El siglo XX y las características de la Gran Ciencia

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«Sin los avances científicos que se han llevado a cabo a lo largo de esa centuria, la historia mundial habría sido muy diferente a lo que, finalmente, ha sido. » (Sánchez Ron, J. M., El Siglo de la Ciencia, Madrid, p. 21)

La función social de la ciencia y la tecnología


        La explosión de conocimientos científicos y aplicaciones tecnológicas durante el pasado siglo ha situado a la humanidad ante una nueva era de conocimiento. La ciencia y la tecnología se han consagrado como elementos transversales a todas las esferas de lo social, marcando las líneas tanto de la Historia Universal como de la vida cotidiana. En este primer apartado se tratará, a modo de introducción, el origen de ambas dimensiones de la práctica científico-tecnológica reciente.
        «Frente al movimiento de la tierra, la circulación de la sangre, el telescopio, la bomba de vacío y el surgimiento de las ideas implicadas por esto, tenemos ahora el descubrimiento del átomo nuclear, la relatividad, la teoría cuántica, los procesos bioquímicos, la estructura interna de la célula, el microscopio electrónico y la máquina eléctrica de calcular. A esto podemos agregar la súbita aceleración de todas las actividades científicas y de sus aplicaciones, desde la fisión nuclear y la televisión hasta el dominio de las enfermedades; y, si esto no constituye una revolución científica, entonces no entiendo francamente para qué se reserva dicho nombre. (…) Tal vez lo más acertado sea llamarla la primera revolución tecno-científica» (Bernal, J. D.: La ciencia en nuestro tiempo, 1960, pp. 11-12).

Un siglo de contrastes

        El «siglo corto», como lo denominan los historiadores, situado entre el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914) y la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS (1989-1991), ha sido un período marcado por la emergencia de grandes conflictos y profundas contradicciones políticas y sociales.
        Por un lado surgen el estado de bienestar y la sociedad de consumo, que propician el progreso de algunas regiones y la modernización de las relaciones laborales y sociales; por otro lado, los efectos de la crisis económica de 1929, el proteccionismo, la aparición del neoliberalismo y la consecuente consagración de un esquema de desarrollo e intercambio de recursos desigual entre países, abrieron el camino a la escisión del mundo entre países desarrollados y países en vías de desarrollo.
        Paradójicamente, la consolidación de las democracias modernas estuvo acompañada de la aparición de los totalitarismos contemporáneos. El siglo veinte fue testigo de dos cruentas guerras mundiales y de medio siglo de guerra fría, pero también del nacimiento de la Declaración de los Derechos Humanos y de los movimientos pacifistas y ecologistas. Durante éste siglo han tenido lugar adelantos fundamentales en materias de salud y calidad de vida que nos han llevado a definir el estado de bienestar, pero también grandes desastres naturales como consecuencia de una gestión poco cuidadosa de los potentes instrumentos científicos y tecnológicos de que disponemos, que hacen posible hablar de la sociedad del riesgo.
        El desarrollo de la ciencia y la tecnología ha estado implicado en la mayoría de los acontecimientos históricos más relevantes del pasado siglo. Sin tal desarrollo no hubiera sido posible la llamada sociedad de la información ni efectos de ella tales como la posibilidad de democratización del conocimiento o las nuevas posibilidades de relación con otras culturas. Pero tampoco hubiera sido posible la creciente globalización económica y la homogeneización de un pensamiento único a escala mundial.

Las revoluciones científicas del siglo XX

        La ciencia del siglo XX ha modificado radicalmente nuestra comprensión del mundo y la materia, al adentrarse en lo más profundo de su estructura.
        A finales del siglo XIX se creía que el átomo era indivisible y poco energético, el tiempo era una magnitud absoluta y el espacio estaba ordenado de acuerdo a las leyes de Newton. Este esquema entra en crisis desde que, en 1900, Max Planck postula que la energía no se transmite como una radiación continua sino de forma discreta, en pequeños paquetes de energía, o cuantos. Su idea es recogida en 1905 por Albert Einstein, entonces empleado de una oficina de patentes y aficionado a la física, para explicar la radiación de luz, iniciándose una intensa polémica científica sobre la naturaleza de ésta hasta que se acepta que la luz tiene una naturaleza doble onda-corpúsculo. El mismo año formula la teoría de la relatividad especial, terminando con la noción de tiempo absoluto y estableciendo que la masa es una forma de energía concentrada, como expresa la fórmula E = mc2.
        Desde entonces, la teoría cuántica fue ampliada con las aportaciones fundamentales de Werner Heisenberg y Niels Bohr, entre otros. El mundo del átomo cuántico resulta ser un lugar extraordinario donde los fenómenos de la materia-energía se apartan tanto de nuestra experiencia ordinaria que es posible postular la existencia de una partícula y su no existencia al mismo tiempo. La mecánica cuántica es, además de una teoría de gran impacto filosófico, una práctica que ha impulsado el avance de todas las ciencias y la creación de tecnologías.
        Los avances teóricos, como la teoría de la relatividad general de Einstein, donde establece que la gravedad es una propiedad del espacio-tiempo, el cual se curva a causa de la masa de los cuerpos, junto con el desarrollo de la radioastronomía permitieron dar una explicación científica al origen del universo, mediante la teoría del Big-Bang o «Gran Explosión». Su respaldo definitivo llegó en 1964, con el descubrimiento de una radiación de microondas en todas las direcciones que inunda el universo, vestigio de una antigua explosión. Posteriormente se ha conocido más acerca de la estructura del espacio, se han descubierto cuerpos estelares como los quásars y postulado la existencia de agujeros negros. Algunas de estas investigaciones, por otro lado, han dado pistas a la Geología, sobre la composición y la formación de nuestro planeta. Esta ciencia se ha beneficiado del nuevo instrumental tecnológico para medir fenómenos terrestres con una precisión antes inimaginable. Gracias a ello se ha desarrollado la hipótesis de la tectónica de placas, que explica tanto la formación de los continentes, como la causa de fenómenos sísmicos como terremotos o erupciones volcánicas.
        A principios del siglo XX se relacionaron las leyes de Gregor J. Mendel con la biología celular para formular una teoría cromosómica de la herencia. La transmisión de la herencia biológica, sin embargo, se siguió atribuyendo a las proteínas hasta que, en 1952, se demuestra, mediante experimentos con marcadores radiactivos, que el ADN es el causante. Un año después, James Watson y Francis Crick, descubren la estructura del ADN desvelando los mecanismos mediante los cuales se replica a sí mismo y abriendo las puertas a la ingeniería genética.
        En Química, el estudio de la radiactividad permitió completar la tabla periódica y comprender mejor la relación entre la materia y su estructura energética. Un avance fundamental se ha dado en el estudio de los enlaces químicos, que ha progresado, desde las primeras explicaciones de carácter cualitativo hasta las basadas en postulados cuánticos, que permiten realizar cálculos y predecir el comportamiento de los compuestos. El descubrir cómo el tipo de enlace entre moléculas determina las propiedades de la materia que componen posibilitó una revolución en la fabricación de materiales sintéticos, así como una comprensión más exacta del los procesos biológicos.
        Pero si hay una ciencia de nuestro tiempo, esta es la Ecología, ciencia que estudia la relación entre los organismos y su medio. En ella se usan conocimientos de otras ciencias como la física, química, biología o geología por citar algunas, para determinar por ejemplo, el impacto de la ciencia y la tecnología en el planeta.

