John Locke (1632-1704)

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Vida y obra

La vida de John Locke (1632-1704) transcurre, como vimos en la introducción, en uno de los periodos más turbulentos de la historia inglesa. Nace en Wrington, cerca de Bristol y estudia en Oxford donde aún imperaba un escolasticismo que parecía desagradarle tanto como a Hobbes. Pero también en Oxford contacta con la nueva filosofía experimental a través de John Wilkins y de Robert Boyle. En la misma época lee con entusiasmo a Descartes, pero desde la perspectiva que le proporcionaba el contacto con la filosofía experimental, lo que le permite revisar la filosofía cartesiana aún aceptando lo esencial de su método. Finalmente se titula en medicina y en 1666 se convierte en médico personal de Lord Ashley, más tarde conde de Shaftesbury. Esta relación personal y profesional va a resultar decisiva en su vida. Ciertos problemas de salud le obligan a residir en Francia de 1675 a 1680. Allí mantuvo contactos con cartesianos y anticartesianos y recibió la influencia de Gassendi. Vuelve a Inglaterra, pero por poco tiempo, pues su protector, envuelto en una intriga antimonárquica, huye a Holanda donde muere en 1683, momento en el que también él levanta sospechas y debe exiliarse a Holanda. Tras la Gloriosa Revolución de 1688 y la llegada al trono de Inglaterra de Guillermo de Orange, Locke regresa a su país con todos los honores, convertido en el icono de la revolución liberal. La referencia en cuanto a las ediciones de la obra completa de Locke aparece en Londres en 1823 y se reedita en 1963. Se debe a Thomas Tegg y colaboradores y lleva por título The Works of John Locke.
Algunas de sus obras principales son:

1689.- Letter on Toleration,
1690.- Second Letter on Toleration,
1690.- Two Treatises of Government,
1690.- Essay concerning Human Understanding
1692.- Third Letter on Toleration.

Estudios en castellano:

GARCÍA SÁNCHEZ, Esmeralda, John Locke. Ediciones del Orto: Madrid, 1995.
GONZÁLEZ GALLEGO, Agustín, Locke. Empirismo y experiencia. Montesinos: Barcelona, 1984.
LASALLE RUIZ, José María, John Locke y los fundamentos modernos de la propiedad. Dykinson: Madrid, 2001.
STRATHERN, Paul, Locke en 90 minutos. Siglo XXI: Madrid, 1999.
VV.AA., Locke y el entendimiento humano. F.C.E.: México, 1981.

La teoría empirista del conocimiento

Todo conocimiento posible deriva de la experiencia, bien de manera inmediata, mediante ideas simples, bien por asociación de estas en ideas complejas.
En 1690, cuando Locke aún permanecía exiliado en Holanda por su oposición a Jaime II, aparece uno de los más célebres libros de la historia de la filosofía y, desde luego, uno de los más citados e influyentes en el ámbito de la teoría del conocimiento. Se trata del Ensayo sobre el entendimiento humano, el primer tratado sistemático sobre la naturaleza, el origen y la validez del conocimiento. Prueba de su excelente acogida es que antes de 1700, el libro ya se había editado cuatro veces. Pero también para Locke, el interés gnoseológico está supeditado a un objetivo de carácter práctico-moral: el conocimiento de las cosas relativas a la conducta humana, dice en la introducción del Ensayo, constituye su propósito principal.

Origen y la naturaleza del conocimiento

La teoría del conocimiento de Locke recupera y sistematiza las corrientes empiristas y nominalistas que se desarrollan al final de la edad media y el renacimiento, y lo hace, además, en dialéctica permanente con el racionalismo continental. Su nota más general es su empirismo, entendiendo por tal la afirmación de que la experiencia es la única instancia de la que, de manera inmediata o mediata, deriva todo el conocimiento. La mente, la conciencia, el sujeto que conoce, al menos en principio, es vacío, pasivo, pura receptividad.
Lo primero es, pues, negar la existencia de ideas innatas que, para los racionalistas, eran contenidos independientes y anteriores a cualquier experiencia, a partir de los cuales la razón podía producir autónomamente conocimientos: no hay ideas innatas, la mente es una especie de papel en blanco que recibe pasivamente lo que le llega de la experiencia. Los únicos materiales con que cuenta el sujeto que conoce son únicamente los que proceden de los sentidos.
Locke llama idea a cualquier contenido de la mente y, huelga decirlo, toda idea tiene su origen en la experiencia. Son de dos tipos:

1. Ideas simples: provienen exclusivamente de la experiencia, sin intervención alguna de la mente. Constituyen la auténtica materia del conocimiento y pueden ser de tres tipos: ideas de sensación que son aquellas que obtenemos a través de uno o varios sentidos externos, las ideas de reflexión que, por el contrario, proceden del interior de nuestra propia mente cuando ésta reflexiona sobre sus propias operaciones, componiendo así ideas como «pensar», «dudar», «razonar», etc., y, por último, ideas mixtas cuyo origen es, a un tiempo, de sensación y de reflexión.
2. Ideas complejas: se generan por asociación de ideas simples y, contrariamente a lo que sucedía con aquellas, en estás sí interviene activamente la mente, combinando, comparando o separando ideas simples. Por muy abstracta y alejada de la experiencia inmediata que esté una idea compleja, siempre va a poder ponerse en relación con una o varias ideas simples, en la medida en que la mente las ha combinado, comparado o separado.

