Michel Foucault (1926-1984)

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Estructuralismo epistemológico de Michel Foucault (1926-1984)

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        Otro de los grandes del estructuralismo es Michel Foucault, cuya obra, aún en pleno auge, es sumamente controvertida. Su libro Las palabras y las cosas (1966), especie de resumen arquitectónico de sus ideas centrales, no puede encasillarse en un plano estrictamente estructuralista. Como dice Piaget, el estructuralismo de Foucault es un estructuralismo sin estructuras, al haber tomado lo más negativo de tal movimiento. Su objetivo es llevar a cabo «un estudio que se esfuerza por reencontrar aquello a partir de lo cual han sido posibles conocimientos y teorías; según qué espacio de orden se ha constituido el saber; sobre el fondo de qué a priori histórico y en qué ele¬mento de positividad han podido aparecer las ideas, constituirse las ciencias, reflexionarse las experiencias en la filosofía, formarse las racionalidades para anularse y desvanecerse quizá pronto. No se tratará de conocimientos descritos en su progreso hacia una objetividad en la que, al fin, pueda reconocerse nuestra ciencia actual. Lo que se intentará sacar a la luz es el campo epistemológico, la episteme en la que los conocimientos, considera-dos fuera de cualquier criterio que se refiera a su valor racional o a sus formas objetivas, hunden su positividad y manifiestan asi una historia que no es la de su posición creciente, sino la de su condición de posibilidad. En este contexto, lo que debe aparecer son, dentro del espacio del saber, las configuraciones que han dado lugar a las diversas formas del conoci¬miento empírico. Más que una historia en el sentido tradicional de la pala¬bra, se trata de una arqueología.»
        Este nivel arqueológico es el estudio de lo que hace posible el saber de una determinada época definida por su correspondiente episteme. El con¬cepto clave del sistema de Foucault es el de episteme. Las epistemes son una especie de «trascendentales» indispensables para que surjan los conoci¬mientos de una época. Estas epistemes apriorísticas se derrumban en perío¬dos históricos limitados cronológicamente, y su engarce con las epistemes sucesivas no ofrece explicación racional alguna, y se debe más bien a un azar incontrolable.
        Por ejemplo, la episteme hasta finales del siglo XVI es para Foucault la de semejanza, cuyo papel en la construcción del saber occidental ha sido enorme. «En gran parte fue ella la que guió la exégesis e interpretación de los tex¬tos; la que organizó el juego de los símbolos, permitió el conocimiento de las cosas visibles e invisibles, dirigió el arte de representarlas.» Esta episteme de la semejanza se estructura y desarrolla en torno a lo que Foucault denomina una trama semántica, compuesta por una gama de ideas que a su vez queda envuelta en la categoría de «microcosmos»: «Como categoría del pensamiento aplica a todos los dominios de la natura¬leza el juego de las semejanzas duplicadas; garantiza a la investigación que cada cosa encontrará, en una escala mayor, su espejo y su certidumbre macrocósmica; afirma, en cambio, que el orden visible de las esferas más altas vendrá a reflejarse en la profundidad más oscura de la tierra»
        En la unidad 6 hemos criticado ya esta interpretación de Foucault, de la epis¬teme del humanismo, que se consolida en la episteme de semejanza, con-tenida en la idea de hombre considerado como microcosmos. Recordamos aquí cómo Leonardo expresa, por ejemplo, esta idea de hombre como microcosmos así: «Con doce figuras completas se te mostrará la cosmografía del mundo menor (el hombre, microcosmos), en el mismo orden seguido por Tolomeo en su cosmografía. Dividiré después el cuerpo en miembros, como él divi¬de el todo en provincias. Diré luego lo que hice de cada parte poniendo delante de sus ojos la explicación de toda la figura y fuerza del hombre y los movimientos locales de sus partes.» La operación filosófica de Foucault, una vez escogida la episteme que define una época determinada, consiste en descifrar, a través de ella, todos los esquemas conceptuales en que se mueve el saber de ese período histórico recortado por la episteme, que se erige así en la posibilidad fundadora de cualquier clase de conocimiento.
        En el intento estructuralista de Michel Foucault se ven los límites de un estructuralismo desarrollado hasta sus últimas consecuencias. Sin embargo, desde que en 1970 ocupó la cátedra de historia de los sistemas de pensamiento en el Collége de France, Foucault dedica sus esfuerzos a explicar los presupuestos metodológicos de su historiografía antihumanista, siguiendo las huellas de La arqueología del saber (1969). Lo que trasparece tras los «enunciados», los «archivos», los «anaqueles» y demás instituciones culturales son, en realidad, las «estructuras del poder». Al analizar la «genealogía del poder» en un sentido más nietzcheano, Foucault encuentra que, lejos de lo que narra la historia lineal y continuista que atribuye al Estado o a un «sujeto histórico único» las responsabilidad de los procesos, éste está diseminado en «micropoderes» multicéntricos en las circunstancias más ordinarias de la vida. Emprende así una problematización intempestiva de nuestros objetos morales eminentes (la locura, la enfermedad, la sexualidad, etc.) tras los que se ocultan no sólo las «instituciones sociales represivas», sino la justificación cognitiva y las morales normalizadoras que las amparan.
        Así en Vigilar y Castigar. El nacimiento de la prisión (1975) analiza como la cárcel instituye una forma de poder y de control social más eficaz y refinada que el antiguo «castigo corporal» del delincuente, porque interioriza la «exclusión» no sólo de los prisioneros, sino de los catalogables como tales. Al igual que la prisión, el manicomio y el sistema escolar obligatorio aparecen como ejercicios de un poder tanto más eficaz cuanto más diseminado por el conjunto de la sociedad. La voluntad de saber (1976) y La verdad y las formas jurídicas (1978) ilustran esta misma «microfísica del poder» que extrae su fuerza más que de la «represión», de los mecanismos de censura y gratificación que buscan la complicidad de los sometidos y se identifican con el mismo producirse histórico-social de la verdad. Por último, en su última gran obra que dejó incompleta, Historia de la sexualidad (1976-84), Foucault amplía el análisis filosófico a terrenos tradicionalmente vedados a la filosofía, como el uso del propio cuerpo y la comprensión de la sexualidad, no sólo a través de los mecanismo de «represión», al modo de Freud, sino como mecanismos cotidianos de afirmar la propia identidad a través de la generación de nuevas formas de hablar e interpretar el sexo.