva de sistemas "marca" Forrester y la futurología de shock acuñada por Toffler, por citar tres casos paradigmáticos, dibujan un panorama mucho más inquietante y menos tranquilizador. Todas estas tendencias analíticas comparten un rasgo común: privilegian el punto de vista dinámico del proceso, del cambio, del impulso acelerador frente al punto de vista estático de los resultados, de las estructuras estables, de las inercias culturales. Participan, pues, de la misma Weltanschauung que alienta en la "nueva filosofía de la ciencia".
        Del seminario organizado en Zurich por Ralf Dahrendorf y Daniel Bell en 1970 para analizar los rasgos más sobresalientes de las sociedad post-industrial (incremento del sector terciario, preeminencia de las clases profesionales y técnicas, primacía del conocimiento teórico como motor del cambio, creación de una tecnología intelectual computerizada, etc.) emergió la tesis de que las contradicciones del capitalismo se planteaban ahora fundamentalmente en el plano psicosocial por efecto de una bifurcación creciente entre la cultura y la estructura social: «La carencia de un sistema de creencia morales bien arraigado -diagnosticaba Bell- es la contradicción cultural de la sociedad; y la amenaza más profunda para su supervivencia». El final de la utopía se alcanzaba así por una suerte de negación-superación de la sociedad tecnológica que daba paso insensiblemente al uso masivo y planificado de la tecnología social: «Hoy es posible rehacer o liberar a los hombres, condicionar su conducta o alterar su conciencia. Las limitaciones del pasado desaparecen con el fin de la naturaleza y de los objetos». A partir de ahí las especulaciones sobre la deslegitimación y la disolución del lazo social. Sus epígonos (Baudrillard, Lyotard, etc.) triunfan en los 80 pintando las colectividades sociales como «una masa de átomos individuales lanzados a un absurdo movimiento browniano».
        Pero la destrucción de la naturaleza llevada a cabo por el desarrollo tecno-industrial conducía inexorablemente a la fagotización del propio nicho ecológico de las sociedades humanas. Jay Forrester diseña en 1971 un modelo prospectivo que simula el comportamiento interactivo de las variables más cruciales del sistema mundial (población, recursos energéticos, contaminación, inversión industrial e inversión agricola): el computador neomalthusiano arroja la severa advertencia de un colapso total del sistema para el año 2.040. Meadows incluye el modelo como cabecera del primer informe del Club de Roma sobre Los límites del crecimiento y se desata la polémica, cuyas consecuencias bien reales hemos comenzado a saborear: conmoción energética, crisis económica, agujeros en la capa de ozono, convulsiones climáticas. Se multiplican los modelos alternativos al mismo ritmo que la entropía medioambiental. En 1974 Mesarovic y Pastel proporcionan el alivio de regionalizar las catástrofes y parcializar los colapsos, al distinguir diez regiones diferentes en las que se producen cambios relativos, dependientes de seis estratos distintos (ecológico, tecnológico, demo-económico, individual y geofísico). De estas diferentes prognosis se deducen lógicamente estrategias distintas. En cualquier caso, las demoras siguen siendo mortales y la sociedad tecnológica descubre aterrorizada la impotencia global de sus tecnologías sociales. El milagro tecnológico se percibe ahora como un «pacto con el diablo», pero las soluciones propuestas siguen siendo idealistas: conciencia mundial, nueva ética, armonía...
        En este contexto de críticas veladas al avance tecnológico por obsoleto o perjudicial contrasta vivamente la actitud de Alvin Toffler «en pro de una tecnología responsable». Sin ocultar la aceleración y el caracter autoimpulsor del desarrollo tecnológico, sus nocivos efectos colaterales y la contaminación psicológica que provoca, El Shock del futuro propone ya en 1970 una teoría de la adaptación y un método para acompasar equilibradamente el cambio en diferentes sectores. En La Tercera Ola va más allá y arriesga que «sin reconocerlo claramente ya estamos comprometidos en construir una civilización completamente nueva y extraordinaria». La revolución agrícola del Neolítico puso en marcha la primera gran ola de cambio en la sociedad humana. La revolución industrial, apenas hace 300 años, inició una marejada de contiendas sociales y políticas originando la segunda ola de cambios sociales. La civilización de la tercera ola «llega con estruendo» para ocupar el lugar de la anterior. La transición crítica es peligrosa; viene acompañada de convulsiones económicas, políticas y sociales, pero no tiene por qué terminar en un trágico naufragio. Depende de la habilidad del timonel, de la tripulación e, incluso de los pasajeros.
        La cuestión de la tecnología, así pues, incluso en sus planteamientos más rabiosamente prospectivos y futurológicos, conduce a problemas filosóficos que atañen a la naturaleza humana y a sus relaciones con el cosmos. En las distintas posturas, apenas esbozadas aquí, subyacen fuertes convicciones espiritualistas o materialistas, distintos credos ontológicos y gnoseológicos. A la base del modelo fénix de Laszlo, por ejemplo, se halla la idea sistémica de que «en la naturaleza como en la sociedad, en el cosmos como en la tierra, la crisis es la clave del progreso». Si la tecnología es contemplada como un mero accidente sobrevenido con el maquinismo, como una «desviación del Ser» (Heidegger) o como un mero instrumento, entonces es renunciable; pero si se considera como una dimensión constitutiva del propio ser del hombre, allende su biología, entonces es irrenunciable. Volviendo al planteamiento «materialista» de Toffler, que ha tenido la gentileza de reconocer «que el análisis original de Marx fue maravillosamente inteligente, por toda su asombrosa complejidad», comparable a una fuga de Bach, hay que reconocer que, al acelerarse el ritmo de la historia, la actual etapa de transición resulta incómoda y convulsa, incluso a quienes gustan del cambio acelerado.

