La plenitud de la edad media como contexto

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El Cisma de Occidente, la «Plenituto potestatis» y las Cruzadas


        A mediados del siglo X se puede hablar ya de un nuevo periodo en la Edad Media. Como característica general hablaremos de una expansión interior y exterior. Desde el año 950 tiene lugar la restauración imperial otónida. Otón I fue coronado en 962 por Juan XII como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico cuyas bases territoriales eran más reducidas que las del Imperio Carolingio del año 800 y el papel de emperador, que no rebasaba los límites de un «primus inter pares». En el año 955, Otón I derrota a los húngaros en Lech. La expansión musulmana ya estaba frenada por los reinos de la Península Ibérica desde mediados del siglo XI. Allí los reinos cristianos del Norte imponían su autoridad a los reinos de taifas cobrando los tributos (parias) que contribuyeron a relanzar su economía. Bajo Alfonso VI, los castellanos ocuparon Toledo en 1085 y los aragoneses, con Alfonso I, conquistaron Zaragoza en 1118. Los eslavos estaban igualmente frenados y los ávaros habían sido aniquilados. De manera que las presiones de Europa de siglos anteriores comenzaban a cesar. La restauración otónida alcanzaría su momento culminante con Otón III (983-1002) cuyo ideal de imperio perseguía la eficacia del carolingio y la dignidad del bizantino.
        El Imperio Bizantino vive un periodo de esplendor hasta finales del siglo XI con la dinastía macedónica. En los primeros años de este siglo conoce su máxima expansión territorial a la vez que la autoridad de los soberanos de Constantinopla no se degrada tanto como la de los monarcas occidentales a causa del desarrollo feudal. Pero desde el punto de vista religioso las relaciones de Roma con Constantinopla se van haciendo cada vez más distantes, y a partir de 1054 el Cisma queda consolidado definitivamente a pesar de los intentos de acercamiento ante la presión musulmana. La ruptura entre el papado romano y el patriarcado constantinopolitano ponía fin a la larga cadena de tensiones y crisis que se habían iniciado ya a partir del siglo IV con la descomposición del mundo romano.
        Con el cese de las amenazas exteriores –de los pueblos bárbaros y del Islam- y el afianzamiento de la seguridad interna, tendrá lugar a partir del siglo XI la reactivación del comercio a la vez se asiste también al renacimiento urbano. Aparece ahora una incipiente burguesía como nuevo estamento que altera la tricotómica estructura social medieval. Políticamente, el desarrollo de las estructuras feudovasalláticas se consolidará durante la centuria siguiente constituyéndose lo que Ganshof ha llamado feudalismo clásico.
        Con relación a las estructuras religiosas, el siglo XI ofrece una serie de novedades. Por una parte, la iglesia occidental emprendería la reforma gregoriana constituyéndose como una monarquía y afirmando su independencia, lo que iba a conducir a una situación de prolongado conflicto con el Imperio de la que el papado saldría robustecido. A partir del siglo XI tendrá lugar la llamada pugna de los poderes universales por la que se enfrentarán el cesaropapismo imperial, que defendía los poderes del emperador, con la idea de la «Plenituto potestatis» para el Pontífice romano. El movimiento reformista de la Iglesia iniciado desde Cluny había desembocado en 1073, con la subida al papado de Gregorio VII en una clara defensa de los derechos del Pontífice. Y así, en 1075, promulgó el «Dictatus Papae» por el que defendía los plenos poderes para el Papa quien exclusivamente debería ser llamado universal y legislar en la Iglesia deponiendo, trasladando y nombrando obispos, pudiendo incluso deponer al Emperador. La respuesta del Emperador Enrique IV no se hizo esperar y en sínodo de Worms conminó al pontífice a abdicar; el Papa, a su vez , excomulgó al Emperador que ante la rebelión de los nobles logra el perdón de aquel en 1077. Pero la ruptura surgirá de nuevo en 1080. La pugna por los poderes imperiales continúa con Urbano II quien vio crecido su prestigio con la predicación de la primera cruzada. En 1222, tras el Concordato de Worms, tuvo lugar un reparto de influencias entre el Papa y el Emperador pese a la victoria teórica del papado. Con Federico I, Barbarroja, se desarrollaron las tesis del «dominium mundi».
