Gilles Deleuze (1925-1995)

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El «pensamiento nómada» de Gilles Deleuze (1925-1995)

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        Profesor universitario en Vincennes y Saint-Denis fue Deleuze un solitario, que permaneció apartado de los mass media y, sin embargo, revindicó mediante una amplia obra escrita la Idea de la diferencia, la gran olvidada de la tradición occidental, dominada de cabo a rabo por la primacía de la Identidad. Discípulo de J. Hyppolite y F. Alquié comenzó aceptando con Hume la validez de la idea de «repetición» como una suerte de «doble afirmación» que se opone a los procedimientos dialécticos y hegelianos de la «alienación» (que remiten a un fundamento originario). Mientras la «negación» siempre supone «lo negado» como origen positivo, en Empirismo y subjetividad (1953) Deleuze sostiene que los acontecimientos singulares «no remiten a ningún acontecimiento único y originario», pues no hay principio ni comienzo: lo que se repite afirma la inexistencia del origen mismo. En esta misma dirección promueve la recuperación de la ontología del eterno retorno, como una repetición del «ser» mismo en su Nietzsche y la filosofía (1962). A través de estos y otros trabajos históricos (La filosofía crítica de Kant 1963, El bergsonismo 1966 y Spinoza y el problema de la expresión 1968). Deleuze desarrolla la tesis de que la filosofía tradicional interpreta el conocimiento como «representación», lo que exige un «sujeto idéntico a sí mismo» y enfrentado al mundo que acaba privilegiando una jerarquía metafísica donde el ser es principio y origen, siendo la repetición una pura negatividad. En este sentido Hume primero que reconstruye el «yo» en un «haz de relaciones» y Espinosa, después, que obliga al sujeto a expresar su fuerza mediante la «expresión» y el «deseo» inauguran una tradición diferente, dando pie a una «ontología de la diferencia».
        Dos obras mayores dan fama a Deleuze: Diferencia y repetición (1968) y Lógica del sentido (1969). La primera es un ejercicio de «platonismo invertido» mediante el que concede prioridad ontológica a la «diferencia» demostrando que el ser mismo es aquello que se dice «de» la diferencia y se constituye a través de la «repetición». Nietzsche es el verdadero filósofo de la diferencia, porque habría invertido la lógica de la representación. No es cierto que el «mundo sea un conjunto de cosas» que luego se representan por el lenguaje. No hay mundo, sino interpretaciones, a las que se van sumando repetitivamente nuevas interpretaciones. La segunda es una especie de «novela filosófica» desenvuelta a través de 34 paradojas arbitrarias (L. Carroll, los estoicos, Klossowski, Gombrowitz, la oralidad, la sexualidad, los fantasmas,etc.) cuya única conexión parece ser la desconexión, la variación imprevisible que pone al descubierto los huecos de la razón. Es según Foucault una audaz metafísica destinada a «desilusionar» a los fantasmas de la razón llevando el pensamiento hasta el límite del absurdo.
        Suele distinguirse un primer Deleuze dedicado más a la «crítica literaria» (Proust y los signos 1964; Presentación de Sacher-Masoch 1967) del Deleuze de la «filosofía crítica», que arranca de mayo del 68 y de su encuentro con el psicoanalista Felix Guattari, con cuyo concurso lleva a cabo un psicoanálisis de la sociedad capitalista, Capitalismo y esquizofrenia, que se publicó en dos volúmenes, El antiedipo (1972) y Mil mesetas (1980), emblemas ambos de un «nuevo estilo, un nuevo modo de enunciación», en el que los «filósofos de la sospecha» (Freud, Marx y Nietzsche) son utilizados para invertir o «volver del revés» las interpretaciones de Lacan y del marxismo clásico. Ahora los seres humanos aparecen como «máquinas deseantes» (recuérdese el conatus de Espinosa) y las sociedades dotadas de una «estructura libidinal». Pues bien, en su fase actual (de globalización) el capitalismo ha logrado “territorializar” completamente la producción de deseos, creando una situación de esquizofrenia universal. La «esquizofrenia», enfermedad de nuestro tiempo, se debe a que la sociedad capitalista anula la producción individual del deseo. Por eso el «esquizoanálisis» se erige en una nueva técnica para luchar contra la práctica represiva de la sociedad y generar nuevos espacios para el ejercicio del «deseo». Deleuze revindica la superficialidad, el juego de las imágenes, el dominio de lo oral, la construcción de nuevos territorios alternativos para alojar la diferencia.
        Sin embargo un lunes (06-11-95) Deleuze (maestro de la inversión, de la vuelta al revés) se arrojó desde la ventana de su apartamento sobre el asfalto de la Avenida Niel de París, convirtiendo un inofensivo edificio de plantas en una auténtica máquina de muerte dirigida contra su organismo, fascinante máquina registradora, a su vez, erigida, de golpe, en factor causal, cuyas sucesivas desviaciones por efecto de cantidades intensivas de atracciones y repulsiones parecía ser la responsable de la fatal caída hacia la indiferenciación del ser. El minucioso autor de libros como Kafka, por una literatura menor (1975), Rizoma, (1976), Dialogue (1977) Superpositions (1979), Mille plateaux (1980), Francis Bacon: lógica de la sensación (1981), La imagen-movimiento. Estudios sobre cine (1984) etc., que quieren ser máquinas de explicar el para qué sirve y a quién sirve aquello de lo que tratan, estaba preparando un nuevo libro que debía titularse Grandeza de Marx. ¿Trataba Deleuze de provocar una transformación distinta de energía capaz de laminar, de sopetón, la relación causal, de evitar el reconocimiento del fracaso de su proyecto filosófico o simplemente huía de una dolorosa enfermedad?
        La empresa de Deleuze ha consistido precisamente en deconstruir el principio de identidad. Su ontología materialista, espinosista, afirma que lo multiple no podrá ser atribuido a ningún sujeto universal, sino elevado a la sustantividad per se. Lo múltiple se desembaraza de toda sujección, deviene discontinuidad desmembrada de múltiples mónadas, cantidades mínimas de una voluntad sin sujeto, cuya intensidad suprema se manifiesta sólo en los efectos. ¿Ha consiguido Deleuze con su enigmática defenestración la realización práctica de esta filosofía sin sujeto, heterogénea, inhumana, desparramada o , por el contrario, ha triunfado lo originario de la negación cuando el día siguiente Le Monde estableció sus señas de identidad por negación: «Viajó poco, nunca militó en el Partido Comunista, nunca fue fenomenólogo ni heideggeriano, no renunció a Marx, ni tampoco repudió mayo del 68»?