El hombre pre-programado: Genética y Etología

Watson y Crick propusieron, en 1956 el Modelo de estructura para el ADN conocido con el nombre de Modelo de la Doble Hélice

        La sensación de incertidumbre epistemológica y precariedad ontológica, propiciada por el imperio de lo efímero, por el inesperado renacer de añejos fundamentalismos y místicas religiosidades orientales combinadas con un amago de paganismo en lo cotidiano, por el voraz consumo, no exento de snobismo, de productos culturales rápidamente repuestos, ha obligado a los propios científicos naturales a bajar de sus torres de marfil, rompiendo su aislamiento y tomando parte en el debate de las ideas mundanas para contar su propia versión «de lo ocurrido» y erigir sus lenguajes específicos, allende las reinterpretaciones de los filósofos. Un ejemplo eminente lo tenemos en el desarrollo de las ciencias biológicas en el último tercio del siglo XX, que condujeron hasta el Proyecto Genoma.
        El mismo año, 1970, dos biólogos, moleculares, exhiben sin rubor la trastienda filosófica de su trabajo científico. Jacques Monod en El azar y la necesidad está vigorosamente por reafirmar la ética del conocimiento como ideal superior de la humanidad ante el confusionismo reinante, tal como había anticipado abruptamente en la lección inaugural de 1967: «Acuso a los hombres de ciencia de haber mantenido a menudo, demasiado a menudo, esta confusión; de haber mentido sobre su verdadera intención, invocando el poder para, en realidad, alimentar el saber, lo único que les interesa. La ética del conocimiento es radicalmente distinta de los sistemas religiosos o utilitaristas que ven en el conocimiento no el fin mismo sino un medio de alcanzarlo.
        El único objetivo, el valor supremo, el "bien supremo" en la ética del conocimiento no es, reconozcámoslo, la felicidad de la humanidad, menos aún el poderío temporal o su confort, ni tampoco el «¡conócete a ti mismo!» socrático, es el conocimiento objetivo mismo... Etica conquistadora y, en ciertos aspectos, nietzscheana, ya que es voluntad de poder: pero de poder únicamente en la noosfera. Etica que enseñará, por consiguiente, el desprecio de la violencia y la dominación temporal. Etica de la libertad personal y política, pues la contestación, la crítica, la constante puesta en cuestión no son solamente un derecho, sino un deber. Etica social, pues el conocimiento objetivo no puede establecerse como tal más que en el seno de una comunidad que reconoce sus normas»
        J. Monod que hace del hombre, hijo de la evolución neodarwiniana, un producto del azar y la necesidad, una realización arbitraria bajo los auspicios de la muerte, ubicada bioquímicamente en las fronteras de un Universo sin vida, acopla sin embargo, a su biología molecular una filosofía espontánea, en expresión de Althusser, que lleva la impronta ideológica del idealismo espiritualista teilhardiano a través de la noción de "nooosfera". La polémica sobre el posicionamiento de Monod se generaliza, al tiempo que su explosiva mezcla de ciencia dura y cosmovisión se convierte en un nuevo género de best-seller. J. Piaget, por ejemplo delata una cierta inconmensurabilidad entre sus construcciones categoriales (biológicas), para las que sí utiliza el mecanismo de las "autorregulaciones", y su endeble epistemología antidialéctica que fía el surgimiento del conocimiento a una mecánica y lamarckista fijación de las experiencias vitales en el genoma. Más sutil y dialéctica, la historia de la Biología narrada por F. Jacob en La lógica de lo viviente se desarrolla en una dirección materialista, diametralmente opuesta a la cosmovisión de Monod, pese a que ambos comparten el mismo Premio Nobel. La intervención de la biología molecular en el debate sociocultural de nuestra época agrega a la incertidumbre y la duda provocadas por el desarrollo tecnológico-nuclear, un motivo más de confusión que afecta a la propia naturaleza del hombre, al mismo proceso de su formación, a su constitución esencial: «La biología moderna tiene la ambición de interpretar las propiedades del organismo por la estructura de las moléculas que lo constituyen. El programa representa un modelo que ha sido tomado de las calculadoras electrónicas. Asimila el material genético de un huevo a la banda magnética de un computador. Evoca una serie de operaciones que se deben efectuar, la rigidez de su sucesión en el tiempo, el diseño que sirve de base»