        Este prestigio de la Iglesia occidental es el que está en la base de las Cruzadas que son, sin duda, un hecho central de la Edad Media. Las Cruzadas constituyeron un movimiento por el cual los cristianos de Occidente combatieron contra los musulmanes con el propósito de rescatar los Santos Lugares. La I Cruzada fue puesta en marcha tras el Concilio de Clermont por el Papa Urbano II en 1095. Y con ella se iniciaba un «ortograma» que combinaba la «guerra justa» contra los infieles con los ideales de signo escatológico por los que los cristianos pretendían alcanzar la Jerusalén celestial. En 1144, San Bernardo predica la II Cruzada que dio lugar a un expedición encabezada por el rey de Francia, Luis VII, y el emperador alemán, Conrado III, pero que acabó en fracaso a las puertas de Damasco. La predicación de la III Cruzada evitó el desplome definitivo de la Siria franca. A partir del siglo XIII las cruzadas suponen ya un deterioro del ideal cruzadista en la medida en que sus objetivos primitivos fueron desviados. Se pueden disociar en ellas tres tipos de componentes: en primer lugar hay un trasfondo económico («basal») orientado a la reapertura económica del Mediterráneo, pues con las Cruzadas se conoce un desarrollo del comercio a larga distancia que, favorecido por los perfeccionamientos técnicos como la brújula, el timón de codaste o el aumento de tonelaje de los navíos, realimentó el desarrollo de la vida urbana y la prosperidad económica de Occidente; en segundo lugar, los componentes externos («corticales») relativos a las relaciones entre los estados que orientaron las expediciones de socorro al Imperio Bizantino, incluso procurando superar las tensiones religiosas entre Roma y Constantinopla; y en tercer lugar, los componente internos («conjuntivos»), pues la guerra contra los infieles centraría un objetivo común a los cristianos que los apartaría de las luchas endémicas de tipo feudal. El final de las cruzadas estuvo asociado, por un lado, a los choques entre los intereses de los agentes de las mismas (caballeros, comerciantes pisanos, genoveses y venecianos) y a la polarización social, generada por el ideal de cruzada, entre las masas populares y la elites. Coincide este periodo con la eclosión del románico como programa artístico y religioso a la vez que estaría destinado a recubrir todo el orbe cristiano partiendo de Cluny.

Recuperación económica y florecimiento urbano

        La estabilidad política de Occidente se tradujo en un claro movimiento de expansión unido a un crecimiento demográfico en un contexto, sin embargo, de predominio de una economía agraria. Entre 1050 y 1250 se conoce un proceso generalizado de roturaciones en tierras y bosques insalubres. La ampliación de campos antiguos, el surgimiento de granjas aisladas y la conquista de nuevas tierras acompañadas de nuevos núcleos de población son los motores de la expansión agraria. A la vez, se conoce una renovación del utillaje y una difusión de nuevos sistemas de cultivo como la rotación trienal, empleada ya en época carolingia. La superioridad de los rendimientos estuvo asociada a la mejora del utillaje agrícola (yugo frontal, collera de espaldilla, arado pesado o charrúa). Innovaciones tecnológicas como los molinos de agua y de viento contribuyeron a una más fácil molienda y su fuerza fue aprovechada por batanes y martinetes, con lo que se expandirá la forja ya desde el siglo XI. Jean Gimpel señala que los monjes cistercienses tuvieron un papel muy importante en la transmisión de los conocimientos de tecnología dado que los monasterios poseían ingenios mecánicos como fraguas equipadas con martillos hidráulicos destinadas a satisfacer las necesidades del convento. Las transformaciones en el medio rural acabaron incidiendo en la estructura social y determinando un replanteamiento de las tradicionales relaciones entre señores y campesinos, desapareciendo el «dominicum» en beneficio del «massaricum». Por otra parte, determinados sectores se beneficiaron del movimiento expansivo generándose un lento proceso de emancipación de las masas rurales. Pero, sobre todo, fueron los señores los más beneficiados. El renacimiento de la vida urbana supuso la fundación por todas las áreas occidentales de una gran número de ciudades y villas nuevas que producirán una presión sobre el campo al que se demandarán más productos (trigo, vino, lana, carne).