Las revoluciones tecnológicas del siglo XX

        Gracias a los descubrimientos científicos, la tecnología ha transfigurado, durante el pasado siglo, el medio en que vivimos, incidiendo en aspectos como el transporte, la comunicación, la obtención de energía, la salud o el ocio.
        Dos avances fundamentales para el desarrollo tecnológico y social en el siglo XX han sido la aparición de los nuevos materiales sintéticos y de los semiconductores. El material sintético más representativo es el plástico, derivado del petróleo y otros compuestos naturales, cuyo uso incluye desde el almacenaje hasta la fabricación de componentes de maquinaria con una singular resistencia ante las altas temperaturas, ácidos y otros factores ambientales. Junto a sintéticos como el nylon o el polietileno, ha permitido abaratar los costes de producción de telas y piezas para todo tipo de artículos disponibles a bajo precio.
        Los semiconductores son materiales (por ejemplo, el silicio) cuya estructura electrónica ha sido modificada para conducir la corriente eléctrica sólo bajo determinadas circunstancias. Se utilizan en la electrónica desde los años 1950. Hasta entonces la electrónica se basó en los tubos de vacío (ampollas de vidrio de las que se ha extraído el aire y en cuyo interior se genera corriente eléctrica). Los tubos de vacío permitieron mejorar los aparatos de telecomunicaciones como la radio o el teléfono e incluso fabricar las primeras computadoras en la época de la Segunda Guerra Mundial. Pero los semiconductores tienen la ventaja de que son más pequeños y consumen menos. El más conocido es el transistor, un dispositivo que al recibir una señal emite otra en respuesta y que se utiliza para todo tipo de aparatos como el televisor, los ordenadores y diversos electrodomésticos.
        El avance de la electrónica ha permitido mejorar la generación, transmisión, recepción y almacenamiento de información, y llegar al desarrollo de las computadoras actuales. El primer ordenador electrónico (ENIAC) se fabrica en 1946. La revolución, sin embargo la constituyen los ordenadores personales, que se empiezan a extender en las décadas de 1970 y 1980, una vez se logra disminuir tanto el tamaño como los precios. El desarrollo de la electrónica, las computadoras y las telecomunicaciones confluyeron en Internet, ideada en 1973 por el Departamento Estadounidense de Defensa. Su uso se democratiza con el desarrollo de los protocolos HTP/IP y la creación de la World Wide Web (www) en el Consejo Europeo de Investigación Nuclear (CERN).
        La evolución de Internet se sustenta, a su vez, en el desarrollo de las telecomunicaciones, ámbito en el que, desde la primera transmisión de voz por ondas de radio en 1901 (Marconi), se ha dado un gran avance, que pasa por la transmisión y grabación de imágenes y el desarrollo de satélites terrestres artificiales. El primero, llamado Sputnik y lanzado por la URSS en 1957, consistía en una bola de aluminio de 58 cm. de diámetro capaz de medir la densidad y la temperatura; pero los actuales satélites permiten no sólo eso sino, además, amplificar y redirigir señales de comunicación, tomar imágenes del planeta, localizar objetivos terrestres, medir la temperatura de los océanos, etc.
        El desarrollo tecnológico ha incidido directamente en los medios de transporte. La aviación se desarrolló enteramente en el siglo XX y aunque el automóvil y el ferrocarril eran inventos anteriores, su uso se ha hecho común en el siglo pasado, con la electrificación de las vías ferroviarias o el desarrollo del motor de explosión. Los viajes espaciales, por otro lado, sólo han sido una posibilidad desde las nuevas teorías físicas y sus aplicaciones en la generación de energía nuclear.
        La biotecnología, tecnología que permite modificar la estructura genética de los organismos vivos, surge en la segunda mitad del siglo XX, cuando, una vez conocida la estructura y mecanismo de replicación del ADN se desarrolla la técnica de recombinación genética, en la que genes de una especie se introducen en otra sin que dejen de funcionar. Algunos logros de la ingeniería genética son la fabricación de hormonas humanas a partir de bacterias, fabricación de materiales plásticos a partir de microbios, microbios que obtienen petróleo de subsuelo o la clonación de especies superiores, como la oveja Dolly. Su uso en agricultura es también notable y polémico. Es posible fabricar especies nuevas y más resistentes, pero aún no es posible prever con precisión los efectos en la salud humana y del medio ambiente.
        Finalmente es de destacar el desarrollo reciente de la medicina. Los antibióticos, como la penicilina, se desarrollan en el siglo XX. Junto con las vacunas, los transplantes y fabricación de prótesis y órganos artificiales, han mejorado la calidad y esperanza de vida, al menos en los países desarrollados, y han permitido que enfermedades como el tétanos o la tuberculosis dejen de ser mortales.