        Pero el modelo del "programa", por más que las instrucciones de la máquina difieran de las del organismo autoconstituyente y determinante de los propios órganos encargado de ejecutar el programa, sugiere la posibilidad de que los procesos biológicos humanos sean culturalizados hasta en su intimidad celular. El desarrollo espectacular de la genética molecular, el conocimiento ingenieril sobre los medios de proceder sobre los mecanismos de la vida comienza a generalizar la sospecha de que el hombre es también un "ser programable" a expensas de lo sociocultural, su "tarjeta" genética correspondiente puede, en el límite, llegar a fabricarse conforme a premisas políticas o sociales, doblando la identificación burocrática. En este contexto problemático, la Etología se pone de moda. El mismo año de la consagración institucional de sus dos máximas figuras -Konrad Lorenz y Niko Tinbergen reciben en 1973 el premio Nobel de Fisiología y Medicina ex aequo- I. Eibl Eibesfeldt publica Der verprogrammierte Mensch, cuyo subtítulo, «lo hereditario como factor determinante en el comportamiento humano», al tiempo que trata de desbloquear categorialmente la prohibición «ideológica» que desdeña la consideración de las bases innatas de la conducta, apuesta por una homogeneización universal por encima de la diversidad cultural constatada por la antropología y las demás ciencias humanas: «Las ciencias humanas -concluye Eibl Eibesfeldt- descuidan demasiado a menudo precisamente el aspecto funcional y filogenético. La opinión que surgió de este doctrinarismo de que el hombre sólo es programado por el aprendizaje es falsa, tan falsa como si se afirmase que el hombre está totalmente preprogramado. Pero ningún biólogo ha defendido nunca un punto de vista tan extremista ...el hombre es una criatura cultural por naturaleza. Prosigue su evolución en el ámbito cultural y se encuentra en condiciones, gracias a las adaptaciones culturales, de adaptarse rápidamente a las cambiantes condiciones del medio. Pero para ello trae consigo también toda una serie de adaptaciones filogenéticas que lo preprograman en cierta medida como criatura cultural; en la curiosidad, por ejemplo, tiene un impulso propio que le lleva a buscar por sí mismo nuevas situaciones para aprender de ellas... Esta preprogramado además para recibir informaciones de sus congéneres, tal como muestran, entre otros, el comportamiento interrogativo del niño pequeño y el aprendizaje según el ejemplo social....Habría que investigar si la virtud del autodominio no tiene también una base innata... Esa capacidad para distanciarse, no sólo hace posible la reflexión, es la auténtica raíz de la libertad humana. Los primeros indicios de ello los encontramos en el juego animal. La capacidad de distanciamiento en el hombre aumenta con su conocimiento de las causas de su comportamiento. En este sentido, el conocimiento de sí mismo contribuye a la libertad del hombre. La biología ve aquí su contribución fundamental»
        Sin embargo, el mensaje esperanzador de la Etología, al refundamentar naturalista y circularmente los propios supuestos gnoseológicos a priori de la civilización científica como un resultado parcialmente preprogramado en la curiosidad animal y al instaurar una bioética que postula el autodominio, es decir, la misma condición normativa de la supervivencia, como base filogenética trascendental del desarrollo evolutivo que ha conducido al actual callejón sin salida, revela en su propia autoafirmación biologicista la ambigüedad "ideológica" de sus postulados. Borradas, en nombre de la ciencia, las fronteras entre el mundo natural y el universo cultural, entre el sujeto natural específicamente preprogramado y el sujeto gnoseológico apenas rescatado de la barbarie cultural, a duras penas se podrán erigir barreras protectoras, muros de contención contra el nuevo discurso sobre la desigualdad que la sociobiología de R. Dawkins (El gen egoista) o de Edward O. Wilson (On Human Nature) ampara so capa de distinguir tipos extremos de estrategias reproductivas: La oportunista y prolífica estrategia r frente a la estable y autocontrolada estrategia k. Porque la ciencia más inquisitiva y arriesgada, la biología molecular, cuando desciende a la arena del debate público de ideas, como es preciso que ocurra en nuestra época de incertidumbre, duda y proliferación, no deja de producir resultados desconcertantes en cuanto a sus aplicaciones o sus perversiones, cuando extiende ¿ilegítimamente? sus dominios hacia el centro de las ciencias sociales y las humanidades.