La validez del conocimiento y la noción de «certeza»



De lo dicho se desprende que, para Locke, las ideas simples son la auténtica materia del conocimiento pues éste, o bien consiste directamente en ideas simples, o bien en ideas complejas que se derivan de ellas del modo que vimos. Ahora bien, ¿cómo puedo estar seguro de que una idea simple es cierta? Obviamente, como no hay otro contenido del conocimiento que las ideas, la certeza tendrá que referirse, en primer lugar, a las ideas. Tal certeza, dice, aparecería cuando la mente percibe la idea de manera directa e inmediata; la intuición estrictamente empírica se convierte así en criterio de verdad. Pero la intuición directa e inmediata no es el único modo de obtener conocimientos ciertos. También pueden lograrse por la vía demostrativa, de manera mediata, siempre que ésta proceda a partir de lo que hemos obtenido por intuición directa e inmediata.
Pero el análisis del criterio de verdad en Locke nos conduce a un problema de graves consecuencias para el empirismo: si, obviamente, el contenido de la mente son las ideas, no las cosas reales, aunque defina en qué condiciones puedo considerar cierta una idea, ¿cómo estar seguro de que tales ideas se corresponden con un mundo de objetos reales fuera del sujeto? Locke responde recurriendo acríticamente a la idea escolástica según la cual todo efecto es producido por una causa similar a él, por tanto, debe haber un mundo exterior que provoque mis ideas. Pero como en la escolástica, en Descartes o en Leibniz, este recurso esconde la afirmación de un Dios bueno y providente que asegure la armonía entre la mente y el mundo: lo insostenible de la respuesta hace inevitable la deriva hacia el fenomenismo de Berkeley y de Hume.

El liberalismo político

La teoría política de Locke se asienta sobre la hipótesis de un Estado Natural en el que el hombre ya es portador de derechos naturales, de modo que el Estado Político que resulte tiene como único objetivo garantizarlos.
El Ensayo sobre el gobierno civil contiene lo esencial de una teoría política que se postula, explícitamente, contra la monarquía de los Estuardo y en defensa del régimen político inaugurado tras la revolución de 1688. El fondo común de la teoría es el del iusnaturalismo de la época, inseparablemente unido a la nueva idea de «individuo» se que estaba abriendo paso de la mano del liberalismo burgués: el individuo es el átomo social, portador de una naturaleza racional universal y común fuente de lo justo y constitutiva del derecho. La peculiaridad del iusnaturalismo de Locke sólo se entiende por oposición a Hobbes; demoler la descripción que éste da del Estado de Naturaleza es la condición primera para desactivar la legitimización del absolutismo y fundamentar la teoría política liberal. Así, frente a Hobbes, Locke define el estado natural como estado de cooperación y de paz. En él se dan ya los principios morales y jurídicos que se convertirán en fuentes del derecho después del pacto; el estado civil resultante sólo deberá poner en práctica y garantizar tales principios.

El Estado Natural y los Derechos Naturales

En aquel Estado Natural de paz y cooperación previo al pacto social, la razón humana descubre que existen ciertos derechos que le corresponden al hombre por el hecho de serlo. Son tres Derechos Naturales: derecho a conservar la vida, a la libertad de conciencia y a la propiedad. Como el ejercicio individual de tales derechos puede general conflictos, es conveniente pactar la creación de un Estado Civil que los dirima, garantizando así los derechos naturales, en particular el de la propiedad. De este modo se elimina la tesis del absolutismo hobbesiano pues, si el sentido y la función del Estado es la garantía de los derechos naturales, cuando tal garantía cesa, cesa también la obligación de obedecerle.

La división de poderes

Es característico del liberalismo entender que una práctica política sana es aquella en la que el poder se ejerce de manera limitada, de modo que no haya un único poder sino varios que se «contrapesen» entre sí. En esta línea Locke enuncia la célebre teoría de los tres poderes que luego desarrollará Montesquieu. El Poder Legislativo es el poder supremo cuyo cometido es formular leyes capaces de garantizar los derechos naturales. En particular, la defensa del derecho a la propiedad define el sentido primero de la asociación política, pues, dice Locke, el principal fin que mueve a los hombres a unirse en sociedades y a someterse a un gobierno es la conservación de la propiedad individual. El Poder Ejecutivo tiene la misión de aplicar las leyes elaboradas por el legislativo, mientras que el Poder Federativo es competente en la representación de la comunidad ante otras comunidades, y en la adopción de decisiones en torno a la guerra y a la paz. En todo caso, al pueblo le corresponde el poder fundamental de suprimir o modificar el poder legislativo si considera que no cumple la encomienda de velar por los derechos naturales.