Ciencia y Política

        La relación entre ciencia y política se ha dado a lo largo de la historia al menos en dos direcciones claras. De un lado, la ciencia ha desempeñado el papel de consejera política; de otro lado, en el siglo XX los gobiernos comienzan a introducir en sus agendas políticas la ciencia y la tecnología como materias de interés en sí mismas.
        El lema «saber es poder», acuñado por Francis Bacon en la utopía política Nueva Atlántida, expresa la idea de que para gobernar bien hay que hacer uso de los conocimientos científicos. En la práctica política actual se conoce con el nombre de «ciencia reguladora» a aquella que está específicamente orientada a asesorar en la formulación de políticas. Primero desempeñaron este papel las ciencias sociales y en muchas ocasiones también tradiciones que ahora consideramos como ideologías pseudocientíficas, tales como el darwinismo social o el maltusianismo, las cuales legitimaron la aplicación de las medidas eugenésicas en Estados Unidos y Europa a principios del siglo XX.
        La contribución de las ciencias naturales a la política comenzó con la necesidad de evaluar el impacto social y ecológico del avance científico y tecnológico. Tal impacto es a veces positivo y genera progreso y bienestar social, pero también puede ser negativo cuando el uso de ciencia y tecnología tiene consecuencias no deseadas o son orientadas hacia metas cuestionables (como el control social o el desarrollo militar). Éstas se intentarán prevenir desde el reconocimiento definitivo, en las últimas décadas del siglo, del nivel de riesgo potencial asociado al uso de determinadas tecnologías o a las derivas no previstas de la investigación fundamental.
        En consecuencia se crean consejos de asesores científicos que implican la actividad científica y tecnológica en el diseño de políticas públicas. Con el tiempo, esta implicación evolucionará hacia el establecimiento de políticas públicas dirigidas específicamente a la gestión de la ciencia y la tecnología, cuyo origen y desarrollo iremos viendo a lo largo de los restantes epígrafes.

El origen de las políticas científicas y tecnológicas

        La conciencia del gran poder de la ciencia y la tecnología como motores de cambio económico y social hizo que definitivamente los gobiernos se involucraran en la promoción científico-tecnológica, hecho que a su vez fue fundamental para la aparición de la denominada Gran Ciencia. A pesar de que la gestión política científica y tecnológica, propiamente dichas, surge en el siglo XX, varios siglos antes encontramos ejemplos de preocupación y apoyo a la ciencia, por parte de los gobiernos, que podrían considerarse como ejemplos de Gran Ciencia. Así, por ejemplo, en el siglo XVI, Federico II de Dinamarca cede la isla de Hven al astrónomo Tycho Brahe y financia la construcción de un observatorio en la isla. En los siglos XVIII y XIX, científicos de todo el mundo colaboraban y competían por calcular la distancia entre la Tierra y el Sol, para lo cual se organizaron costosas expediciones con el fin de obtener datos. Más recientemente, grandes obras públicas, como la construcción del Canal de Panamá, constituyen ejemplos tempranos de Gran Ciencia.
        Pero ha sido durante el pasado siglo, con la aparición de las políticas públicas científico-tecnológicas, cuando la interacción entre ciencia y política ha alcanzado un nivel de intensidad nunca antes igualado. Aunque a lo largo de este tema nos centraremos en la política científica diseñada en Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, ya que fue la que se expandió mundialmente durante la segunda mitad del siglo pasado, la gestión política de la ciencia surgió con el modelo soviético.
        La Unión Soviética ha tenido algo identificable como una política científica durante más tiempo que cualquier otro país en el mundo, desde que Pedro el Grande fundara la Academia de las Ciencias Rusa en 1724, donde se llevaban a cabo compilaciones estadísticas, análisis del progreso científico-técnico e intentos de planificar el asesoramiento científico. Mediante su política trató de desarrollar todos los planos sociales y económicos, abarcando: agricultura, salud, construcción o educación, así como la mejora de todas las infraestructuras en general a lo largo de todo su territorio. Su intento de optimizar el uso de los recursos incluyó el aprovechamiento de los recursos humanos mediante la enseñanza pública y la incorporación total de la mujer al ámbito de la investigación.
        El modelo ruso fue internacionalmente denostado por los casos de manipulación ideológica de algunas teorías científicas o la persecución política de científicos. Las críticas fueron similares a la dirigidas contra la práctica política y científica nazi, en donde se llegó incluso a experimentar con seres humanos. Estos ejemplos sirvieron para que en el resto del mundo se condenara la influencia política directa en la actividad científica y se defendiera la libertad de los investigadores, justificando que la ciencia no debía estar al servicio del poder sino al servicio de la verdad, y por lo mismo, que los hombres y mujeres de ciencia sólo podían ayudar a la sociedad permaneciendo en la autonomía intelectual y profesional.

La Gran Ciencia

        A mediados del siglo XX se da un cambio en el conocimiento y la práctica científica que marca un antes y un después en la relación entre ciencia, tecnología y sociedad, vinculándolas de manera aún más estrecha. En el presente epígrafe veremos con detalle esta interacción fundamental en la que la ciencia y la tecnología adquirieron su funcionalidad plena como medios para transformar, no sólo a la naturaleza, sino también a la propia sociedad.
        «La emergencia de la Gran Ciencia y sus herramientas, como el resultado de la expresión suprema de nuestras aspiraciones culturales, ha creado múltiples problemas, tanto filosóficos como prácticos. Algunos de los problemas conciernen a la ciencia misma, otros a la relación entre la ciencia y nuestra sociedad. » (WEINBERG, Alvin. M.: «El impacto de la Ciencia a gran escala en los Estados Unidos», Science, Volumen 134, número 3473 (21 de julio de 1961), pág.161).

