Denis Diderot (1713-1784) y La Enciclopedia.

De Biblioteca de filosofía
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

<html> <style type="text/css"> body { background: #DEDEDE; color: #5b5b5b; font-family: Palatino Linotype,'Source Sans Pro', sans-serif; font-weight: 1500;

} </style>

</html>


Diderot1.jpg

Pero la figura máxima de la enciclopedia es sin duda la de Diderot. Como hemos visto, Diderot es el sostenedor de la Enciclopedia, y gracias a él ésta salió adelante. Es quizá el representante más popular de la Ilustración. De origen humildísimo y destinado a la vida eclesiástica, se va decantando poco a poco hacia posturas más atrevidas y materialistas. Así vemos que en su Carta sobre los ciegos, para uso de los que ven, toma netamente posiciones materialistas, hasta el punto de que es por esta obra por lo que le arrestan en el castillo de Vincennes.
En Diderot podemos ver ilustrados los temas fundamentales del iluminismo. La razón como única fe del hombre, y el empleo de la duda en todos los aspectos del conocimiento y de la vida. “Una sola demostración me impresiona más que cincuenta hechos.” Lo que no quiere decir que la experiencia y los hechos dejen de tener una importancia primordial; ya que la filosofía e incluso la moral que uno adopta, dependerá exclusivamente de los órganos sensoriales que uno posea, y en consecuencia de los factores externos que influyen sobre los órganos: «Los habitantes de este país tienen mucho espíritu, mucha vivacidad… y esto proviene, según yo creo, de las vicisitudes de su atmósfera, que en veinticuatro horas pasa del frío al calor, de la calma a la tempestad… Es imposible que estos efectos no influyan sobre ellos, y que por tanto sus almas sean capaces de estar cierto tiempo en una posición tranquila».
En el orden moral, los vicios y virtudes también dependen de las sensaciones que podamos recibir. Por esto «la dificultad que sienten los ciegos para recobrar las cosas perdidas los hace amigos del orden». Todos los aspectos de nuestra vida cambiarían en un país en el que sólo existieran ciegos: «Hay muchos indicios de que las mujeres serían comunes en un pueblo de ciegos o que sus leyes contra el adulterio serían muy rigurosas. ¡Sería tan fácil para las mujeres engañar a sus maridos conviviendo un signo con sus amantes!” También nuestra forma de considerar el robo cambiaría, pues “me di cuenta primero que sentía una prodigiosa aversión por el robo. Esta nacía en él de dos causas: de la facilidad que se tenía de robarle sin que él se diera cuenta; y, más todavía, quizá, de la que se tenía de sorprenderlo cuando él robaba» Incluso nuestros sentimientos más nobles dependen, en última instancia, de nuestros sentidos: «¿No dejamos de sentir compasión cuando la distancia o pequeñez de los objetos produce en nosotros el mismo efecto que la privación de la vista” ¡Tanto dependen nuestras virtudes de nuestra manera de sentir y del grado en que nos afectan las cosas exteriores! Tampoco dudo que, sin el temor del castigo, mucha gente sentiría menos pena al matar a un hombre a distancia en que no se le viera sino del tamaño de una golondrina, que al degollar a un buey con las propias manos».
Nuestra forma de pensar también está en estrecha dependencia de nuestros sentidos. «Nuestra metafísica no concuerda mejor con la de los ciegos. ¡Cuántos principios para ellos que no son para nosotros sino absurdos, y viceversa»! Diderot se refiere en estas palabras a la prueba de la existencia de Dios, utilizada mucho durante el siglo XVIII, que compara el universo con un reloj que supone un relojero, y este tipo de demostración no es válido porque: «… ese gran razonamiento que se extrae de las maravillas de la naturaleza resulta muy endeble para los ciegos. La facilidad que nosotros tenemos para crear, por así decirlo, nuevos objetos por medio de un pequeño vidrio es para ellos algo más incomprensible que los astros…»
La relatividad de todas nuestras conclusiones se evidencia en todos los aspectos de nuestra vida: «Si alguna vez un filósofo ciego y sordo de nacimiento hace a un hombre a imitación de Descartes, ubicará el alma en la punta de los dedos, pues de allí es de donde le vienen sus principales sensaciones y todos sus condicionamientos…. Las sensaciones que habrá obtenido por el tacto serán la matriz de todas sus ideas, y no me sorprenderá que, después de una profunda meditación, tuviera los dedos tan cansados como nosotros la cabeza»
Todo debe poder ser explicado por leyes de contacto, de contigüidad; así en el Sueño de D’Alembert, Diderot dice que Dios es como una araña cuya tela es el mundo y los hilos de esta tela son los órganos mediante los cuales Dios percibe el mundo, y lo percibe mejor o peor según que los hilos estén más o menos alejados de la araña.
El hombre es un componente más, entre otros muchos, del mundo material: «La vida humana es un estado transitorio de la materia… El hombre no es más que un momento, un accidente, en el inmenso desarrollo del universo material… Y su destino se pierde en el determinismo universal». Como dato significativo, habría de señalarse que es Diderot, mucho antes que los trabajos de Lamarck salieran a la luz, el que tiene la genial intuición de la “transformación de las especies”: «… ¿Quién sabe en qué instante de la sucesión de estas generaciones animales estamos? ¿Quién sabe si este bípedo deformado, que no tiene más que cuatro pies de altura, que aún llaman, en los alrededores del polo, hombre, y que no tardará en perder este nombre al deformarse un poco más, no es sino la imagen de una especie que pasa? ¿Quién sabe si no sucede de igual forma con todas las especies de animales? »
Diderot destaca también por sus novelas filosóficas. La más famosa Le neveu de Rameau, (inédita hasta 1821) es una especie de diálogo entre Rameau y el mismo Diderot. Rameau es un bohemio, el típico parásito cínico y simpático, con tendencias marcadamente anarquistas, que Diderot traspasa a él, porque siempre estuvieron latentes en sí mismo; un ser en el que «honestidad y deshonestidad se encuentran en su cabeza extrañamente mezcladas». Repleto de los más singulares contrastes, por cada día que pasa «conmueve, agita; se hace estimar o desdeñar; nos saca la verdad, y nos hace conocer la gente de bien». Otra de sus novelas, Jacques le fatalista y su amo (1771), nos expone el problema de la libertad:
«Maestro: ¿En qué piensas?
Jacques: Pienso que mientras usted me hablaba y yo le respondía, usted me hablaba sin quererlo hacer, y yo le respondía también sin quererlo.
Maestro: ¿Y después?
Jacques: ¿Después? Que éramos dos verdaderas máquinas vivas y pensantes…»
Vemos en estas palabras de Diderot que «el disfrute de una libertad que pudiera ejercitarse sin motivo sería el verdadero carácter de un maníaco».
Diderot intenta por todos los medios llevar las cuestiones más arduas a un terreno de fácil comprensión para todo el mundo, con el fin de que puedan ser asimiladas por la burguesía, dándole los instrumentos necesarios de defensa que más tarde, en la Revolución, habría de emplear en su lucha contra las viejas ideas.