George Berkeley (1685-1753)

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Vida y obras.



George Berkeley nace en la localidad irlandesa de Dysert en 1685. Sus primeros años de estudiante brillante culminan con su graduación como master en el Trinity College de Dublín en 1707. Con 24 años es ordenado sacerdote y publica su primer libro Ensayo de una nueva teoría de la visión y al año siguiente el segundo y fundamental: Tratado sobre los principios del entendimiento humano. Podría decirse que en este momento, cuando tan sólo cuenta 25 años, está prácticamente enunciado lo esencial de su teoría filosófica del espiritualismo acosmista, que él entiende como salvaguarda ante el ateismo, el materialismo y el escepticismo. En 1713 viaja primero a Londres, donde toma contacto con buena parte de la elite política y cultural de su tiempo, y después a Europa, lo que le permite conoce a Malebranche poco antes de la muerte éste. Tras otro viaje por el continente de cuatro años, vuelve a Londres y más tarde a Dublín donde comienza a fraguarse su proyecto evangelizador que finalmente no prospera por falta de financiación. Más tarde es nombrado obispo de Cloyne, una paupérrima diócesis irlandesa muy afectada por las epidemias de la época, lo que le lleva a indagar sobre remedios medicamentosos caseros, en particular sobre las virtudes del agua de alquitrán. Incluso llegó a publicar un ensayo sobre el asunto titulado Siris. Acaba instalándose definitivamente en Oxford hasta que sobreviene su muerte en 1753. Una de las ediciones que recogen sus obras completas se titula The Works of George Berkeley (Londres, 1948-1957). Los responsables de la publicación son A. A. Luce y T. E. Jessop.
Sus obras más importantes son:

1709.- An Essay Towards a New Theory of Vision
1710.- A Treatise concerning the Principles of Knowledge.
1713.- Three Dialogoues between Hylas and Philonous.
1734.- The Analyst.
1735.- A defence of Free-Thinking in mathematics.
1744.- Siris.

Bibliografía en español:
Pitcher, G., Berkeley, F.C.E., México, 1983
Quintanilla Navarro, Ignacio, Berkeley, Ediciones del Orto, Madrid, 1995.
Quintanilla Navarro, Ignacio, Materia y sentido en George Berkeley, Servicio de Publicaciones, Universidad Complutense de Madrid, 2000.
Rossi, M. M., Berkeley, Doncel, Madrid, 1971.
Urmson, J. Q., Berkeley, Alianza, Madrid, 1984.

El empirismo al servicio de la religión.


La idea moderna de materia y la separación entre los objetos del conocimiento y los objetos conocidos, es el origen del materialismo, el escepticismo y el ateismo, principales enemigos de la religión a cuya eliminación se consagra la obra de Berkeley.
Entre la rareza y la excentricidad, la filosofía del Obispo Berkeley tiene la extraña virtud de poner de acuerdo a amigos y a enemigos filosóficos; a unos les incomoda, a los otros, sencillamente les saca de quicio. Su objetivo declarado es de orden religioso: la filosofía moderna, cree él, conducía inexorablemente al escepticismo, el materialismo y el ateismo, de modo que urgía reconstruir un discurso que colocara de nuevo a la religión como guía de la vida ética, moral y política del hombre. El embrión de todos esos terribles males estaba en la idea de materia que la filosofía moderna había colocado como soporte último de lo real. La solución, en consecuencia, estaría en la destrucción de esa idea y la reubicación de Dios como garantía última de la objetividad de mis percepciones.

El acosmismo empirista.



No hay ninguna sustancia material independiente de todo espíritu o mente: el «ser» de las cosas consiste en su «ser percibidas».
El método para llevar adelante este programa es, explícitamente, llevar las tesis empiristas de Locke hasta sus últimas consecuencias: también para Berkeley las ideas son el único contenido de la mente, pero, puesto que sólo ellas pueden ser conocidas, ¿cómo sé entonces si existe una realidad exterior a nosotros, subsistente por sí misma, una sustancia material objetiva que produce esas ideas?, ¿cómo puedo estar seguro de que, además de sujetos que perciben, que tienen ideas, el mundo contiene un soporte material que causa esas impresiones?. Si acepto que existe esa sustancia material externa e independiente de la conciencia no tengo más salida que el escepticismo: como yo sólo puedo conocer lo que aparece, los fenómenos, las ideas de Locke, esa hipotética sustancia que los produce no puede ser, en modo alguno, objeto de mi conocimiento; definitivamente no sé nada de ella.
Solución: no existe ningún sustrato material, objetivo, externo e independiente de nosotros como fundamento de mis ideas. Estas, las ideas, existen sólo en la medida en que son percibidas, y en la medida en que no son percibidas por ninguna mente (no necesariamente tiene que ser humana) no existen en absoluto. Lo que llamamos cosas no son sino una colección de percepciones aisladas que nosotros vinculamos y dotamos de unidad, por lo que tampoco existen con independencia de la mente que las percibe: su ser consiste, también, en ser percibidas. Carece de sentido, por tanto, diferenciar entre cualidades primarias, objetivas, y secundarias, subjetivas. La materia no es una sustancia, las únicas sustancias son las mentes que perciben; paradójicamente, el paroxismo racionalista y empirista, Descartes y Locke unidos ad maiorem Dei gloriam.

La naturaleza como lenguaje de Dios



Dios es la verdadera causa de mis ideas; estas forman parte del lenguaje divino.
Pero si la materia no puede ser la causa de mis ideas, ¿cuál puede ser ésta? Es posible que ciertas ideas puedan ser causadas por la propia mente, pero hay otras que se nos presentan con tal fuerza y vivacidad, de un modo tan ordenado y coherente que no han podido ser fabricadas por nuestra imaginación: son lo que llamamos «cosas naturales», en realidad, ideas que Dios produce en nosotros. Lo que comúnmente entendemos por ideas son sólo imágenes de estas ideas divinas, algo así como ideas de las auténticas ideas. La naturaleza es, así, el lenguaje del que Dios se sirve para comunicarse con nosotros; las cosas, secuencias de su discurso; la auténtica ciencia, la lectura del lenguaje divino de la naturaleza. Negando la materia, se niegan a la vez el mecanicismo, el materialismo, el escepticismo, el ateismo y la mortalidad del alma; ¿quién da más?