Ciencia y Guerra

        Tradicionalmente los ejércitos habían hecho uso de artefactos técnicos que implementaban su capacidad bélica, pero no fue hasta la Gran Guerra (1914-1918) que se apreció cómo la ciencia, hasta entonces contemplada como un saber de orden principalmente especulativo, podía ser extraordinariamente útil para la guerra.
         Por primera vez, durante la Primera Guerra Mundial, se desarrollan armas químicas a partir de gases venenosos, originalmente en el bando alemán. No se puede decir que se tratara de un arma decisiva en tal guerra, una vez que poco después empezaron a ser usadas también por los ejércitos francés e inglés, pero se abrió una nueva forma de hacer la guerra que mostraba la utilidad militar de la investigación científica. Otro éxito de la química en tiempos de la Primera Guerra Mundial, menos llamativo pero, quizá, más importante por sus consecuencias a largo plazo, fue la revolución que supuso la aplicación agrícola de productos químicos obtenidos artificialmente. Tal fue el caso del amoniaco, utilizado como abono, que permitió a Alemania no tener problemas de abastecimiento agrícola durante varios de los años que duró la contienda.
        La situación de guerra provocó un cambio en las dinámicas de comercio internacional. Alemania dejó necesariamente de ser proveedora de Estados Unidos en materia de tintes y fármacos por lo que este país tuvo que desarrollar su propia investigación científica aplicada a la industria, lo que le procuró grandes beneficios, haciéndose con gran parte del mercado europeo. Inglaterra y Francia también fueron conscientes, entonces, de la necesidad y los beneficios de un desarrollo científico industrial y de sus posteriores usos civiles. De esta manera, importantes firmas como DuPont, cuya producción se reducía casi exclusivamente a la producción de pólvora, comenzaron a colaborar con los científicos diversificando las líneas de investigación, lo que con el tiempo propició importantes desarrollos científico-tecnológicos.
        Será, sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial cuando la colaboración entre científicos, militares, políticos e industriales se estreche lo suficiente como para dar origen a la Gran Ciencia. En estos años se desarrollaron el transistor y el radar, que revolucionaron los sistemas de ataque y defensa aéreos y marítimos, e hicieron posible la victoria de los aliados, así como importantes avances médicos, tales como el uso de la penicilina y de diversas vacunas. Pero si la Segunda Guerra Mundial se identifica con el origen de la Gran Ciencia es por la puesta en práctica del Proyecto Manhattan, cuyo fin era la fabricación de bombas nucleares.

Hongo formado por la bomba atomica sobre Hiroshima

        Hasta 1942 la investigación científica de aplicación militar, incluida la investigación nuclear, se había realizado en colaboración con las universidades, pero entonces, el Cuerpo de Ingenieros de la Armada Estadounidense impulsó un amplio grupo de trabajo que tenía como objetivo el desarrollo de armamento nuclear. El proyecto consistió, en primer lugar, en coordinar las labores de investigación que se estaban llevando a cabo en todo el país, incluidas muchas empresas, que seguían diferentes líneas de investigación relacionadas con la energía atómica (como los estudios de los aceleradores de partículas, las aplicaciones de los primeros reactores nucleares, sistemas de protección ante las radiaciones, las derivas biomédicas, etc.). Y, en segundo lugar, también se habilitaron centros de investigación específicos de grandes dimensiones que podían albergar a varios grupos de investigación y cuya extensión, necesidades materiales y de personal se asemejaban a pequeñas ciudades; tal fue el caso del establecido en Los Álamos para albergar el proyecto Manhattan. Aquel esfuerzo por centralizar los recursos intelectuales y materiales en un objetivo común, donde se vieron involucrados una gran cantidad de profesionales técnicos y científicos (también políticos y militares), dio como resultado el final de la guerra en apenas dos años con las explosiones de Hiroshima y Nagasaki.
        Posteriormente, durante la Guerra Fría, tanto el bloque estadounidense como el soviético invirtieron grandes cantidades de dinero en el perfeccionamiento del armamento atómico así como en la defensa ante posibles ataques. De esta manera es como en los años sesenta, por ejemplo, surge Internet, precisamente como resultado de la búsqueda por parte del Departamento de Defensa de Estados Unidos de un sistema de comunicación que pudiera resistir un enfrentamiento nuclear. De la misma forma es ampliamente conocida la «carrera espacial», en la que ambas potencias compitieron en la conquista del espacio y cuyas investigaciones científicas no sólo han supuesto grandes adelantos científico-tecnológicos, sino que también se han visto traducidas en elementos de uso cotidiano como el teflón.

