Francis Bacon (1561 a 1626)

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Vida y obras.

Francis Bacon, nació en Londres en 1561 y se educa primero en Cambridge y luego en París. Su padre ocupó un importante cargo administrativo bajo el reinado de Isabel I e, incluso, su tío William Cecil llegó a ser el ministro principal de la Reina. A pesar de estas favorables circunstancias, mientras Isabel permaneció en el trono, Bacon no logró ver satisfechas sus muy evidentes aspiraciones políticas con algún nombramiento de cierto prestigio. Pero la suerte cambia cuando sube al trono Jacobo I, pues es nombrado Fiscal de la Corona y recibe, entre otros, el título de Barón de Verulam. Como Fiscal de la Corona se le acusó de recibir regalos, motivo por el cual fue multado, encarcelado y apartado de la vida pública. Aunque el rey perdonó la multa y su encarcelamiento duró sólo unos días, su estrella se había apagado definitivamente. Desde este suceso hasta su muerte en 1626 sólo mediaron cinco oscuros años dedicados al trabajo en la que deseaba fuera su obra cumbre La Gran Instauración. La edición de referencia de su obra corrió a cargo de J. Spedding, R. L. Ellis y D. D. Heath y se publicó en Londres entre 1857 y 1874. Consta de siete volúmenes que llevan por título The Works of Francis Bacon. Esa misma edición fue reeditada en 1963.
Sus obras más relevantes son:

1605.- The Proficience and Advancement of Learning
1620.- Novum Organum
1620.- The Great Instauration
1627.- The New Atlantis.

Estudios en castellano:
DELEUZE, Gilles, Francis Bacon: lógica de la sensación, Arena Libros, 2002.
GRANADA, M. A., El método y la concepción de la ciencia en Francis Bacon, Universidad de Barcelona, 1980.
FARRINGTON, B., Francis Bacon, filósofo de la revolución industrial, Ediciones Endymion, Madrid, 1991.
QUINTON, Anthony, Francis Bacon, Alianza, Madrid, 1985.
ROSSI, Paolo, Francis Bacon: de la magia a la ciencia, Alianza, Madrid, 1990.

El profeta de la revolución industrial

La aplicación del conocimiento científico y técnico a la mejora de las condiciones materiales de vida de los hombres es, a juicio de Bacon, el objetivo central de su filosofía
A pesar de sus meritorias contribuciones al método experimental, la intención primera de Bacon parece haber sido más la reforma de la sociedad que la reforma de la lógica. De hecho, la que a la postre sería su obra más leída, el Novum Organum, no se publicó por separado en vida del autor, pues éste la consideraba sólo una de las seis partes del auténtico manual inacabado de su proyecto de reforma social: La Gran Instauración.
El objetivo central de ese programa reformador sería el de conseguir una mejora sin precedentes en las condiciones materiales del vida humana. Para tal fin, piensa Bacon, resultaría imprescindible poner a disposición de los hombres toda suerte de nuevas técnicas, artefactos e industrias que aliviaran los aspectos más penosos de la existencia y la hicieran más grata y feliz. Pero eso sólo sería posible como resultado de un conocimiento tan profundo como fuera posible del funcionamiento de la naturaleza, pues sólo conociéndola lograríamos dominarla, someterla a nuestro control, reorientar sus leyes en nuestro provecho. Finalmente, será preciso aplicar ese dominio al desarrollo de técnicas que mejoren la vida de los hombres.