        En general, la dinamización de la población, tanto desde un punto de vista geográfico como social, hizo que en el año 1007 apareciese por primera vez la palabra burgués («burguensis») en una epístola del conde Anjou, Foulques Nerra. No obstante hasta el siglo XIII la concepción de la estructuración de la sociedad estaría ligada al esquema tripartito de los tres órdenes («bellatores», «oratores» y «laboratores»). En el seno de esta sociedad trinitaria compuesta por eclesiásticos, guerreros y campesinos brotará la figura del mercader en conexión con el desarrollo del comercio. Las primeras manifestaciones de renovación comercial datan de fechas tempranas (anteriores a las cruzadas) en las ciudades de Amalfi, Nápoles, Gaeta, Venecia a las que se sumarán otras como Pisa y Génova y que comerciaban con sedas, especias, algodón y alumbre. Los mares septentrionales (mar Báltico) desempeñaron un papel importante en la revolución mercantil a cuya cabeza se llegará a colocar Brujas que promoverá la creación de asociaciones o hansas de diversas ciudades flamencas comerciando con Inglaterra y con las ciudades bálticas y renanas. Ello suponía el funcionamiento de una serie de instrumentos económicos que iban desde las asociaciones de mercaderes («gildes», «hansas», «commenda», «societas maris»), pasando por ferias y mercados, hasta convoyes, monedas o crédito. Con el siglo XIII se puede hablar de la maduración del gran comercio (revolución mercantil) impulsado por el avance de la Reconquista en la Península Ibérica y la toma de Constantinopla. A ello hay que asociar el renacimiento de la ciudad donde se dará un movimiento comunal y de autogobierno con la formación de una suerte de asociación de vecinos, encabezada por los mercaderes. En ellas el poder será monopolizado por el patriciado urbano que era el estrato más rico de la población y el que tenía la auténtica fuerza en las ciudades imponiendo su poder a través de distintos procedimientos (clientela, posesión de suelo urbano, control de tráfico comercial, control financiero). Así las cosas, no es extraño que hubiera una escisión entre el patriciado y la masa popular. La organización del trabajo estaba regulada por los gremios formados por aprendices, oficiales y maestros y a cuyo frente estaban los jurados, gobernadores, protectores, etc. que eran quienes manejaban las finanzas, juzgaban las infracciones y reglamentaban el trabajo. Los gremios eran teóricamente defensores de los intereses del oficio, de los miembros de la corporación y de la calidad del producto, pero la realidad era muy distinta pues tenían preeminencia los miembros de superior categoría. Será en los primeros años del siglo XIV cuando el descontento frente a las oligarquías urbanas se traduzca en los primeros movimientos revolucionarios.

De las escuelas catedralicias a las Universidades

        Desde el punto de vista cultural asistimos a la eclosión de las culturas nacionales de la mano de las lenguas vernáculas a la vez que persiste un ecunemismo intelectual y artístico como se puede verificar en el arte gótico, en los grandes sistemas de la filosofía escolástica y el florecimiento de las universidades.
        La Plena Edad Media conocerá el desarrollo del gran impulso monacal desde Cluny al Cister. El siglo XI había sido la época dorada de Cluny que llegó a contar con unas 1.400 casas y más de 11.000 monjes. Cluny impulsó una fuerte centralización en torno al abad de la casa madre que nombraba a los priores de las distintas casas filiales, obligados a prestarle juramento. La reforma de Cluny fue paralela a la gregoriana y contribuyó a la autoridad del pontificado. Pero la propia riqueza de la Orden bloqueó las posibilidades de expansión desde finales del siglo XI, de manera que fueron apareciendo otras órdenes más acordes con los tiempos. En este contexto surge la orden del Cister en la cual la figura de San Bernardo encarnaba el significado de la misma: austeridad y trabajo manual. El siglo XII se asiste a un renacimiento cristalizado en torno a las escuelas de Chartres y de San Víctor donde sobresaldrán los maestros Hugo, Andrés y Ricardo; pero también figuras aisladas que rebasarían los límites de un simple grupo y una época como Pedro Lombardo y Pedro Abelardo. Así mismo, aparecerán corrientes heterodoxas con un nuevo sentido en el contexto del desarrollo urbano y de la centralización pontificia como la revuelta comunal romana dirigida por Arnaldo de Brescia, los movimientos mesiánicos de Tanchelmo, Pedro de Bruys y Eón de Estella o los movimientos valdense, cátaro y albigense. Estas herejías eran combatidas desde varios frentes; los programas escultóricos de las catedrales góticas, como ocurre en la portada derecha del hastial norte de Chartres, estaban orientadas a refutar herejías contemporáneas y cantos de sirena que pudieran desviar de la fe. Las órdenes religiosas de dominicos y franciscanos son en el fondo adaptaciones a la nueva situación. Los dominicos (Predicadores) desempeñaron un papel importante en el plano ideológico poniéndose al servicio de la Iglesia.