Características de la Gran Ciencia

        Muchas características pueden describir la transformación de la práctica científica a partir de la segunda mitad del siglo pasado. La primera y más destacada es el incomparable aumento de la producción científica respecto al pasado. Este rápido aumento se refiere tanto a la producción de nuevas teorías científicas como a los nuevos inventos y mejoras técnicas o al número de científicos profesionales, pero también a la envergadura de las infraestructuras y de los equipos de científicos necesarios para investigar. Es fundamentalmente en relación a este hecho por lo que aparece el concepto de «Gran Ciencia».
        La producción de conocimiento a semejante escala sólo podía ser mantenida con grandes financiaciones gubernamentales, incluidas en ambiciosos proyectos orientados al desarrollo del poder militar, la industria o la salud pública de los países. Así, por un lado, las fuertes inversiones que suponían estos proyectos provocaron la aparición de la figura del gestor de ciencia y tecnología y una creciente burocratización de la ciencia. Por otro lado, hubo una concentración de los recursos en un número limitado de monumentales centros de investigación y experimentación en los cuales trabajaban simultáneamente varios grupos encargados de distintos macroproyectos.
        El rápido avance en la ciencia y la complejidad de las nuevas tecnologías resultantes conllevan una progresiva especialización en las áreas de conocimiento, mientras que, para aprovechar el conocimiento dividido en distintas especialidades se fomenta la colaboración multidisciplinar entre científicos y técnicos de distintas áreas. En muchas ocasiones en los equipos multidisciplinares se incluyen políticos y militares que colaboran en la definición de los objetivos para garantizar el éxito de proyectos altamente ambiciosos.
        Otra característica es el cambio de localización geográfica. Con la mejora de los transportes y las comunicaciones, ni la distancia ni la localización geográfica son necesariamente un impedimento para la investigación. Si antes la ciencia se hacía en Inglaterra, Alemania o Francia, ahora se extiende a escala mundial, aunque EE.UU. y la URSS serán los países más destacados.
        Finalmente, la rápida divulgación de los conocimientos científicos y de las aplicaciones tecnológicas está muy relacionada con la aparición de la sociedad de consumo que es tanto causa como efecto del desarrollo científico-tecnológico. Esta circunstancia impulsó nuevos usos prácticos de la ciencia. Por aquellos años se abre todo un nuevo y muy fructífero mercado empresarial, por lo que poco a poco se irá acentuando la industrialización del conocimiento científico, mientras que por otro lado, surgen nuevas formas sociales de contacto con la ciencia a través, por ejemplo, del periodismo científico o la literatura de ciencia ficción.

El primer contrato social para la ciencia

        La Gran Ciencia consagrada tras la Segunda Guerra Mundial, es el resultado de un contrato social para la ciencia donde científicos, tecnólogos, militares, políticos e industriales asumieron un pacto implícito. Les movía un afán pragmático que primaba, como objetivo de la ciencia y la tecnología, la búsqueda de la máxima eficacia en la satisfacción de necesidades militares, políticas, económicas y sociales. A cambio, los poderes públicos debían apoyar y financiar adecuadamente la ciencia sin entrometerse en su organización o funcionamiento.
        Durante la Segunda Guerra Mundial la ciencia se sostuvo como parte de la estrategia del enfrentamiento. Los avances recientes, como la mecánica cuántica, la teoría de la relatividad o la producción de materiales sintéticos, se aplicaban inmediatamente para implementar los recursos de cada bando y mitigar las carencias resultantes de la interrupción del comercio internacional. Al finalizar la guerra los políticos se preguntaban acerca del potencial civil de todos aquellos avances científicos y tecnológicos.
        El 17 de noviembre de 1944, el Presidente Franklin D. Roosevelt solicitó al entonces Director de la Oficina de Investigación y Desarrollo Científico de Estados Unidos y responsable de las relaciones entre el Proyecto Manhattan y la Casa Blanca, Vannevar Bush, que explicara cómo la ciencia podía ser útil para mantener el liderazgo internacional en tiempos de paz. El 25 de Julio de 1945 dicho científico envió el informe Ciencia, la frontera sin fin al entonces Presidente Harry S. Truman. Por aquel informe se le considera el primer teórico de política pública I+D (Investigación y Desarrollo) y a EE.UU. el primer país capitalista con una política científica explícita, la que más tarde se extendería a nivel global. El informe de Vannevar Bush revela el espíritu político y científico de esa época, el cual se sostiene en los denominados mitos políticos I+D. Estos mitos son los siguientes:

        1. Mito del beneficio infinito: más ciencia y más tecnología conducen a un mayor bien público.
        2. Mito de la investigación sin trabas: cualquier línea de investigación científica razonable de los procesos naturales fundamentales conduce, con igual probabilidad, a beneficios sociales
        3. Mito de la responsabilidad: la responsabilidad ética en el sistema I+D es de carácter interno y atañe a los controles de calidad de la investigación científica, tales como la revisión por pares o la reproducibilidad de los resultados.
        4.Mito de autoridad: la información científica provee de bases objetivas para la resolución de disputas políticas.
        5. Mito de la frontera sin fin: el nuevo conocimiento generado en la frontera de la ciencia es independiente de sus consecuencias prácticas y morales en la sociedad y la naturaleza. (cf. SARETWITZ, Daniel, Fronteras de Ilusión. Ciencia, Tecnología y Políticas de Progreso, pp. 10-11)

        La articulación pública de los mitos forma la imagen de cómo una comunidad desea ser valorada por el resto del mundo, y esa imagen es a la vez el reflejo de cómo la comunidad se ve a sí misma. Los mitos representan estándares concretos por los que la sociedad debe guiarse. Por ejemplo, los mitos democráticos clásicos serían la libertad de expresión, de credo, etc. Los mitos políticos I+D muestran una confianza total en la ciencia que se apoya en los éxitos de la Segunda Guerra Mundial. Forman parte de una visión de la ciencia que se resume en el llamado modelo lineal de innovación o desarrollo. Este modelo explica la relación entre ciencia y sociedad de acuerdo a una sencilla ecuación: + ciencia = + tecnología = + riqueza = +bienestar social. Según este esquema, la trayectoria que va desde la investigación básica hasta los productos finales responde a un desarrollo lineal y ordenado, que comienza en el laboratorio con la creación de nuevos conocimientos. Éstos se usan después en la investigación aplicada para desarrollar productos específicos que, finalmente, son introducidos en la sociedad a través de los canales comerciales estandarizados o bien a través de programas gubernamentales, p.e. de defensa nacional. El resultado, según este modelo, es una mejora en la calidad de vida de los ciudadanos.