La reforma del conocimiento: la nueva inducción

El saber antiguo y medieval, especulativo y estéril, debe ser sustituido por un nuevo saber que permita conocer y dominar la naturaleza. Para ello es necesario, en primer lugar, alcanzar una experiencia pura, sin interferencias que distorsionen el auténtico conocimiento de las cosas. Después, habrá que recoger y ordenar sistemáticamente lo experimentado antes de proceder a las generalizaciones inductivas.
El primer obstáculo con que se encuentra el programa de reforma social es, a juicio de Bacon, la completa esterilidad e inutilidad del saber antiguo, el de los griegos y el de la escolástica medieval. Convertido, dice, en pura especulación superflua y hueca, el antiguo saber olvida el esencial compromiso práctico que todo conocimiento ha de tener con el hombre, desconoce, en fin, que el valor de la ciencia depende de su potencialidad para dominar la naturaleza y, de ese modo, mejorar la vida humana. Era preciso, pues, reformar profundamente el conocimiento, en particular, anular la lógica aristotélica, ese fino pero vacío instrumento que sólo sirve para poder pensar, y elaborar otra nueva lógica decididamente orientada a poder actuar.
Esta reforma debería concretarse en la formulación de un nuevo modelo de inducción que permitiera recuperar la relación directa del conocimiento con las cosas mismas, evitando así la mediación de las falsas especulaciones de los filósofos que, lejos de favorecer el conocimiento de la naturaleza, entorpecían con sus «telarañas» especulativas el acceso a la auténtica experiencia. Era preciso, pues, realizar un proceso de depuración de la conciencia hasta dejarla libre de todas las impurezas que se interponían entre ella y las cosas. Habría que recuperar el contacto directo con la naturaleza, mirarla sin interferencias, convertirse en niño, dice Bacon, para alcanzar el trato inmediato con las cosas, fuente originaria del auténtico conocimiento. Curiosamente, en algunos momentos Bacon parece sugerir que ese estado de armonía perfecta entre el hombre y las cosas ya se habría producido en un tiempo originario, en una remota «Edad de Oro» de la humanidad. De hecho, el título de La Gran Instauración alude precisamente a que ese «trato directo» de la mente con las cosas debería ser restaurado, recobrando así su perfección original. Otras veces, en cambio, entiende como algo absolutamente nuevo el horizonte del que él mismo se sentía profeta, con una ciencia embarcada en el dominio de la naturaleza y en transformar radicalmente a través de la técnica la vida del hombre.

La nueva inducción: Parte crítica

El primer paso de ese ambicioso programa de reforma social debería ser la transformación del saber antiguo y, en particular, de Aristóteles. Tal empresa la acomete en de su Novum Organum, concebida originalmente como la segunda parte de La Gran Instauración. Naturalmente, el título refleja ya su deseo de alejarse de los escritos aristotélicos de lógica nombrados genéricamente Organum aristotélico. A su vez, divide el Novum Organum en dos partes: pars destruens (parte crítica o negativa) y pars construens (parte constructiva o positiva).
En esa primera parte crítica se plantea que, antes de iniciar el proceso de investigación científica en sentido propio es preciso, dice, someter al sujeto a un proceso de «depuración» que le deje libre de todo tipo de obstáculos que pudieran interponerse entre él y la realidad. Se trata, como vimos, de recuperar el trato directo, inmediato de la mente con las cosas. Como si se tratara de un espejo que sólo pudiera reflejar fielmente el mundo cuando está perfectamente pulido, libre de manchas y rugosidades, así el sujeto sólo puede describir el mundo cuando su mente está limpia de cualquier interferencia. Ese proceso depuratorio consistiría en la crítica de cierto tipo de ideas, prejuicios o creencias que residen en la mente y obstaculizan el conocimiento. Bacon los llama Ídolos, como si fueran falsos dioses dispuestos a bloquear el acceso a la verdad. Son de cuatro tipos:

- Ídolos de la tribu (idola tribus). Son comunes a todos los hombres, pues tienen su origen en la propia naturaleza de la mente humana. Ésta, dice, tiende a suponer que en la naturaleza hay más regularidades que las que verdaderamente hay, tiende rápidamente a formular generalizaciones sin fundamento sólido y olvida con frecuencia las limitaciones propias de nuestros sentidos.