        A finales del siglo XII las lenguas vulgares derivadas del latín se han convertido en vehículos de expresión literaria (Cantar del Mio Cid). A lo largo del siglo XII habían surgido en España una serie de focos culturales que atraían a estudiosos de todos los países. En Barcelona, Lérida, Zaragoza, Tudela y Tarazona trabajaron autores como Hugo Santallensis, Platón de Tívoli o Benjamín de Tudela. Algunos de ellos pasarían más adelante a trabajar a Toledo gracias al impulso del obispo don Raimundo. Así se crearon condiciones favorables para una serie de contactos que hoy se conocen como Escuela de Traductores. Domingo Gundisalvo, Juan Hispano, Hermann el Dálmata serán la primera generación; Hugo Santallensis, Platón de Tívoli y Miguel Scoto, la segunda. A través de la Escuela de Traductores se conocerán en Occidente las obras de Al-Farabi, Algacel, Avicena, Avicebron y los comentarios de Averroes sobre Aristóteles. En el siglo XIII y bajo el impulso de Alfonso X en Toledo se llegará a traducir el «Libro de la Acafeha», «El libro del Ajedrez» y se compone las «Tablas Astronómicas».
        La organización de las universidades y su expansión por toda Europa a partir del siglo XIII constituye sin duda la más alta aportación del mundo medieval. Las pretensiones espirituales y temporales de la Iglesia debían ser afirmadas y defendidas, por lo que tal exigencia dio lugar, en un primer momento, a las escuelas catedralicias como la de Chartres o la de Reims. Fue hacia el siglo XII cuando se hizo necesario convertirlas en universidades donde se enseñaba las siete artes liberales, filosofía y teología. La primera y más famosa fue la Universidad de París fundada en 1160. La Universidad de Bolonia se fundó al mismo tiempo que la de París y la de Oxford en el año 1197 como filial de aquella. En 1209, se creó la de Cambridge y a ella siguió la apertura de otras muchas: la de Padua fue fundada en 1222, Nápoles en 1224, Salamanca en 1227, Praga en 1347 y Viena en 1367. Las universidades adquirieron un papel primordial como depositarias del saber y llegaron a tener un régimen jurídico propio que las dotaba de autonomía por lo que estaban exentas de la autoridad real y sus miembros tenían derecho a la secesión, lo cual podía dar lugar a otras universidades, y a la huelga. Sus planes de estudios estaban formados por el «trivium» (gramática, retórica y lógica) y el «quadrivium» (aritmética, geometría, astronomía y música) y sólo después de esto se podía estudiar filosofía y teología. Principalmente eran instituciones dedicadas a la formación de los clérigos donde la enseñanza se efectuaba por medio de disertaciones («lectio») y discusiones («quaestio»). La lectura de textos era muy importante pues mediante su estudio se llegaba a la adquisición de la ciencia. En este sentido, se distinguían los «auctores» de los «lectores». Estos últimos eran los maestros que exponían la doctrina de los «auctores», de manera que el maestro es siempre un «lector». Cuando Roger Bacon atacó a Alberto Magno más ferozmente lo hizo acusándole de haber expuesto al crédulo vulgo sus propias tesis como si fuera un «auctor» induciendo a los estudiantes de París a citar su nombre junto al de Aristóteles, Avicena y Averroes. Las «quaestio» podían ser Cuestiones disputadas, para las que se elegía el tema de antemano, o Cuestiones cuodlibetales en las que el tema era libre. En cualquier caso las «quaestio» nacían de pasajes espinosos que eran el alimento de las «disputatio».
        Se puede decir, pues, que durante los siglos XII y XIII el renacimiento de la cristiandad occidental alcanza su máxima cota. A la vez, el mundo musulmán experimentó un retroceso en virtud de las contradicciones internas que se generaron con la interpretación turca del Islam. Así mismo, el mundo bizantino se sume en una gravísima crisis de la que no se recuperaría, cayendo en 1453 bajo el poder de los turcos.

Baja Edad Media (siglos XIV y XV)

Hambre, guerra y peste


        Las dos centurias finales del periodo medieval fueron siglos menos florecientes, hasta el punto de que la «oscuridad» de este periodo ha servido para extender el adjetivo a todos los siglos de la Edad Media. Estos siglos difíciles, época de depresión, son los conocidos con el nombre de Baja Edad Media. Habría que remontarse incluso a los decenios finales del siglo XIII, momento en el que comienzan a manifestarse los síntomas precursores de la crisis que cristalizará definitivamente en el siglo XIV, afectando a todos los órdenes de la civilización occidental.