Los presupuestos y consecuencias del modelo lineal de innovación


        La frontera sin fin es el territorio mítico donde la naturaleza y sus leyes esperan su progresivo y gradual descubrimiento. Los científicos se consideran intermediarios entre el mundo natural que estudian y la sociedad a la que comunican los resultados de sus investigaciones. De acuerdo a esta concepción esencialista de la ciencia, el conocimiento científico consiste fundamentalmente en la elaboración de información objetiva sobre el funcionamiento del mundo natural. Desde esta perspectiva, la sociedad dota de valores a la ciencia –económicos, sociales, culturales y morales- cuando decide cómo va a aplicar los nuevos conocimientos científicos, ya que la ciencia es en sí misma un conocimiento objetivo y neutral.
        La aplicación en la práctica de esta concepción consistía, fundamentalmente, en la llamada «política de cheque en blanco» combinada con la «política de dejar hacer» («política del laissez faire»). Es decir, que para que la ciencia progrese, y así la sociedad, la contribución del gobierno debe ser puramente económica, sin tratar de dirigir los objetivos de la investigación. Los científicos deben tener total libertad a la hora de investigar, pues, como se muestra en los mitos I+D y en el modelo lineal de innovación, la ciencia pura debe desarrollarse en un ambiente exento de condicionamientos utilitaristas, sin más motores que la curiosidad y el amor a la verdad.
        Al considerar que la ciencia es neutral las consecuencias prácticas de los descubrimientos, ya sean en forma de tecnologías o de otras aplicaciones científicas concretas, exceden el terreno en el que hay que juzgar a los científicos. La mayor responsabilidad del científico es la de ajustarse a los criterios de calidad exigidos por la racionalidad científica, mientras sobre la sociedad recae la responsabilidad, por un lado, de invertir en ciencia para lograr un mayor bienestar social y, por otro, de su buen o mal uso posterior. Es más, la intromisión de intereses externos en el proceso de investigación pondría ser negativa para la sociedad, ya que estaría poniendo en peligro el carácter desinteresado de la ciencia y su neutralidad valorativa. Como se indica en el cuarto de los mitos políticos I+D, será la verdad científica la que, en todo caso, pueda actuar como elemento clarificador en la toma de decisiones políticas al dotarlas de objetividad y racionalidad. (Véase más adelante).
        En resumen, la ineludible extensión de tales argumentos es que la influencia de la ciencia en la práctica política es socialmente beneficiosa, mientras que será perjudicial para la sociedad una influencia política en la actividad científica que vaya más allá del apoyo económico. Como resultado de este planteamiento los científicos fueron adquiriendo puestos de asesoramiento en todos los niveles del Gobierno, en las Agencias del ejecutivo y en el Congreso de los Estados Unidos. Por otro lado, se constituyeron Centros de investigación civiles que dependían directamente de los gobiernos, y que provocaron la aparición de la ciencia reguladora.

Los dilemas del desarrollo científico y tecnológico

        La calidad de vida que disfrutan actualmente la mayor parte de los ciudadanos de los países industrializados es resultado, aunque no exclusivamente, de los avances científicos y tecnológicos que han permitido una gestión y transformación más eficiente de los recursos naturales y el medio ambiente. Pero, sin duda, una consecuencia paralela a este progreso material ha sido la inusitada aceleración en la explotación, modificación y deterioro del mismo medio ambiente así como las nuevas amenazas para la salud de las personas. Esta contradicción plantea dilemas en el uso de la ciencia que se hacen patentes a partir de la década de los sesenta provocando lo que se suele llamar el «síndrome de Frankenstein».
        Otros dilemas de carácter ético que envuelven la práctica científico-tecnológica son aquellos que tienen que ver con los asuntos transcientíficos. «Transciencia» fue el término escogido por el científico y Premio Nobel Alvin. M. Weinberg para designar aquella ciencia que se enfrenta a cuestiones que, aunque surgen en el seno de la investigación científica e incluso son susceptibles de enunciarse en el lenguaje técnico-científico, no pueden ser respondidas en sus propios términos. Es decir, son cuestiones que transcienden a la ciencia y que, como tales, deben ser abordadas en relación directa con las dimensiones moral y política de la sociedad. Todas las reflexiones bioéticas pueden enmarcarse dentro de esta categoría.
        La producción científico-tecnológica de la Gran Ciencia genera escenarios de incertidumbre ética, al tener que decidir sobre la legitimidad de poner en práctica ciertos conocimientos (p.e. la clonación de seres humanos) pero también un alto nivel de incertidumbre epistémica y técnica, al no haber pruebas ni consenso suficientes como para afirmar cuáles serán las posibles consecuencias de tales aplicaciones. Éste es el origen de la «ciencia postnormal» que, según los especialistas Silvio O. Funtowicz y Jerome R. Ravetz, se da cuando no hay consenso en las respuestas que ofrecen algunas disciplinas que asesoran la toma de decisiones ( respuestas que, además de inciertas, pueden tener importantes consecuencias sobre el medio ambiente o la salud); de tal manera que, en estos casos, la ciencia ya no se puede presentar como un sistema uniforme de conocimiento cierto sino, a lo sumo, como un método para obtener información acerca de determinados fenómenos. Es más, dicha información ya no sería sólo acerca de lo que se sabe sino y, sobre todo, acerca de lo que no se sabe, es decir, acerca de nuestra propia ignorancia en cuestiones tales como la solución de los problemas ambientales globales. Estas altas incertidumbre e ignorancia, están en íntima relación con el concepto de reciente aparición de «sociedad del riesgo».
        Existen problemas acuciantes que deben ser enfrentados por las Administraciones Públicas, pero la idea tradicional de apelar a la ciencia como consejera choca con las circunstancias descritas anteriormente. Además, la posibilidad de encontrar las soluciones en el futuro desarrollo de líneas de investigación básicas aún en ciernes, tal y como se enunciaba en los Mitos I+D, se encuentra con dilemas políticos, como la necesidad de rápidas soluciones, que algunas de estas cuestiones requieren, o como la imposibilidad material de seguir invirtiendo en ciencia indefinidamente de forma proporcional a su crecimiento y de manera no orientada a objetivos y necesidades específicas.