- Ídolos de la caverna (idola specus). Provienen, en cambio, de la cultura y el medio social. En alusión al mito platónico, estos ídolos funcionan como si cada hombre tuviera en su interior una caverna a través de la cual filtrara la información que le llega del mundo, y la alterara al pasarla por el tamiz de su educación, lecturas, costumbres o propensiones particulares. Es como si en nuestro interior tuviéramos un espejo que alterara la imagen que nos llega de la naturaleza.

- Ídolos de la plaza (idola fori). También llamados del mercado, se originan en el lenguaje, porque en él abundan las ambigüedades y los usos poco precisos que añaden confusión y entorpecen el acceso a la verdad, el trato inmediato con las cosas.

Ídolos del teatro (idola theatri). Por último, los ídolos del teatro son producto de las doctrinas filosóficas, de sus dogmas y de sus falsas demostraciones. Son como piezas teatrales que hubieran construido en nuestras cabezas mundos imaginarios pero irreales, reproduciendo así en nosotros representaciones falsas e ilusorias de la realidad.

La nueva inducción: Parte constructiva

Una vez depurado, el sujeto ya está en disposición de conocer y se podría entonces iniciar la tarea de confeccionar una Historia Natural y Experimental que permitiera hacer el mayor acopio posible de conocimientos, datos y observaciones procedentes de las ciencias, las técnicas o de las más diversas artes. Pero el modelo inductivo aristotélico propone una recogida asistemática, azarosa y acrítica de la información de la experiencia y, además, tiende demasiado precipitadamente a realizar generalizaciones con poca base experimental. Es imprescindible, pues, proponer un nuevo método inductivo capaz de recoger sistemáticamente los datos, ordenarlos de acuerdo a ciertos criterios, someterlos, en suma, al control de una razón, como se vio, previamente depurada. En un segundo momento, y a medida que vamos observando lo común a varios fenómenos, habría que proponer, gradualmente, generalizaciones cada vez más comprensivas.
La herramienta fundamental en el momento de recogida sistemática son las conocidas como Tablas de Presencia, de Ausencia y de Grados. Mediante el primer tipo de tablas se recogerían los casos en los que un determinado fenómeno está presente. Por el contrario, en las Tablas de Ausencia, se anotarían aquellos casos en los que, en condiciones similares a los anteriores, el fenómeno en cuestión no aparece, procurando establecer qué hay de común y qué de diferente entre unos y otros casos. Por último, las Tablas de Grados ordenarían sistemáticamente los casos en función de que en ellos el fenómeno estudiado apareciera con mayor o con menor intensidad.
Gracias al trabajo previo de las tablas, podríamos excluir ciertas hipótesis sobre las causas del fenómeno y seleccionar otras como más probables. De este modo, realizaríamos la primera aproximación explicativa, la primera generalización inductiva. Se trataría ahora de ir ascendiendo poco a poco, con generalizaciones cada vez más amplias. Para ello, deberíamos comprobar experimentalmente nuestra hipótesis mediante lo que llama instancias prerrogativas: diferencia 27 tipos de estas instancias, pero la que más nos interesa es la instancia crucial, entendiendo por tal un experimento que sirviera para determinar de manera decisiva y concluyente si cierta causa es o no la responsable de cierto efecto.
En el límite de la generalización encontraríamos lo que Bacon llama formas. Los fenómenos, dice, son múltiples y aparentemente dispares, pero si conseguimos comprenderlos adecuadamente descubriríamos como auténticas causas suyas un número relativamente reducido de formas. Ellas constituyen, pues, la explicación última de todo lo que observamos. Pero con esta propuesta se resucita el viejo problema de las formas y de los conceptos universales, de si cabe interpretarlos en clave ontológica o si, más bien, han de ser pensados como herramientas útiles a efectos de organización de la experiencia. A pesar de su nominalismo, Bacon abona en ocasiones la explicación ontológica y parece entender por tales formas algo muy parecido, curiosamente, a la idea aristotélica de «sustancia segunda» como definidora tanto de la estructura de la cosa como de su dinamismo interno.