        En realidad, los sabios de hoy ya no pueden aguardar pacientemente en su torre de marfil a que su trabajo sea catalogado metacientíficamente por los nuevos administradores o por la extinta casta de los reyes-filósofos. Saben, tan bien como nadie, hasta qué punto las nuevas condiciones histórico-culturales determinan sus propios procesos productivos y descienden al campo de batalla ideológico, dispuestos a defender y administrar la producción de su saber, y también sus exploraciones extraterritoriales. Se ponen a filosofar, se sitúan en este terreno justo en el momento en que los "grandes relatos" agotan su credibilidad. Saben que en un tiempo de movilidad e incertidumbre como el presente, nadie salvará altruistamente el fuero de sus verdades precariamente construidas, si ellos mismos no trazan el espacio abrazado por la ciencia y los límites del mundo objetivo: «La biología, -reconoce Jacob- como las restantes ciencias de la naturaleza, han perdido hoy muchas de sus ilusiones. No busca ya la verdad. Construye la suya. La realidad surge entonces como un equilibrio siempre inestable. En el estudio de los seres vivos, la historia pone de manifiesto una sucesión de oscilaciones, un movimiento pendular entre lo continuo y lo discontinuo, entre las estructura y la función, entre la identidad de los fenómenos y la diversidad de los seres. De este vaivén es de donde surge, poco a poco, la arquitectura de lo vivo, que aparece en estratos cada vez mas profundos...Es el acceso a estos objetos, cada vez más ocultos, que constituyen las células, los genes, las moléculas de ácidos nucleicos. El descubrimiento de cada muñeca rusa, el poner de manifiesto estos desniveles sucesivos, no resulta simplemente de una acumulación de observaciones y de experiencias. Con frecuencia expresan un cambio más profundo, una transformación en la naturaleza misma del saber. No hacen sino traducir en el estudio del mundo viviente una manera nueva de considerar los objetos»

Nuevas alianzas en las fronteras del conocimiento: azar y sistema

Ilya Romanovich Prigogine, premio Nobel de química en 1977

        Henry Atlan, un biólogo interesado en la teoría de la información y en extender su doctrina de la «auto-organización» a los sistemas sociales y políticos, publica en 1979 Entre el vidrio y el humo, destinado a devolver a los «sistemas abiertos» un principio de orden, o más exactamente de complejidad a través del ruido; un principio de auto-organización, vedado a los sistemas cerrados que no interactúan con el medio. Entre la rotundidad del vidrio y la evanescencia del humo aparecen sistemas (organismos, mitos, ideologías, éticas viables) suficientemente complicados, redundantes y fiables, capaces de responder a las agresiones aleatorias del entorno mediante una creación ininterrumpida de compleja novedad. Entre la vida y la muerte cristalizan complejos sistemas abiertos (biológicos, sociales, políticos), cuyas fluctuaciones cobran el derecho de ser incansables. El mismo año, Ilya Prigogine, premio Nobel de química en 1977, revisa lo ocurrido en la historia de la ciencia de los últimos siglos ayudado por su discípula Isabelle Stengers y propone La nueva alianza que habrá de reconciliar al científico con el filósofo y producir un nuevo acuerdo de lo simple con lo complejo, del orden con el caos, del azar con la necesidad. La ciencia contemporánea pone en evidencia la importancia de lo aleatorio, de lo espontáneo y de lo temporal en las «estructuras disipativas» de la naturaleza misma, rescatando la inventiva y la creatividad: «La historia de la ciencia no tiene la sencillez atribuida a la evolución biológica hacia la especialización: es una historia más sutil, más retorcida, más sorprendente. Es siempre susceptible de volver atrás, de volver a encontrar en el seno del paisaje intelectual transformado, preguntas olvidadas, demoler los tabiques que ha construido, y , sobre todo, de estar por encima de los prejuicios más enraizados, incluso de aquellos que parecen serle constitutivos»
        La búsqueda de nuevas alianzas muestra un talante inconformista frente al orden general, un renovado interés por los márgenes, los límites, las fronteras establecidas del conocimiento. Se trata de superar la balcanización de las disciplinas, de ofrecer una imagen renovada de las relaciones entre las dos culturas, entre el hombre y la naturaleza, entre las matemáticas y el arte, más allá de las inevitables y sórdidas manipulaciones económicas y políticas Pero no se trata de restaurar síntesis paradigmáticas periclitadas, sino de remodelar las estrategias del conocimiento, reconociendo abiertamente su dimensión filosófica y sus compromisos éticos y sociales. Cobran sentido proyectos de comprensión intencionales, tan distintos y distantes como la Sociobiología de E. O. Wilson o la Teoría General de Sistemas de Ludwig von Bertalanffy, el materialismo cultural de Marvin Harris, el método hologramático de la complejidad para la unidad del hombre propuesto por Edgar Morin, el enfoque ecológico de la mente de G. Bateson y la teoría de las catástrofes de René Thom y E. C. Zeeman.
        Todos estos proyectos de unificación se afianzan institucionalmente en los últimos veinte años del siglo XX gracias a técnicas de diseminación propagandística similares y presentan, pese a su enorme e, incluso, contradictoria singularidad, un indiscutible aire de familia. Todos ellos proyectan a su modo las características del nuevo contexto determinante que las posibilita: dinamicidad, impostación polémica, incertidumbre, proliferación, etc. Si hubiera que concretar los rasgos característicos que los definen: (1) Autojustificación historicista; (2) rango disciplinar borroso; (3) estirpe filosófica o metacientífica; (4) combinación de procedimientos abstractos con imágenes o formas de impacto inmediato; y (5) contexto polémico.
        La "autojustificación historicista" es la necesidad de anclar los nuevos proyectos en el horizonte de la historia. Si Marvin Harris se siente obligado a escribir una voluminosa historia crítica: El desarrollo de la teoría antropológica. Una historia de las teorías de la cultura, de su disciplina ya en 1968, si Ilya Prigogine acomete la tediosa tarea de regresar a Newton para seguir el hilo de las metamorfosis institucionales de la ciencia natural, si von Bertalanffy pugna por afianzar la nueva perspectiva sistémica sobre una tradición cultural que se remonta a Nicolás de Cusa con su coincidentia oppositorum y a la dialectica de Marx y Engels, etc, si, en fin, Edgar Morin en L´esprit du temps debe sumergirse hasta las profundidades del hombre primitivo para escrutar, por contraste, los avances de nuestra época a través de los productos de la industria cultural y trata de definir su méthode de complexité como una ruptura respecto al cartesianismo, no es por mera erudición. La apelación al contexto histórico sirve a un tiempo de autoconcepción justificadora y de defensa de la prioridad metodológica del enfoque estratégico elegido «a la vista de las necesidades actuales».