        A finales del siglo XIII se advierte un estancamiento en el plano de las estructuras económicas que también se expresará en el terreno ideológico y en el social. Los propios contemporáneos tomaron conciencia de la crisis en la que vivían hasta el punto de que una rogativa pública incorporada al ritual litúrgico decía «a fame, bello et peste libera nos Domine».
        La crisis de subsistencias fue la primera en manifestarse en el siglo XIV asociada a una serie de cambios en las condiciones climáticas y al agotamiento del suelo y repercutieron directamente sobre la producción cerealista. Extensas regiones europeas como el sur y oeste de Alemania, Flandes o la región de Toulouse sufrieron largas hambrunas. Sin embargo, los efectos más sensibles se produjeron en el medio urbano donde hubo problemas de abastecimiento. Por otro lado, la tendencia alcista de los precios se invirtió alcanzando valores de la mitad de los de mediados del siglo XIII. En el comercio, aunque hubo ciertos síntomas de declive no se puede hablar de crisis en el mismo sentido, pues, en este ámbito tienen lugar una serie de transformaciones que van a capacitar su posterior impulso. Así, la apertura del estrecho de Gibraltar y la política atlántica de la Corona de Castilla y de Portugal serán expresiones de esta vitalidad. Desde los años inmediatos a la conquista de la Baja Andalucía por los castellanos se constituyó una importante plataforma mercantil en Sevilla, la cual fue el nexo entre el Mediterráneo y el Atlántico, orientando sus actividades hacia el Atlántico Sur y facilitando la entrada de oro y cochinilla (eje Sevilla-Rabat). Al mismo tiempo, a partir de 1393 los castellanos desembarcarán en Canarias, frente a italianos y mallorquines, estableciendo con ello la antesala del descubrimiento de América. Por su parte, los portugueses, en competencia con los castellanos, explotaron su estratégica posición logrando pronto circunnavegar el continente africano.
        Sin duda las hambres de los años 1315 a 1317 marcan el proceso de contracción demográfica y a ellas hay que sumar los efectos de la Gran Peste de 1348 a 1351 y las epidemias que se suceden hasta mediados del siglo XV. La epidemia se difundió a través del Mediterráneo por los marinos genoveses procedentes de su colonia de Crimea. Aunque los efectos de la peste no fueron iguales en toda Europa, pues los Países Escandinavos, Alsacia y parte de los Países Bajos, en comparación con Florencia o la Corona de Aragón, sufrieron poco, la brusca contracción demográfica trajo una serie de consecuencias inmediatas como la conversión de tierras de pasto en zonas marginales y la desaparición de muchos pequeños núcleos de población.
        Este declive demográfico va acompañado de desajustes económicos y una conflictividad bélica casi endémica que conocemos como la Guerra de los Cien Años. Enfrentamiento que se inicia con los caracteres de una guerra de tipo feudal a mediados del siglo XIV para adquirir los rasgos propios de una guerra moderna involucrando a la mayor parte de las monarquías de Europa Occidental. La rivalidad en la sucesión inglesa entre Francia e Inglaterra desató en 1328 un conflicto que dio paso a la guerra generalizada. Sin embargo, la cuestión dinástica no fue más que uno de tantos factores que llevaron al desencadenamiento de las hostilidades. La guerra no sólo involucra a Francia y a Inglaterra ya que episodios relevantes hacen entrar en el escenario a los reinos hispánicos. Hacia mediados del siglo XV la Guerra de los Cien Años puede darse por concluida pero la rivalidad anglo-francesa continuó durante algunos años más.

Hacia la construcción del Estado Moderno

        Hacia el año 1300, las contradicciones políticas e institucionales se agudizarán configurando el límite de la crisis bajomedieval. Las estructuras políticas e institucionales más o menos consolidadas comienzan a resquebrajarse. A partir de ahora las monarquías van a erigirse en las principales fuerzas políticas. Ellas serán las que contribuyan a reforzar una serie de nexos objetivos que comenzaban a cristalizar al margen de los tradicionales poderes universales. Frente al Pontificado comenzaron a actuar criterios regalistas y frente al Imperio la autonomía será total. A la vez se comenzará a quebrar la omnipotencia de la nobleza. Los monarcas irán forjando un Estado apoyado en una serie de instrumentos que les permitirán un margen de mayor maniobra: un ejército con efectivos permanentes, una diplomacia dirigida por juristas y un aparato fiscal cada vez más perfeccionado. Tras este proceso las sociedades políticas medievales habrán dado lugar al Estado Moderno.