El creciente papel de la ciencia en el mundo económico

        La Gran Ciencia supuso el paso que media entre la ciencia y la tecnología hecha por científicos e inventores en solitario, y la investigación y desarrollo científico-tecnológico a través de redes de laboratorios y equipos de profesionales. Constituyó el paso entre la ciencia tradicional y la tecnociencia. En este epígrafe veremos que ésta última consiste en una nueva forma de producción de conocimiento científico y tecnológico en estrecha relación con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, así como con el concepto de innovación.
        «La tecnociencia se caracteriza ante todo por la emergencia, consolidación y desarrollo estable de un sistema científico y tecnológico que da lugar a un nuevo modo de producción de conocimiento». (Echeverría, J.: La revolución tecnocientífica, 2003. p. 28).

La aparición de la tecnociencia

        Desde finales de la década de 1960 y durante casi toda la década posterior, la Gran Ciencia, que fue desarrollada como una ciencia militarizada, sufre una crisis resultado de conflictos bélicos como el de Vietnam y las consecuencias negativas de algunas tecnologías, que fueron denunciadas por los crecientes movimientos contraculturales. Tras la Administración del presidente Richard Nixon (1969-1976), que había roto el compromiso estatal con la ciencia, fue en el Gobierno de Gerald R. Ford (1974-1976), a través del Vicepresidente N. A. Rockefeller, cuando se despertó de nuevo un espíritu gubernamental pro-tecnológico que culminó con la política de Ronald W. Reagan (1981-1989). La tecnociencia surge, así, en la década de 1980 cuando el capital privado se convierte en el principal inversor en investigación básica.
        Un rasgo determinante de esta renovación del contrato social para la ciencia fue el establecimiento de medidas gubernamentales como la ley de patentes, cuyo objetivo era el incentivar la investigación básica a través de la financiación privada. El capital privado confirmó el liderazgo estadounidense en materia científico-tecnológica y fue un factor determinante para la aparición de la tecnociencia, al que la URSS no pudo recurrir por falta de dinamismo empresarial y su particular posición político-ideológica. Con el tiempo también en Canadá, Europa y Japón se desarrolló la tecnociencia. Finalmente el sistema I+D se convierte en sistema I+D+i (Investigación, Desarrollo e Innovación), siendo este último elemento, la innovación, y su penetración en el mercado, lo que más interesó al sector económico.
        Pero no se trata de que la tecnociencia haya sustituido al modo de producción científica tradicional, ni de que su actividad se limite a la ciencia industrializada; más bien se puede entender como una nueva especie de ciencia coetánea de la ciencia en su sentido clásico y también de la producción macrocientífica de la Gran Ciencia.

Las características de la tecnociencia

        La tecnociencia mantendrá muchos de los rasgos (colaboración, multidisciplinariedad, etc.) y valores (lealtad, secretismo, utilidad, etc.) propios de la Gran Ciencia, no en vano nació en su seno. Pero también ha desarrollado otras características constitutivas propias. El objetivo sigue siendo la resolución de problemas, sólo que ahora éstos están determinados desde el inicio mismo de la investigación, con lo que la práctica tecnocientífica está definitivamente orientada por intereses concretos.
        Por otro lado, el conocimiento técnico-científico del que parte la tecnociencia debe enfrentar nuevos retos, como la incertidumbre y la indeterminación, lo que conlleva en la mayoría de los casos no sólo interdisciplinariedad, sino y fundamentalmente la transdisciplinariedad de teorías, métodos científicos y de artefactos tecnológicos. Los proyectos científico-tecnológicos son, así, llevados a cabo por una multiplicidad de actores de distintas procedencias, por lo que los contextos tecnocientíficos se conforman según una amplia pluralidad de intereses y valores. Respecto de estos últimos, se añadirían los valores jurídicos (a causa de las legislaciones nacionales e internacionales que regulan la práctica científica), los sociales y culturales (debidos a la producción transnacional, la preocupación por los intereses de los consumidores, etc.) e incluso los valores ecológicos y éticos como resultado de la demanda social.
        Los contextos heterogéneos de producción tecnocientífica no tienen por qué compartir un espacio físico común, como ocurría en la producción de la Gran Ciencia . El desarrollo de la tecnociencia está íntimamente relacionado con la evolución de la sociedad de la información. Las investigaciones se llevan a cabo a través de la colaboración de distintos agentes o grupos de investigación que conforman redes que pueden estar constituidas por miembros de distintos países y que mantienen el contacto gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación. Gracias a ellas, han surgido y siguen surgiendo nuevos contextos científicos formales e informales, no sólo para la investigación sino, también, para la aplicación científica. Un ejemplo de esto último lo constituye la práctica médica a distancia, que abarca desde simples consultas al doctor desde el domicilio particular del paciente a través de Internet, hasta la ejecución de operaciones quirúrgicas a distancia mediante complejos sistemas robotizados.
        Sin embargo la forma de actuar tecnocientíficamente se ha extendido también a otros ámbitos no propiamente científicos. Es el caso de la elaboración de políticas científico-tecnológicas, tanto estatales como empresariales, pero también son ejemplos de lo mismo el activismo ecologista y algunas ONG. Así, Green Peace, por ejemplo, se ha convertido en un «agente tecnocientífico» más, aunque tradicionalmente se le consideraba fuera del sistema de Ciencia y Tecnología, pues sus miembros, procedentes de distintas disciplinas y profesiones, diseñan sus programas de actuación en vistas a su repercusión social, política y económica, utilizando para ello las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), particularmente la microelectrónica, la informática y las telecomunicaciones.
        Por último se puede añadir, además, que este creciente nivel de complejidad que acompaña al progreso científico-tecnológico obliga a los distintos agentes que trabajan tecnocientíficamente a desempeñar nuevos roles que tradicionalmente no estaban preparados para ejercer. La muestra más notoria es el conocimiento que deben adquirir para hacer uso de las TIC, absolutamente necesarias en la práctica. Pero también ocurre que los científicos deben desempeñar, en la mayoría de los casos, el papel de administradores y burócratas para la dirección y gestión de proyectos así como para la petición de subvenciones. Esto les hace estar al día de las posibles repercusiones sociales, político-legislativas, económicas, etc. de sus investigaciones; cuestiones por las que los inversores van a valorar la viabilidad de su labor científica. Por lo mismo, los políticos deben ser conocedores del entramado que vincula ciencia, tecnología, economía y sociedad a la hora de elaborar las agendas políticas y planificar las líneas de investigación prioritarias. De forma similar ocurrirá con los empresarios y economistas, e incluso con los usuarios y los ciudadanos en general, quienes se enfrentan a la necesidad de un mayor conocimiento de cuestiones cada vez más complejas pero, también, cada vez más cotidianas. Como ejemplo actual de esta última situación se puede enunciar la polémica de los alimentos genéticamente modificados o transgénicos.