        El carácter borroso de los nuevos proyectos se debe, en primer lugar, a su multidisciplinariedad y, en segundo lugar, a su proclividad hacia los problemas fronterizos. Dotar de unidad teórica a innumerables fenómenos críticos de las ciencias naturales («transiciones de fases» en termodinámica, «turbulencias hidrodinámicas», «bifurcaciones» en sistemas diferenciales no lineales, «reacciones oscilantes», «estructuras disipativas», etc.) caracterizados por su singularidad y extender después los modelos catastróficos a los procesos biológicos de morfogénesis o a situaciones de conflicto, cuya dinámica interna se ignora constituye la principal ambición de René Thom y de Christopher Zeeman y su escuela. Morin investiga las articulaciones entre lo físico, lo biológico y lo socio-humano, donde la «unidad del hombre» se atisba a través de los conceptos de «organización» e «información». La teoría general de los sistemas quiere ser simultáneamente una ciencia exacta, una tecnología y una filosofía, diluyendo en la onmicomprensiva noción de sistema cualquier barrera disciplinar. Para Harris no hay frontera entre sociedades primitivas (Etnología) y sociedades complejas (Sociología), pues los fenómenos socioculturales obedecen al mismo principio del «determinismo tecnoeconómico y tecnoecológico» que, en el fondo, es el mimo que inspira a la biología evolucionista. A la inversa recorre el mismo camino interdisciplinar Wilson desde The Insect Societies en 1971 hasta On Human Nature de 1979, pasando por Sociobiology: The New Synthesis (1975). Y Gregory Bateson, más adicto a los procedimientos impresionistas de los artistas para lograr una visión global de la cultura que vincula su estructura y su funcionamiento pragmático con su tono emocional o ethos, no duda en acudir a la teoría de los tipos de conducta y aprendizaje en sus respectivos nichos ecológicos según el nivel de cambio, que introduce la mente en la naturaleza.
        De ahí se sigue de modo natural la estirpe filosófica, explícitamente reconocida por todos estos nuevos enfoques. Ya en su primer trabajo, The Naven, Bateson se percata de hasta qué punto los errores epistemológicos desvían las investigaciones empíricas. Harris necesita imperiosamente definir la estructura de la ciencia para articular la estrategia del materialismo cultural y cita laudatoriamente a Larry Laudan y a Nicholas Maxwell para justificar su proyecto. La sociobiología humana precisa también de justificaciones metacientíficas: «En consecuencia -reconoce Wilson- On Human Nature no es una obra científica; es una obra sobre la ciencia, y acercas de hasta dónde pueden penetrar las ciencias naturales en la conducta humana antes de que se transformen en algo nuevo. Examina el efecto recíproco que una explicación verdaderamente evolucionista de la conducta humana debe tener sobre las ciencias sociales y las humanidades»
        El sesgo filosófico de los nuevos proyectos de comprensión es tal que incluso parece producirse una suerte de metamorfosis entre científicos y filósofos. Así, por ejemplo, la reflexión de E. Morin descuida el análisis de la legitimidad epistemológica de los discursos científicos en favor de un ensamblaje directo, e incluso ingenuo, de los saberes científicos y operatorios. En cambio para Thom la teoría de las catástrofes delimita la esencia, categorialmente determinada, de una ontología regional (en el sentido de Husserl) al vincular en un complejo nocional los conceptos de forma, estructura y sentido. El biólogo von Bertalanffy y el químico Prigogine, por su parte, no se ruborizan al catalogar sus respectivos proyectos como «filosofía natural».
        Pero el rasgo más sorprendente de los nuevos proyectos es quizá su capacidad para impactar en el auditorio posmoderno con rutilantes imágenes sintéticas, en las que se funden los procedimientos más abstractos con las formas más concretas de representación. Las siete catrástrofes elementales de Thom revisten complicadas fórmulas simbólicas con representaciones topológicas, cuyos sugestivos nombres (cúspide, cola de milano, mariposa, tienda india, etc.) constituyen un obvio desafío objetivista al subjetivismo de los Rorscharch. El modelo de la «vaca sagrada» de Harris induce irreprimiblemente la impresión de que las abstractas variables tecnoeconómicas y tecnoecológicas deambulan empíricamente en la sociedad hindú. Y lo mismo ocurre con el tono emocional o ethos del pueblo Iatmul de Nueva Guinea cuando Bateson describe la ceremonia en la que los hombres se visten de mujeres y las mujeres de hombres; o con los hipotéticos culturgenes de Wilson que hacen palpable sociobiológicamente la necesidad biológica de los mitos y de la religión, de donde deduce consecuentemente, «que la epopeya evolucionista es probablemente el mejor mito que hayamos tenido». Bajo este aspecto combinatorio, se hace patente la moda contemporánea de producir «cosmovisiones», en las que realidad y cultura se confunden, pues el universo todo aparece tejido de redes inconsutiles donde se enmarañan las imágenes y los mensajes ligados a ellas: «la realidad -postula Bertalanffy- se presenta como un tremendo orden jerárquico de entidades organizadas, que va, en superposición de numerosos niveles, de los sistemas físicos y químicos a los biológicos y sociológicos». El propio Morin el despliega la complejidad a través del entorno, del sistema genético, del cerebro, la cultura y la sociedad. Y para Prigogine «la esperanza de recoger todos los procesos naturales en el marco de un pequeño número de leyes eternas ha sido totalmente abandonada. Las ciencias de la naturaleza describen ahora un universo fragmentado, rico en diferencias cualitativas y sorpresas potenciales». En realidad, la «nueva alianza» no es otra cosa que el «nuevo testamento» que intenta reencantar el mundo tras el fracaso del viejo testamento" de Newton. Las metáforas transfieren a la realidad una doble vida, cuando se recupera el sentido del tiempo.