         En este contexto se entienden unas revueltas campesinas caracterizadas por una inusitada violencia: la insurrección del litoral flamenco, la jacquerie francesa de 1358, las revueltas inglesas de 1381; pero también una sucesión de graves conflictos urbanos. Las estructuras sociopolíticas feudales se derrumban minadas también por la crisis agraria, la recesión demográfica y el cambio de los sistemas productivos.
        Esta crisis no deja de afectar a las ideologías y formas de pensamiento. En el plano religioso estamos en la época del Gran Cisma de Occidente en la que también se conocerán nuevas formas de religiosidad popular y, con frecuencia, rupturas heterodoxas. Desde Clemente V (1305-1314) hasta Gregorio XI (1370-1378) la estancia de los Papas estaba en Aviñón. Durante este periodo se fue tejiendo una política de centralización monárquica mediante la reorganización de los servicios (Cámara Apostólica, Cancillería, Penitenciaría), el monopolio pontificio de la nominación de beneficios eclesiásticos y el desarrollo de una política fiscal. A partir de 1377 se instala en Roma la Sede Papal, pero a la muerte de Gregorio XI tuvo lugar una doble elección dando como resultado dos papas: Urbano VI y Clemente VII. Esta crisis supuso la escisión de la cristiandad en dos campos, los aviñonistas apoyados por Francia y los urbanistas por Ingaterra. Las sucesivas vías para solucionar el Cisma («vía cessionis», «sustracción de la obediencia», y, «vía connventionis») no dieron salida al conflicto hasta 1418 en que se elige a Martín V como nuevo Papa en el Concilio de Constanza.
        Son síntomas claros del cambio de referencias ideológicas que acompañan a la transición del Medievo al Renacimiento, del hombre inserto en la «societas christiana» al hombre moderno, término que utilizaban los seguidores de Occam. Con razón Huizinga llama a este periodo «otoño de la Edad Media» atendiendo a cuestiones de tipo artístico, pero con no menos razón se ajustaría también la expresión «primavera de la Edad Moderna».

La transformación del «mundo heredado» de la Edad Media

        Desde mediados del siglo XIII, se irá transformando la textura sociopolítica, económica, técnica y religiosa de la Europa feudal en virtud de un conjunto de procesos y configuraciones que erosionaron el «mundo heredado». La transformación del mapamundi ideológico reorganizó las líneas del «mundo precursor» en todos los campos. Es posible organizar este conjunto de transformaciones conforme a tres grandes líneas entretejidas pero disociables. En primer lugar, la transformación de las estructuras sociales (estamentos, clases, corporaciones gremiales) y políticas (señoríos, consistorios, Estado) a las que podemos denominar «sociofactos»; en segundo lugar, la cristalización y cambio de determinadas configuraciones ligadas a ciertos conceptos cosmológicos, a las que denominaremos «trazos», y el papel precursor de componentes tecnológicos e «ingenios» (ruedas, mapas, juegos, gráficas) que desempeñan la función de «artefactos»; por último, las configuraciones relativas a las estructuras religiosas que aparecerán como «mitos» y «ceremonias». Todas estas configuraciones se ordenarán en sistemas de creencias que a su vez estarán vinculados entre sí. Las contradicciones entre los distintos sistemas de creencias serán el caldo de cultivo sobre el que se constituirá la conciencia filosófica moderna.
        Se puede fechar este cambio entre 1250 y 1350, de suerte que en el siglo XVI nos encontraremos ante un mundo distinto. Este mundo heredado medieval –al que Alfred Crosby ha denominado «modelo venerable»- hubo de ser transformado y reorganizado en virtud de nuevos contenidos que desmoronaron la antigua concepción de la realidad. El mapamundi que iba a ser transformado era, en parte, herencia de la Antigüedad y correspondía a una concepción del mundo totalizadora que daba coherencia al sistema de creencias que organizaba la realidad en dependencia de un Dios creador que había ordenado las leyes de la Naturaleza, el tiempo y el espacio. Pero estas transformaciones no eran ideológicas (de la conciencia), sino que tenín su motor en las condiciones de existencia (ser social) con las que estaban entrelazadas.
