Roland Barthes (1915-1980)

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La autonomía estructural del símbolo en Roland Barthes (1915-1980)

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        Otro de los grandes representantes del estructuralismo es Roland Barthes, quien en El grado cero de la escritura (1953) defendió contra Sastre que el papel fundamental de la escritura no es la comunicación, sino la construcción de una estructura con articulación propia. Todo texto verdadero descansa en sí mismo y su articulación resulta opaca al lector, como defiende el Nouveau Roman francés. Barthes trata los temas más dispares, pero siempre con el objeto de ofrecer una «semiología» capaz de inventariar los di¬ferentes sistemas de signos del lenguaje humano, que se encuentran en la sociedad. Por ejemplo, Barthes, en uno de sus estudios, trata del sistema de sig¬nos que preside El sistema de la moda (1967). El objeto de este estudio «es el análisis estructural del vestido femenino tal como hoy día aparece en las revistas de moda». El estudio de Barthes se sitúa en un plano que él de¬nomina «translingüístico», pues los signos que presiden los sistemas de la moda están mezclados con palabras. De aquí la afinidad del análisis es¬tructural de la moda y del análisis lingüístico. De igual manera se pueden llevar a cabo otros estudios en campos diferentes, siendo «el fin de la búsqueda semiológica reconstruir el funcionamiento de los sistemas de significación, diferentes de la lengua, construyendo un simula¬cro de los objetos observados».
        En sus Mitologías (1957), Barthes realiza un estudio del «sistema de signos» que preside un combate de lucha libre. En el combate asistimos a una re¬presentación perfecta de personajes en la que cada autor tiene su papel ya explicitado: La función del luchador no es la de ganar, sino la de ejecutar exactamente los gestos que se esperan de él... El combate propone gestos excesivos, explotados hasta el paroxismo de su significación. Así «el gesto del luchador vencido corresponde a la máscara antigua encar¬gada de significar el tono trágico del espectáculo». Así pues, el mito no encubre ninguna ideología, sino que es un mensaje que tiene su origen en el propio sistema de signos que usa.
        Su tesis de la autonomía estructural de los simbólico se refuerza en S/Z (1970), Sade, Fourier, Loyola (1971) y El placer del texto (1975). Del mismo modo que el análisis de un relato de Balzac revela que incluso la novela realista se ilumina mejor cuando se descubren los diferentes códigos que lo estructuran, Sade aparece como el constructor del discurso de la «perversión», Fourier erige el discurso de la «interioridad» antes que del socialismo y Loyola articula en sus meditaciones el discurso del «sentimiento». Pero es, sobre todo, en el «placer del texto», que debe distinguirse del «texto de placer» donde la crítica de Barthes revela su sentido último: la eliminación del sujeto romántico, sea el autor que se supone está volcando en el texto su profunda realidad espiritual, sea el lector formado que se supone capaz de disfrutar del texto: «Toda escritura que no mienta designa no los atributos internos de un sujeto, sino su ausencia… Lo relevante en el símbolo es la necesidad de designar incansablemente la nada del yo que yo soy». Los símbolos no precisan más referencia que su posición en una estructura. Las palabras son en si mismas germen de la proliferación de significados y ninguna crítica agota la pluralidad de significados.