        No hace falta insistir demasiado sobre el contexto polémico que eriza el desarrollo efímero y contingente de las nuevos proyectos de comprensión. La oposición de valoraciones es brutal. Las críticas cruzadas prohíben cualquier estabilización paradigmática y las descalificaciones mutuas amparan la simulación, los simulacros, las hiperproducciones inútiles. Edgar Morin tropieza con la hostilidad de ciertos científicos y de muchos filósofos de la ciencia que consideran su proyecto una impostura (cfer. su polémica con la revista Pandore). Bunge tilda de «pseudocientífica» a la teoría de las catástrofes. Wilson se queja de las críticas recibidas desde la izquierda norteamericana, en cuya misma trinchera antioscurantista creía estar luchando. Los sucesores de Bertalanffy se escinden en dos bloques («holistas» contra «estructuralistas») y sus aplicaciones sociológicas son miradas con desconfianza por críticos y marxistas que ven en la teoría general de sistemas una mixtificación espiritualista conservadora. A pesar de su éxito editorial, la mayoría de los antropólogos rechazan la senda materialista de Harris. Y tampoco le van mejor las cosas a G. Bateson. La situación de la antropología cultural, por hacer una alusión a los desarrollos más recientes, es contemplada por el agudo Clifford Geertz de esta guisa: «La suffisance de Lévi-Strauss, la seguridad de Evans-Pritchard, la compulsividad de Malinowski y la imperturbabilidad de Benedict parecen hoy cosas lejanas. Lo que más se nota hoy día es un extendido nerviosismo acerca de todo lo que significa pretender explicar a gentes enigmáticas de otras latitudes, sobre la base de haber ido a vivir en su hábitat nativo o "peinado" los escritos de aquellos que los tienen. Este nerviosismo provoca a su vez respuestas varias, de diverso grado de excitación: ataques deconstructivos a las obras clásicas y a la idea misma de canonicidad; Ideologiekritik orientada a desenmascarar los escritos antropológicos como la continuación del imperialismo por otros medios; clarinazos llamando a la reflexividad, al diálogo, a la heteroglosia, al juego lingüístico, a la autoconciencia retórica, a la traducción performativa, a la transcripción palabra por palabra y al relato en primera persona como forma de cura. La pregunta de Emawayish está hoy en todas partes: ¿qué ocurre con la realidad cuando se la factura a otras latitudes?... El imperialismo en su forma clásica, metrópolis y colonias, y el cientifismo en la suya, impulsos y bolas de billar, cayeron casi al mismo tiempo. Las cosas desde entonces resultan menos simples, tanto desde el punto de vista del Estar Allí como desde el Estar Aquí de la ecuación antropológica, una ecuación en la que las baratijas del primer mundo y las canciones del tercero suenan más a burla que a equilibrio»
        La situación descrita por Geertz es generalizable al resto de las disciplinas, en la medida en que también se ven aquejadas por la misma pluralidad de enfoques, por la misma movilidad de lo objetos, por la misma incertidumbre y confusión, no por más «evocadas» mejor resueltas. Otro antropólogo, G. Balandier, concluye su evocación de lo ocurrido durante los últimos 20 años del panorama de la cultura «mundial» (no ya «occidental») con este párrafo: «Sí, todo se mueve, en todos los sentidos. En una hora de ruptura e irrupción de lo nuevo, de tensiones y contradicciones, de incertidumbres, la verdad se lamina, la ciencia y la técnica subyacen en la ideología, y la figura del hombre no es más que una imagen desenfocada (en su acepción fotográfica). Sin definición mítica, metafísica, positiva e incluso cultural de larga aceptación, los humanos vienen a ser entes históricos mal identificados. La violencia, el menosprecio, la indiferencia... pueden atacar gastos reducidos, y la inquietud y el miedo hacerles más pasivos, la pujanza técnica los vuelve "seres" trabajados. La bien disfrazada barbarie será un buen porvenir; un mundo donde la creación deje lugar al hastío, lo sagrado a la angustia, la educación a la programación de los individuos; un mundo donde la cultura se atrofia cuando la ciencia sufre hipertrofia, donde el sensible languidece y donde la energía vital se malgasta. Una reclusión sin salidas, ya anunciada y mostrada por Michel Henry (La barbarie). Mientras hay tentativas menos desesperantes: la de los teóricos de la autoorganización, en el lenguaje científico, de la autonomía, en lenguaje socio-político: las fluctuaciones son generadoras en todo momento de orden precario, pero siempre renovado; las que constantemente anuncian la segunda revolución individualista y un extraordinario desarrollo del culto a la autonomía privada, y el bloqueo de lo privado y el despego a la consideración de la "cosa pública" (Gilles Lipovetsky)»

La Postmodernidad y el imperio de las apariencias efímeras

        ¿Vivimos en la época de la transmutación de la razón? ¿Hacia dónde apunta esta movilidad ontológica de los objetos, esta incertidumbre epistemológica de los sujetos, esta revuelta iniciada bajo el imperativo de la transgresión en los años sesenta que parece obligar a todos a una suerte de negación/superación constante y sin tregua? ¿Qué significa este pluralismo esnobista, que unas veces desmaya blandamente hacia el eclecticismo y otras se eriza abruptamente hacia una confrontación, siempre temida y siempre postergada? ¿La «banalización» de los productos culturales, convertidos en artículos de consumo para masas acomodadas, gracias a su «normalización y mediatización por los mass media», según el análisis postmoderno de Baudrillard, es el síntoma de una «deslegitimación» del sistema social, atacado en sus mismas bases por la revuelta cultural de los sesenta, en el que se concitaron el radicalismo político, la revolución estudiantil, la liberación corporal y sexual y la crítica contracultural de las ciencias? ¿Significa tal «deslegitimación» el abandono de la racionalidad como guía para la vida, la almoneda de la cultura clásica en el rastrillo kitsch, la derrota, en fin, del pensamiento (A. Finkielkraut), convertido en mero «valor de cambio»? ¿O es, más bien, una auténtica liberación, la extensión democrática del libertinaje practicado con anterioridad por minorías elitistas en la periferia de la vida colectiva, al centro mismo de la vida secular de las democracias organizadas, que de este modo se ven reforzadas y legitimadas por otras vías, como sugiere Lipovetsky?