Del progreso a la innovación

        El modelo lineal de desarrollo se apoyaba en la idea de progreso heredada de la tradición de pensamiento de la Modernidad, según la cual el avance científico conduce inexorablemente al bienestar de la humanidad. Esta idea fue criticada ya por Rousseau, cuando afirmó que el progreso científico no iba acompañado de un progreso moral sino que, antes bien, conducía a su paulatino deterioro. Durante el siglo XX se cuestionan, desde el movimiento postmoderno, los presupuestos racionales a la base de tal concepción de progreso. A este cuestionamiento se unirán otras reflexiones, entre la que destacan las realizadas por los miembros de la Escuela de Frankfurt, quienes acusaron a la ciencia y la tecnología contemporáneas de estar al servicio de la racionalidad instrumental del capitalismo liderado por EE.UU.
        Las críticas realizadas desde el pensamiento social y humanista no fueron, sin embargo, la causa de que el modelo lineal de desarrollo perdiera su hegemonía. Fue más bien la incapacidad que mostró para dar cuenta de la nueva producción científico-tecnológica y de las relaciones de ésta con la economía y la sociedad.
        Al mismo tiempo, surge el concepto de innovación como sinónimo de cambio tecnológico, con lo que la idea de progreso se restringe, perdiendo sus connotaciones metafísicas, de tal forma que el desarrollo científico-tecnológico puede entenderse como algo no siempre racional ni acumulativo. Es decir, hablar de innovación permite mantener el lema «novedad es prosperidad» y sin embargo evitar muchos de los problemas arrastrados por la concepción moderna de progreso.
        Las primeras alternativas teóricas al modelo lineal las constituyeron las teorías evolucionistas del cambio tecnológico y económico. Afirmaban, frente a las teorías económicas clásicas, que la innovación es esencialmente un fenómeno incierto que se da a través de la interacción de una pluralidad de actores sociales. En la actualidad existen multitud de definiciones de este concepto, pero todas coinciden al afirmar que innovación es una idea puesta en práctica de una forma novedosa para el logro de un fin determinado.
        La innovación no se puede reducir a una idea o concepto sino que éstos necesariamente han de ser llevados a la práctica y tener éxito en la satisfacción de demandas concretas. Por otro lado la innovación no ha de ser necesariamente tecnológica; sólo lo será cuando tenga que ver con la ciencia y la tecnología. Aunque, actualmente, está vinculada en mayor medida a la actividad empresarial y tecnológica, la innovación puede ser generada en entornos muy dispares de la sociedad dado que el tipo de ideas, su puesta en práctica y los objetivos finales pueden ser de diversa naturaleza y procedencia.
         En resumen: la innovación incluye invención pero también implementación (puesta en práctica), es decir: innovación = invento + explotación (ya sea de ideas, procesos, productos, etc.).

Las políticas públicas I+D+i

        Hasta la década de 1980, la gestión política de la ciencia y la tecnología podía entenderse de acuerdo al modelo lineal de innovación, cuyo reflejo podía encontrarse en las políticas de Investigación y Desarrollo. A partir de entonces, si embargo, se da un cambio en la gestión política que conduce a las políticas de Investigación, Desarrollo e Innovación, las cuales promueven en gran medida la producción de conocimiento tecnocientífico, haciendo énfasis en la generación de innovación como motor de la competitividad.
        Las políticas de I+D asignaban un papel fundamental a la investigación y el desarrollo tecnológico, como fines deseables en sí mismos, por lo que se preocuparon de optimizar el sistema científico apoyando la formación científica, la enseñanza superior y la investigación. Partían del supuesto de que la acumulación de conocimiento así generado sería asimilado naturalmente por las empresas. Las políticas I+D+i, en cambio, reconocen un mayor número de agentes involucrados e igualmente necesarios en el proceso de innovación: industria, universidades, bancos, pequeñas y medianas empresas, etc. Dada la heterogeneidad de los actores implicados en el proceso, se busca crear nuevos contextos comunes que permitan la interacción de todos ellos, otorgando para esto un papel fundamental a la cultura científica, lo que convierte la divulgación y la enseñanza de ciencia y tecnología a todos los niveles en un objetivo básico.
        Otro objetivo fundamental de las política I+D+i consiste en la integración de las actividades científico-tecnológicas en el sistema económico. Para ello las administraciones públicas siguen financiando la práctica científica y tecnológica, mas teniendo en cuenta que la estructura financiera de la tecnociencia y la de la Gran Ciencia requieren medidas de apoyo distintas. Así, si la Gran Ciencia depende de la subvención de los gobiernos, la tecnociencia es financiada fundamentalmente por las empresas y el capital privado. Mientras que en la Gran Ciencia la producción estaba vinculada sólo a la industria, el conocimiento tecnocientífico puede ser producido por cualquier empresa. Para la Gran Ciencia el mercado no es importante, para la tecnociencia, sin embargo es determinante.
        Las políticas I+D+i no son compatibles con el modelo de innovación lineal sino que requieren un nuevo modelo explicativo: el que se ha venido a llamar interactivo. Entre sus características se halla el compromiso con las actividades de difusión de tecnologías, frente a las de generación, el reconocimiento de la interactividad de los procesos de innovación o la importancia de los procesos de aprendizaje.