        La ascensión del comercio y el surgimiento de nuevas clases sociales, asociados a la consolidación del Estado Moderno, modificarán las estructuras sociales y políticas (sociofactos), pues hacen surgir nuevas organizaciones sociopolíticas que trastocan la situación anterior. Los procesos demográficos (notable aumento de la población entre 1000 y 1340), el florecimiento urbano (Venecia, Nápoles, Barcelona, Sevilla y Londres), los programas orientados a la exploración de los mares buscando nuevas rutas estan codeterminados con ellas. Las nuevas clases sociales integradas por comerciantes y mercaderes, que habían dejado de ser «pies polvorientos», dio lugar a la creación de lo que se ha denominado un «ambiente de cálculo» (mercaderes, abogados, escribas y maestros del estilo, la pluma y el tablero contador). El origen de la Universidad está en relación con todos estos procesos como sociofactos. La proliferación de conocimientos y la amenaza de varias herejías, en la medida en que produjeron una demanda de más maestros, estudiosos, burócratas y predicadores que superaba la capacidad de las antiguas escuelas catedralicias, creará la necesidad de lo que serían las universidades. En este contexto, aparecerán figuras como la del racionalista Pedro Abelardo a cuyo alrededor se reunían numerosos estudiantes. Durante el siglo XIII, la Universidad de París conocería las enseñanzas de Alberto Magno, Tomás de Aquino, Buenaventura o Siger de Brabante a las que asistirán individuos como Nicolás de Oresme o Philippe de Vitry que fueron consejeros de los reyes de Francia y llegaron a ser obispos.
        Desde el punto de vista de las concepciones cosmológicas (trazos) y de los ingenios y técnicas (artefactos), importa destacar la rueda de molino y, asociado a ella, el reloj, así como los descubrimientos e invenciones en dominios científicos como la cartografía, la astronomía, las matemáticas, o artísticos como la arquitectura la pintura o la misma música. La revolución tecnológica, en la que estuvo involucrado el Cister con la construcción de molinos de caja giratoria, fue muy importante como ha señalado Gimpel; no es extraño que Dante, a principios del siglo XIV, describiese a Satanás en términos de un molino de viento o que Don Quijote, en el siglo XVII luchase contra gigantes que eran también molinos. En el siglo XV, ya están dados ciertos ingenios que permitirán comprender el funcionamiento de la rueda, la palanca y los engranajes mejor que en otras partes del planeta. En este sentido, el reloj también estaba preparado por un contexto de molinos, palancas, poleas y engranajes dentados al que sólo le faltaba un pequeño dispositivo llamado «escape» para que funcionase con relativa precisión. La importancia del reloj fue central y en su surgimiento desempeñó un papel decisivo la corte de Alfonso X en España. El reloj que se instaló en la ciudad de Caen en 1314 o el de Lyon del siglo XV estaban relacionados con la celebración de ferias y mercados (ceremonias) que a su vez venían marcados por el santoral (mitos). El reloj llegaría así a sustituir a otras metáforas ontológicas que venían desde la Antigüedad: Dios había creado el cielo que funcionaba como un ingenio de relojería; más tarde, para Kepler, la máquina del tiempo celeste era un mecanismo de relojería.
        El desarrollo de la cartografía estuvo concatenado con el comercio y la consolidación del Estado Moderno (sociofactos), pero también con la invención de nuevos instrumentos como brújulas, portulanos, etc. (artefactos). La cartografía, en realidad, era una ciencia fenoménica que carecía de sistemas de coordenadas racionales hasta que se consolida con el descubrimiento de América. En la astronomía, el modelo heredado de la Edad Media empezó a ser resquebrajado ya desde la Academia florentina fundada por Cosme de Médicis donde Marsilio Ficino tradujo a Platón y a Plotino al latín.
        Durante el periodo tardomedieval se constituirán poco a poco las configuraciones culturales que darán lugar a las matemáticas. Roger Bacon, Juan de Buridan, Teodomiro de Freiberg, Nicolás de Oresme y otros ya prefiguraban la personalidad de Kepler y Galileo con su cultivo de la geometría. Con todo, los símbolos que expresaban términos, operaciones y relaciones aún no eran adecuados dado que seguían adheridos a contextos fenoménicos (religiosos y milagrosos). Habría que esperar a la introducción y difusión de los «guarismos» y a la comprensión del valor del «cero» los cuales se fueron imponiendo a través de la influencia conformativa de la tecnología y la economía florecientes. Bien es cierto que no sería hasta Francis Vieta, en el siglo XVI, cuando se lograse una notación moderna; más tarde iba a ser ordenada por Descartes y utilizada por Galileo, Fermat, Pascal, Newton, y Leibniz.