        Entre el pesimismo de Finkielkraut o Bloom y el optimismo de Lipovetsky o Baudrillard cabe una infinita gama de ambigüedades intermedias. A modo de ejemplo, cabe citar el caso de Abraham Moles, quien ve en la superación del cientifismo positivista, no tanto la claudicación de la razón, cuanto una prolongación, ensanchamiento o flexibilización de ésta, que se encamina hacia la constitución de une science de l'imprécis in statu nascendi. Para Moles, las ciencias sociales y humanas constituyen el marco de referencia donde sus peculiar visión del «estructuralismo» posibilita el surgimiento de las ciencias de lo impreciso, de lo flou, de los conjuntos borrosos (fuzzy set), pues los conceptos que ellas manipulan son «imprecisos por esencia»: todo esfuerzo por precisarlos, por encerrarlos en definiciones cerradas, descompone y destruye los mismos conceptos. La actual situación de incertidumbre y desconcierto sería superable a través de un intercambio permanente entre los algoritmos del pensamiento aportados por las ciencias de la naturaleza (con su precisión dura de exactiud sólo limitada por la lógica de la cuantificación a escala ultrafina) y los modelos operatorios de los hechos sociales, considerados como cosas por un observador en el trámite necesario de la «distanciación fenomenológica», lo que no impide, en un segundo momento de «identificación comprehensiva», ver cómo el propio observador se incrusta en los fenómenos y los perturba. Al estar implicado inevitablemente en los fenómenos observados, el investigador de las ciencias humanas y sociales debe hacer frente a otra suerte de «principios de incertidumbre a gran escala» que exigen pensar con rigor los conceptos vagos, imprecisos, borrosos o «infra-lógicos», en lugar de tirarlos por la borda como exige la ideología cientista. De esta manera, los conceptos imprecisos aparecen como formas resistentes propuestas al ejercicio del pensamiento y de la práctica experimental, cuyas relaciones también imprecisas y contradictorias a gran escala, permiten descubrir estructuras que permanecen inmutables a través del tiempo, siempre que una aplicación flexible de la razón haga el esfuerzo de abrirse a sistemas de pensamiento «dialéctico».
         La descripción llevada a cabo en este epígrafe, aunque incompleta, permite dibujar ya una serie de oposiciones binarias fenomenológicamente extractables: primacía de la complejidad sobre la simplicidad; entropía y azar frente a orden y previsibilidad; diversidad versus homogeneidad; incertidumbre e inclusividad (disyunción débil) frente a certeza y exclusividad (disyunción fuerte); primacía de la comunicación y de la psicología sobre la confrontación política de bloques y la ideología; impostación de la vaguedad, la imprecisión, lo blando frente a la exactitud, la "cuantofrenia", lo duro; subjetivismo e individualismo frente a objetivismo y asociacionismo.
        En todo caso, es difícil decidir hasta qué punto son las necesidades económicas del sistema global o de los subsistemas nacionales, la desaparición del colonialismo en su forma tradicional y la consiguiente aparición en la escena política del tercer mundo en un globo terráqueo cada vez más interdependiente, la presión de los movimientos ciudadanos o los cambios operados en las relaciones de producción por la automatización, la informatización y las nuevas tecnologías, lo que favorecerá políticas de distensión o, si, por el contrario, son las propios factores organizativos, la burocratización del mundo, la extensión incontrolada de las compañías trasnacionales con sus necesidades de nuevos mercados, la conformación de las voluntades mayoritarias a través de los potentes instrumentos de domesticación social (los mass media) lo que provocará una consolidación de las sociedades liberales cada vez más enfrentadas a «otras culturas». La serie con-causal de las confluencias y refluencias entre éstos y otros factores (incluidos acontecimientos episódicos de largo alcance y proyección mundial como el atentado del pasado 11 de septiembre de 2.001 en Manhattan o el ataque americano a Irak) impiden deshacer el nudo de momento.

Panorama del siglo XXI

         La descomposición y caída del bloque soviético ha supuesto el fin de una etapa del presente histórico, al menos desde el punto de vista político. Ello se manifiesta en una serie de rasgos que desde el final de la II Guerra Mundial no se conocía. A partir de 1989 el mundo quedó despojado de una estructura internacional clara. Aparecieron numerosos estados territoriales (225 estados en 1996) nuevos sin que existiese algún mecanismo para determinar sus fronteras o algún organismo internacional que pudiera considerarse imparcial para actuar. Tampoco existe de una forma clara un consorcio de grandes potencias como los vencedores de la Primera Guerra Mundial. El único Estado que se puede calificar de gran potencia es Estados Unidos. Rusia prácticamente se redujo a las dimensiones que tenían en el siglo XVIII. Y Reino Unido y Francia quedaron relegados a su status puramente regional aun teniendo armas nucleares. Alemania y Japón son grandes potencias económicas pero ninguna ha reforzado su potencial militar. La Unión Europea, que aspira a tener un programa político común, de momento es más intencional que efectiva.
        Las guerras no han llegado a su fin; a partir de 1989 hemos asistido a un mayor número de operaciones militares en más lugares de Europa, Asia y África que en el periodo de la guerra fría (Liberia, Angola, Sudán y el Cuerno de África, antigua Yugoslavia, Moldavia, Cáucaso, Transcaucasia, Afganistán, Golfo Pérsico, Irak). La «democratización» y «privatización» de los medios de destrucción han transformado las perspectivas de conflicto y violencia en cualquier parte del mundo, como ha ocurrido en el mismo corazón de Estados Unidos el 11 de septiembre del 2001 o en España, uno de los estados más antiguos de Europa, el 11 de marzo de 2004.
        El derrumbamiento de la Unión Soviética supuso el fracaso del comunismo realmente existente; y ello frustró también las aspiraciones del socialismo no comunista. Situaciones derivadas de la guerra fría han puesto de manifiesto la creciente separación entre zonas ricas y pobres del mundo. Las ideologías de izquierdas como programas políticos y sociales nacidos de la era de las revoluciones del siglo XIX decayeron en el siglo XX encontrándose en una situación de indefinición de la que no se puede decir cuándo habrán de salir.
        Las religiones terciarias que habían sido los más antiguos programas soteriológicos no son capaces de ofrecer nuevas orientaciones al nivel de sus capas circulares a pesar de las escenografías mediáticas, como la de Juan Pablo II ni del marketing cinematográfico del Dalai Lama. Las religiones occidentales de tradición cristiana cada vez tienen más problemas, incluso en países de gran tradición como Estados Unidos. El declive de las iglesias protestantes se ha acelerado. De 1960 en adelante el declive del catolicismo romano se acabó precipitando. Sin embargo en el Tercer Mundo, con excepción del Extremo Oriente, donde la tradición confuciana mantuvo sumisa a la religión oficial, la situación era diferente. Pero aparece una religión politizada, como en los países musulmanes, que mira hacia una tradición inventada donde ven una época más estable y simple. Pero el auge del fundamentalismo islámico no es sólo un movimiento contra la ideología de una modernización occidentalizadora sino contra el propio Occidente
        En otro orden de cosas, pero con un sentido similar, asistimos al surgimiento de verdaderas nebulosas ideológicas, incluso en el mismo corazón de Occidente, en las que hay una mezcla de xenofobia y de política de la identidad. Y cuyos programas políticos análogos giran alrededor de «el derecho a la autodeterminación nacional» de raíz wilsoniana-leninista. Se verifican así los resultados efectivos de la ideología mítica de la cultura.
        Aunque es muy difícil siquiera pergeñar las líneas que estructurarán la textura del siglo XXI, probablemente los problemas centrales y a largo plazo sean los de tipo demográfico (circulares), económico y ecológico (radiales). El problema demográfico se manifiesta ya como problema político en la medida en que el crecimiento de la población no es homogéneo. En pocos años se conocerán estados con grandes ejércitos de jóvenes que clamarán por conseguir trabajos en el mundo desarrollado presionando las fronteras de los países ricos, con los consiguientes problemas internos, los cuales se las cerrarán a la vez que necesitan, por su envejecimiento, mano de obra. Por otro lado los problemas ecológicos no se presentan aparentemente con la misma gravedad desde el punto de vista político. Pero aunque un índice de crecimiento similar al de la segunda mitad del siglo XX sería catastrófico, desde un punto de vista político sería igualmente catastrófica la parada brusca de este crecimiento.
        La economía del siglo XX a través de la tecnología creó unos niveles de desempleo para los que no se han conseguido los mismos niveles de empleo. El trabajo está siendo azotado por la deslocalización por lo que la industria se desplaza de sus antiguos centros, con elevados costes laborales, a países que, practicando el dunping de la fuerza de trabajo, ofrecen cerebros y manos a buen precio. Ante esto, los países emigracionales desde el punto de vista industrial podían optar por convertirse en economías de trabajo barato aplicando políticas proteccionistas. Sin embargo, en la economía global de fin de siglo se debilitaron, si no se eliminaron, la mayor parte de los instrumentos para gestionar los efectos sociales de estas políticas transnacionales.