        En los campos de las artes (música, pintura, arquitectura) se dieron cambios de primer orden. París fue el centro de la polifonía occidental donde también enseñaban, como sabemos Abelardo, Alberto Magno o Tomás de Aquino. La ciudad, sin duda, suponía las relaciones objetivas entre músicos, mercaderes, cambistas, teólogos y artistas a distintas escalas, lo que tuvo importantes efectos prácticos e ideológicos. La economía monetaria significó que músicos y artistas (arquitectos y escultores) exigiesen mayores honorarios y, a la vez, el perfeccionamiento y mejora de las técnicas de interpretación. Se puede considerar el pentagrama como el primer gráfico. No hay que olvidar que la música formaba parte del quadrivium junto con la aritmética, la geometría y la astronomía, saberes en los que se estaba operando una reordenación sintáctica y semántica en sus respectivos campos. La música tuvo algo que ver en la representación del tiempo, no en vano Kepler, Galileo, Descartes y Huygens habían estudiado música y escribían sobre asuntos musicales.
        Igualmente en la pintura, encontramos procesos y configuraciones que desempeñaron un papel conformador en lo que se llamó la revolución científica. En el siglo XV en Florencia el surgimiento del platonismo desempeñaría una función directiva en estos nuevos cambios. El espacio como geometría obsesionaba a los artistas del Quattrocento dando lugar a dos líneas de desarrollo; una de ellas es la que seguirán Brunelleschi, Masaccio y Alberti; la otra profundizará en el dominio de las matemáticas con la invención de la geometría proyectiva de Gerard Desargues y más tarde de Blaise Pascal.
        Hay también configuraciones relativas a las estructuras religiosas y a la ordenación de las ceremonias y a ciertos mitos la reorganización del calendario, aunque sea cierto que ellas están estrechamente relacionadas con los sociofactos y con los artefactos. Fue durante el periodo medieval cuando se dieron los primeros pasos para dar solución práctica a la medida del tiempo. A finales del siglo XVI, tendrá lugar ya la reforma del calendario debido a exigencias prácticas intrínsicamente relacionadas con las festividades religiosas como la Pascua. Así se demostraba que la salvación y el calendario estaban estrechamente relacionados. En 1582, el desfase entre el Calendario Juliano y el solar era de once días. El Papa Gregorio XIII convocó a varios expertos con el fin de reformar el calendario y el 4 de octubre de 1582 se proclamó un nuevo calendario (Calendario Gregoriano) por el que ese día iría seguido del viernes 15 de octubre de 1582. Sin embargo, esa reforma no la adoptarían ni ortodoxos ni protestantes lo que en el siglo XVIII llevaría a Voltaire a decir que la chusma inglesa prefería que su calendario discrepase con el Sol a estar de acuerdo con el Papa.
        Así fue cristalizando una nueva versión de la realidad desde dentro del mundo precursor y en confrontación con las experiencias del momento. Desde finales de la Edad Media en el siglo XIV hasta finales del siglo XVI, los occidentales crearon una forma nueva de concebir el espacio, el tiempo y el entorno material. Al finalizar el siglo XV había grandes desarrollos en cartografía, navegación, astronomía, procedimientos comerciales y bancarios y matemáticas. El mundo heredado había cobrado una fisonomía distinta en virtud de múltiples procesos racionalistas que habían dado lugar a nuevas configuraciones sociales, políticas, técnicas y religiosas. En todo ello, la imprenta tuvo mucho que ver de manera que se puede decir que su influencia fue tan significativa, por lo menos, como la caída de Constantinopla en 1453. En 1478 ya se imprimía en Londres, Cracovia, Budapest, Palermo, Valencia y muchas ciudades más. Con la imprenta, la utilidad e importancia de las ilustraciones avanzó rápidamente entre los siglos XV y XVI. Por medio de las imágenes, ingenieros, arquitectos, anatomistas, botánicos, etc. podrán mostrar al lector lo que de otra manera sería imposible. No es fácil imaginar la Revolución Científica de finales del siglo XVI y del siglo XVII sin las ilustraciones impresas.

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Cuadro 9. El periodo medieval, tras mil largos años de fermento, dio lugar a un «mundo precursor» cuya trasformación constituye las «revoluciones»de la Edad Moderna. Aquí se ofrecen principalmente «artefactos». No sería posible entender este cuadro en toda su profundidad filosófica si no se interpretan todos estos componentes entretejidos con las restantes formas del «mundo precursor» relativas a las organizaciones sociales, políticas, técnicas y religiosas. No se trata de un eje cronológico, sino de una exposición de datos significativos que formarían parte del mundo heredado en la Edad Moderna.